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Los viajes

de Sara Gutiérrez

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Pero Cuzco no es solo su Plaza de Armas. Cuzco es, entre otras cosas, el enclave que los incas bañaron de oro, el suelo que las órdenes religiosas católicas conquistaron con sus conventos. Del esplendor inca quedan apenas leyendas; de las iglesias y conventos, grandes riquezas.

Para visitarlo todo, y contemplarlo con calma, hacen falta como mínimo tres o cuatro días y haber comprado el billete conjunto de museos y conventos. Si no se tiene esa entrada global, en algunos sitios se podrá adquirir, más cara, una entrada específica, pero en otros no se podrá entrar.

Reconozco que nuestro recorrido fue un tanto caótico. Si volviera, me sentaría con papel, lápiz y todos los horarios para organizarme como corresponde. De todas formas, no vimos poco. Para que os hagáis una idea de lo que hay allí metido (que no será tanto como lo que atesora el Vaticano pero tampoco está mal):

Museo Inka. Instalado en una casa colonial levantada sobre cimientos incas cerca de la Plaza de Armas, es un desvaido escaparate del arte precolombino (inca y preinca) que desmerece la riqueza que alberga. Por ejemplo, la colección de queros (vasos ceremoniales de la cultura Inca, 1300-1532) que pasa por ser la más grande del mundo en su especie.

Museo de Arte Precolombino. También en una casa colonial, sus piezas de oro de la cultura Moche (100 aC–800 dC), Nazca (1-800), Huari (800-1300), Chancay-Chimú (1300-1532) e incluso Inca, me dejaron un recuerdo más ordenado y más vivo.



Museo de Arte Religioso. Instalado en el Palacio episcopal, cuyos muros exteriores sostienen aún piedras labradas por los incas, una de ellas de doce lados, tal vez para recordar que ahí estuvo la morada del sexto emperador inca, Inca Roca, el cual se construyó su palacio aquí para dejar el heredado de sus antecesoreses precisamente a quienes habrían de ocuparse del sacerdocio. Lo que recuerdo con mayor entusiamo del museo en cuestión son las puertas y celosías de sus estancias abiertas al patio interior. Y las colas de japoneses, para hacerse la foto de rigor señalando la piedra de 12 caras.


La Merced. En la planta baja, en una sala abierta al claustro (adornado con cuadros que cuentan la vida del fundador, San Pedro Nolasco), duerme rodeada de inciensarios coronas, atriles y otras alhajas, la joya más preciada del lugar: una custodia de metro veinte de altura hecha de oro macizo y adornada con rubíes, esmeraldas, topacios, diamantes y perlas: en lo más alto, un sol barroco con 12 brazos y 615 perlas; en el pedestal, neoclásico francés, la Virgen de la Misericordia esmaltada sobre el oro, y la que dicen es la segunda perla más grande del mundo, originaria de Costa Rica, que de frente muestra una mujer y de perfil una sirena. Tal es su valor que no ve la calle desde 1949. En la planta superior, lienzos, maderas y frescos. Tal vez por las fechas en las que nos encontramos, me viene a la mente el elefante de la Adoración de los Reyes Magos.

Santa Catalina de Siena. Con un toque de museo etnográfico, se muestran en Santa Catalina encajes y utensilios de la época colonial, pero lo realmente interesante de su exhibición son los frescos representativos de los placeres mundanos de la Sala capitular y la extraordinaria pinacoteca centrada en la escuela cuzqueña. Llaman especialmente la atención cuadros como Lagar divino, en el que se ve a Cristo pisando la uva, y el vino manando de sus heridas como si de sangre se tratara; y composiciones en las que aparecen San José con el Niño, vírgenes embarazadas, rostros masculinos conformando la Santísima Trinidad…

Koricancha-Santo Domingo. Si Koricancha era como dicen que era, no puedo ni imaginarme el asombro y la codicia de los conquistadores. La grandeza volumétrica del recinto es aún evidente, y dicen que estaba cubierto de oro y piedras preciosas… y que la gente dejaba en la explanada imágenes de personas, animales y plantas de tamaño natural hechas de oro macizo a modo de ofrenda… Muros de grandes bloques de piedra machambrados y en ellos, hornacinas, supuestamente para los ídolos de los conquistados (que los incas eran también conquistadores), es cuanto queda de la fábrica original. El resto, para mí poco o nada interesante, obra (destructora y constructora) de los dominicos.


Y entre visita y visita, lo que realmente toca visitar son las calles de Cuzco, sin perderse el barrio de San Blas, salpicadas de dos elementos fundamentales: muros de piedra incas y balconadas coloniales. 


Las fotos las hicimos a medias, Eva Orúe y yo misma. 

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