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El pizarrín

Javier Goñi

Estola de marta cibelina


Chaplin y Neville

Déjenme que les diga que, en su momento, escribió sobre la obesidad, su mal, su debilidad, y dejó escrita su propia necrológica en una Tercera del ABC, que es donde la gente bien de entonces depositaba su necrológica, aunque se reconocía persona inapropiada para hacer su propio artículo necrológico. Se fue un 23 de abril, literato hasta el final, con una única certeza absoluta, que lo único que adelgaza es un traje azul. Un 23 de abril de 1967 se fue Edgar Neville, así que, estos días, no celebramos nada, así que, estos días, parecen tan propicios como cualquier otro para recordar a aquel hombre gordo, genialoide, que conoció a Chaplin en Hollywood, y al Gordo y al Flaco, a otros, y tuvo amores con una señorita del cine mudo.

Aquel hombre gordo, que no lo fue, de niño, como a esos que se les juntaban las mantecas ya de niños, a él no –hay fotos: de joven era un guapo petimetre, ennoblecido de cuna, conde de Berlanga del Duero por voluntad materna—, a él la vida le fue engordando. Aquel hombre gordo escribió abundantes novelas y cuentos de humor, y artículos y poemas y, sobre todo, teatro. Teatro elegante, de evasión, él creía poco en la ejemplaridad del teatro, lo suyo eran deliciosas piezas de una elegante inteligencia donde algunas mujeres –en escena— llevaban estolas de marta cibelina como en esa estupenda obra Alta fidelidad. O tenían que resignarse a unas acelgas hervidas como única pitanza en esa otra maravilla jardielesca que es Tiempos mejores, donde el no trabajar que es una decisión personal empobrece y, consiguientemente, enflaquece, y así tantas otras, como La vida en un hilo, uno de los grandes textos de evasión de la dura –para los otros: Edgar Neville y compañía vivieron muy bien aquellos años— posguerra española. La vida en un hilo es una maravillosa obra de teatro, una estupenda película, donde el azar echa los dados sobre el tapete de la vida. O esa otra muy ingeniosa pieza, La extraña noche de bodas, que acabo de descubrir, deslumbrado, en estos días en que no se conmemora –de Edgar Neville— nada, o casi.


Casi porque, en estos días, Versus Entertainment nos ha puesto ante nuestros golosos y gozosos ojos de aficionado, eso sí a doblón bien doblado, una estupenda tentación: un cuidadísimo —¿se va desdoblando, poco a poco, el doblón bien doblado que nos ha costado en el comercio?— estuche con, convenientemente restaurada, una de las películas míticas del cine español de posguerra, La torre de los siete jorobados, que se estrenó en la Gran Vía madrileña un 23 de noviembre de 1944 –ayer— y que permaneció en cartel siete días. El DVD contiene la película, y dos documentales espléndidos, Edgar Neville, emparedado entre comillas (2000) que dirigió para Canal+ Carlos Rodríguez con guión de Santiago Aguilar y un no menos estupendo video—ensayo sobre Neville y su célebre película que con el título de El toque Neville –que lo tuvo, vaya que si lo tuvo— han realizado este mismo año que se va ya –adiós— Virginia García de Lucas y Javier Sales Heredia.

Esta edición se completa –no, si al final ya verán cómo se justifica el precio pagado, y sí: se justifica— con un magnífico libreto, lleno de fotos y textos unos rescatados y otros escritos para la ocasión. De los textos rescatados mencionaría algunas entrevistas del momento con aroma de época, esos plumillas de entonces que, en el mejor estilo de La Codorniz, aquel nihilismo y escepticismo que sorteaban la censura con audacia, escribían con tinta de humo, como los chistes de Tono, las gracias de Mihura –otro grande de esa generación de derechas, como el humor, decían, era de derechas, que componía sus obras de teatro, tan celebradas, tan reídas, y cuando acababa se proponía aligerarlas de chistes— y así. De los textos rescatados me quedó con un espléndido reportaje de Alfonso Sánchez, un gran periodista de lo ligero, al que los más mayores memoriosos de este pizarrín recordarán quizás por sus estupendas críticas de cine por televisión, él, Alfonso Sánchez, que tenía una muy peculiar voz, algo –mucho— gangosa, y un tanto –mucho— emborronada. Como si tuviera la nariz congestionada y tuviera que sacar un inmenso pañuelo planchado y bordadas sus iniciales entre pausa y pausa publicitarias. Había que verle –oírle, oírle—, a Alfonso Sánchez, en tv en b/n desde los festivales de cine extranjeros a los que viajaba contarnos de qué iba Shinjuku Dorobo Nikki, o sea Diario de un ladrón de Shinjuku, la aclamada película del japonés Nagisa Oshima: cierro los ojos y le veo, le oigo, querido maestro Alfonso Sánchez.


Neville (dcha.) portando el ataúd de G. de la Serna

Alfonso Sánchez aparece en alguna esquina de alguna foto de las que salen en los libros de o sobre Neville y el otro día, estando con Neville, en plena cuarentena, me encontré –palabra: aquí están— en una librería de segunda mano dos volúmenes impecables –que dicen los catálogos del ramo— con la Iniciación al cine moderno, I y II, que en 1972 publicó la editorial Novelas y Cuentos. Alfonso Sánchez fue un solterón empedernido, que amó –platónicamente, lo sé, me lo dijo un día, hace mucho, cuando uno empezaba en el viejo Informaciones y él lo iba dejando, no así el tabaco, que con él cuando uno se tropezaba entre las mesas de la redacción, siempre era todo el día Miércoles de Ceniza—, que amó, digo, a Anouk Aimée, qué mujer, qué mujer, me decía a mí, aprendiz de periodista, qué sabía uno de nada. Como era un solterón empedernido, Alfonso Sánchez, y como Anouk Aimée no sabía español, es de suponer, los dos tomos de iniciación al cine moderno no llevan más dedicatoria que ésta: “El autor da las gracias a la Fundación Juan March por la ayuda recibida para escribir esta obra”.

Me embarullo lo sé, pero es que estaba, estos días de atrás con Neville, y con el estupendo libro que acompaña a La torre de los siete jorobados, y me encuentro el reportaje de Alfonso Sánchez, y un miércoles de noviembre en que fui feliz –creo que fue Goethe quien le confesó a Eckerman que había echado cuentas y calculaba que sólo había sido feliz, en todo su vida, cuatro semanas; pues eso—, me compré, después, estos dos tomos de Alfonso Sánchez, donde nos da un muy documentado y ameno repaso a lo que era el cine de posguerra, al cine moderno.

Hasta aquí Alfonso Sánchez, un grato recuerdo de mi aprendizaje profesional. Y sigamos con Edgar Neville. O mejor –otro volantazo, qué le vamos a hacer— con Emilio Carrere.


Pues verán. En el Madrid que va y viene por debajo de la Plaza de la Paja, por esas calles cercanas al Viaducto, a la judería, a la morería, a la flamenquería, y así, hay al parecer una ciudad subterránea, pues los judíos más adinerados y avispados construyeron, horas antes de efectuarse la expulsión de 1492, una ciudad llena de pasadizos, túneles, donde se escondieron, ellos, los judíos, y sus tesoros. Eso la leyenda, fomentada por la imaginería del honrado pueblo de Madrid, que se amanola mucho en los cartones de Goya, en los lienzos con máscaras de Solana y en las películas achulapadas de Edgar Neville como es esa maravilla de película que se llama Domingo de Carnaval –y que se me escurre por Internet y todavía no la he pillado, lo haré— o esa no menos estupenda, llena de gracia, obrita teatral con cantares del propio Neville que es Rosita la guapa. O esa otra exquisitez que es El crimen de la calle de Bordadores, que el otro día la ví, rozando la medianoche, en el canal de cine español de Digital+. Hace unos cuantos años, un verano, cuando existían los videos, La 2 de TVE dio un ciclo muy completo con las magníficas películas de Neville: entre ellas, El último caballo, tal vez su mejor obra, o Nada, la curiosa y personal adaptación de 1947 de la novela de Carmen Laforet, o su último trabajo, su personal y emotiva reconstrucción de un siglo de Madrid en Mi calle, de 1960. Todo ese cine, aquel verano, lo grabé en video. En el plan Renove a que sometí con la llegada del DVD a ni videoteca, todo ese Neville fue al desguace. Se encuentran cuatro o cinco títulos, no sé, en DVD. Pero ¿y el resto? ¿Con quién puedo hablar?

Bueno, volvamos; lo de la ciudad subterránea de los judíos adinerados es leyenda; pero legendaria es también una de las obras más conocidas de Emilio Carrere, un bohemio madrileño, de los de primera división de la liga de la golfemia de la época: tuvo la desgracia de sobrevivir a una guerra como aquella y murió a finales de los años cuarenta como escapado de su tiempo, y oficiando en tertulias fúnebres en un café  —¿el Varela?, comprobarlo en Google— que estaba en una de las calles que desembocan en Callao. Pues bien, en los años veinte a Carrere se le ocurrió escribir una novel(it)a de las de su tiempo, donde imaginó una ciudad subterránea, donde vivía, refugiada, a salvo de las burlas de la sociedad, y haciendo sus fechorías de monederos falsos, una nutrida colonia de jorobados, esos jorobetas que se pasaban por las salas de juego, para que supersticiosos incrédulos les pasaran la ficha para la ruleta, el décimo o lo que fuese por la chepa.


La leyenda dice que Carrere no llegó a acabar nunca la novela y estando como estaba, bohemio consecuente, a dos velas, se topó en cierta ocasión noctívaga con uno de sus editores—acreedores, Palomeque, que tiene nombre de aquellos personajes con frase que aguardan a cobrar una factura o un servicio prestado en los vestíbulos de las casas ociosas y burguesas de las obras teatrales del mismo Neville o de Jardiel –otro que tal—. Pues bien, el tal Palomeque le debió pedir explicaciones de algunos dineros supuestamente adelantados como anticipo de nada y Carrere, listo como un galgo, despierto como bohemio metido en la noche madrileña, le dio un hatillo de cuartillas con una novela que le iba a hacer rico a Palomeque. Cuando éste llegó a casa y se dispuso a evaluar el tesoro legítimamente adquirido, La torre de los siete jorobados, vio que a mitad de las cuartillas la acción se desvanecía pues el resto era papel en blanco: el gasto se le fue, al golfemio, en papel, y su gozo, el del confiado editor, en un pozo. Fue entonces cuando al parecer Palomeque se la dio, para que la acabara, a otro escritor bien olvidado –pero con historia, también— Jesús de Aragón, hombre de imaginación aventurera, a lo julioverne –salvando las distancias que quiera hacer a su gusto el amable lector, que esto como casi todo es al gusto—. Pero todos estos avatares los cuenta, con más documentación y rigor, Jesús Palacios quien escribe en el libreto del estuche con la película de Neville y sobre todo ha prologado no solo La torre de los siete jorobados –hoy por hoy novela de Carrere—, sino también un par de volúmenes más, que uno sepa, con cuentos del bohemio, que ha publicado, todo ello, la editorial Valdemar.

A estas alturas Carrere interesa relativamente poco, la película, en cambio, deslumbra por el sombrío contexto en el que se hizo. Asombra, sí, que la censura dejara pasar esta maravillosa película, que bebe, sí, sin pudor y hasta hartarse, del expresionismo alemán, de los Murnau, de los Lang, desde luego de El gabinete del Doctor Caligari, de Robert Wiene, de lo que aprendió en Hollywood; que bebe, sí, de todo esto, pero qué inmenso Félix de Pomés, el espectro tuerto de Robinsón de Mantua; el tontainas de Antonio Casal, sublime; qué decir del jorobeta Guillermo Marín, el urdidor de toda la trama subterránea, el enamorado imposible de la bella Isabelita de Pomés –la bella y la bestia—, quien se construye un espejo reformante para no verse, en ocasiones, su deformidad, y así todo: si este pizarrín tuviera sonido nos ametrallaría, además,  la risa y la voz tan personal de la gran Julia Lajos. Otro lujo de actriz secundaria.


Todo esto servido y contado en 1944, ¡cuando no había acabado todavía la II Guerra Mundial! Con el tiempo la película –hermosísima, modernísima por estar anclada en el expresionismo alemán— se ha convertido en una obra de culto, cosa que, sin duda, al orondo Edgar Neville –que asistió, y escribió sobre el acontecimiento, al único concierto de los Beatles en Las Ventas en 1965— le habría hecho reír y además hubiera hecho lo mismo que Federico Fellini en una película suya sobre el mundo de los payasos, I clowns, cuando uno de ellos, al ver cómo un crítico de voz engolada y afectadas maneras intenta buscarle la intención intelectual, le encasqueta en la cabeza un cubo para no verlo, para no oírlo. Edgar Neville, que se murió antes de ese gag chaplinesco de Fellini hubiera hecho exactamente lo mismo de haber oído que La torre de los siete jorobados, una película deslumbrante, es hoy una cinta de culto. Lo es.

En fin, Juan Antonio Ríos Carratalá, autor del necesario Edgar Neville: de Hollywood al Madrid de la posguerra (Ariel, 2007), donde sitúa muy bien al personaje y no deja de escudriñar ninguno de sus muchos claroscuros de su vida personal, política o profesional, o María Luisa Burguera Nadal o Mª de los Ángeles Rodríguez Sánchez, quienes han anotado ediciones de algunas de sus obras narrativas o teatrales en Castalia, son profesionales a los que recurrir para saber más de este singular personaje, Edgar Neville, al que leo siempre con gusto y veo las películas que puedo encontrar.


Conchita Montes y Neville

(Estando ya en prensa este pizarrín veo en una librería de nuevo, La piedrecita angular, una de sus novelas, que acaba de rescatar la Ed. Clan; hace un par de semanas, aquí, en su Errata, Evaristo Aguirre saludaba la aparición de Mi España particular (Reino de Cordelia), “guía arbitraria de orientación turística y gastronómica”, que el orondo Edgar, de voraz apetito, publicó en Taurus en 1957; y como no hay dos sin tres, me topo, en estos días, revolviendo papeles con un número de Revista de Occidente, de mayo de 1964, con un relato que no conocía ni localizo de Neville: “Un tal Luiggi Marino”.)

(En fin, a mí de verdad, de verdad, me hubiera gustado escribir de la relación personal e intensa, y desprecjuiciada, creo, de Neville y de Conchita Montes, su actriz, él era un hombre casado; en fin, no reúno ninguna de las cualidades exigidas para ello y me quedo, por tanto, con lo que cuenta Ríos Carratalá y algunas leyendas que todavía planean, como un eco, por Madrid.)




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