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Errata

Evaristo Aguirre

Niños

Me decidí a comprar una antología de cuentos, Mire al pajarito, de Kurt Vonnegut (Indianápolis, 1922-Nueva York, 2007) publicada por la editorial Sexto Piso (con traducción de Jesús Gómez Gutiérrez), unos relatos al parecer inéditos (la edición americana es de 2009) que resultaron oscuramente irónicos y ácidamente pesimistas. Unos buenos relatos. Pero antes de leerlos, me entró una cierta desazón por hacerlo antes de leer la novela más famosa de este escritor estadounidense, Matadero 5 o La cruzada de los niños, un libro de 1969 del que había oído y leído mucho, pero que todavía no conocía. Hay una edición de Anagrama (traducida en 1991 por Margarita García de Miró), en su colección de bolsillo, con una letra absurdamente pequeña, pero que para cubrir esta necesidad apremiante servía.  



Y qué bien, Matadero 5 es merecedora de todos esos elogios y de esa categoría de clásico contemporáneo. A partir de la historia personal del autor (combatió en la Segunda guerra mundial y estaba en Dresde cuando los aliados machacaron esa ciudad), la novela cuenta la violencia y la desolación bélicas desde un punto de vista cercano a la inocencia, pues no de otra forma pueden mirar el mundo, incluso el mundo en guerra, unos todavía niños enviados al frente a, con toda probabilidad, morir. Matadero 5 juega con el tiempo y con la cordura. No es un alegato, ¿para qué, si con mostrar las cosas éstas ya se definen solas? Y si se muestran con un extraordinario ropaje literario, ya no hay más que decir.

Pero sí, siempre hay algo más que decir, o al menos decirlo desde otro punto de vista, por ejemplo. Así, a las pocas semanas de haber conocido el universo Vonnegut, se publicó la nueva novela de Lorenzo Silva, Niños feroces (Destino); ahora, cuando se habla de un libro de este autor, hay que especificar si se trata o no de uno de la popular y exitosa serie de los guardias civiles, y en este caso es que no.


No, Niños feroces no tiene nada que ver con la Guardia Civil, pero sí con el ejército, y con la Segunda guerra mundial, y con más cosas. A un joven aspirante a escritor su profesor y mentor literario le brinda una historia para que escriba, la historia de un hombre que acaba de morir (estamos hablando de nuestro presente, pues la novela termina en junio de 2011, en la acampada de indignados de la Puerta del Sol, hace dos días, vamos), un hombre que, apenas adolescente, estuvo en la División Azul (los españoles que lucharon del lado de Alemania en el frente ruso) y que volvió a combatir, esta vez en las SS, en los últimos meses de la guerra, cuando el ejército de Hitler era vencido por todos sus flancos.

El proceso de documentación para la redacción es, también, para el joven protagonista, el proceso de aprender a ponerse en la piel del otro, por alejado (en el tiempo y en el pensamiento) que pueda parecer. Por ello, la novela es a la vez el relato de aquella peripecia y el de una maduración emocional e intelectual. Se habla, mucho, de algunos episodios de aquella guerra mundial, pero también hay referencias a la Guerra Civil española y a los actuales conflictos de Irán y Afganistán, en los que han estado presentes combatiendo (aunque se le quiera llamar de otra forma) jóvenes, casi niños, como el personaje de la novela. 

El vínculo entre la obra de Kurt Vonnegut y la de Lorenzo Silva es evidente. El vínculo entre las miradas de Vonnegut y de Silva, de dos generaciones, dos países, dos tiempos y casi dos universos tan distintos, es revelador. 

eaguirre@divertinajes.com




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