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El mirón impaciente

Eduardo Nabal

Dr. Freud, I suppose


En su último y en gran medida decepcionante filme, David Cronenberg ahuyenta gran parte de su universo visual a favor de una novela romántica sobre el amor entre Carl Jung y Sabina Spielrein, en lo que pasa de ser una relación médico-paciente a  convertirse en una pasión ardorosa no sin transitar por algunos personajes célebres del psicoanálisis de la época como el doctor Freud (correcto Viggo Mortensen), retratado de una forma un tanto oblicua, o los círculos intelectuales donde se debatían las revolucionarias teorías que el psicoanálisis había destapado sobre la sexualidad como motor de la vida psíquica y las constricciones sociales.

Sin embargo, al contrario que en sus otros filmes más psicológicos o incluso psiquiátricos como Spider o Inseparables, estudios sobre el desdoblamiento de la personalidad, hay poco de la atmosfera malsana, del suspense interno, de las mutaciones corporales, los miedos atávicos y de “la nueva carne” tan queridos por el autor canadiense, que nos obsequia esta vez con una historia tan exquisitamente rodada como carente de autentica pasión y verdadero misterio. La emoción aflora a ratos, pero, si bien Fassbender borda su personaje, Keira Knightley vuelve a caer en el histrionismo y la monotonía, y su personaje no alcanza la entidad suficiente como para competir con dos actores de fuste.

Poca originalidad ofrece, pues, Un método peligroso, más cerca de un biopic al uso —con alguna propuesta verbal atrevida— que de uno de esos monstruos de creatividad visual apabullante del director de las viscosas La mosca y ExinteZ. Cerebral y discursivo hasta la extenuación, la película se acerca solo verbalmente al universo de su director al hablar de la conexión entre el sexo y la muerte como ya hizo en Crash o M. Butterfly pero la producción se decanta más por la convención sin perturbar nunca al espectador más de lo necesario.

Podríamos rescatar de este, en parte, fallido y algo manierista Un método peligroso la ambigüedad moral de sus tres protagonistas y la historia de amor acompañada de los acordes de Howard Shore (habitual del realizador) y Richard Wagner, ya que la puesta en escena es demasiado límpida para una historia tan llena de sombras. Parece como si Cronenberg se hubiera rendido ante el sabroso guión del dramaturgo Christopher Hampton aparcando su propio cosmos de dioses y monstruos. Y, al plegarse a  algunas de las formas del cine británico de qualité, a pesar del inflamable material que maneja y de su atención desmedida a la duración de los planos y la expresión de los rostros, su historia pierde fuste y el resultado final se acerca a una claudicación por parte del otrora temido  e idolatrado director.




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