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Pareciómelo

Pedro Vallín

Gerontocracia, episodio cuarto

Golpe de Estado (como hipótesis)


Criptología, especialidad numerológica, plano detalle

Dietario: 10 de Septiembre
Este ha sido el verano del fin de mundo. Por mi parte sólo he podido constatar la ruina intelectual de una generación de periodistas, singularmente los económicos. Voy a remontarme: a mediados de julio, un periodista muy preparado con el que trabajo y al que tengo por amigo aun siendo un gerontócrata —pues no es culpa suya no haber nacido 25 años después— me decía que mientras la gente se iba tranquilamente a folgar todo el verano (folgar es bable, en castellano dícese holgar, perdón), el mundo tal y como lo conocíamos (occidente, se entiende) muy probablemente se iba a ir a tomar viento, iba a acabarse, sufriríamos un regreso a los años setenta (no griten hurras pensando en las drogas y el rock progresivo que me refiero a los años setenta españoles) o bien a la época de las cavernas. Era su forma de explicarme que los ataques de los mercados financieros acabarían con el Estado Social y Democrático de Derecho como lo conocemos. Yo sonreí. Soy un optimista y pensaba en cervezas y sol. Treinta y dos días después, repasando las colecciones de periódicos leo estos titulares (sólo cito los principales).

6 de agosto: “Europa se hunde… y Merkel de paseo” (Abc)
7 de agosto: “El mundo contiene el aliento ante el temor a otro lunes negro” (La razón)
8 de agosto: “El miedo a la recesión hunde la bolsa” (La vanguardia)
9 de agosto: “El miedo arrasa las bolsas mundiales” (El país)
10 de agosto: “El miedo cierra tiendas y bares en un Londres tomado por 16.000 agentes” (El país)
10 de agosto: “Estado de sitio en Londres” (La vanguardia)
11 de agosto: “El temor a la rebaja de la deuda francesa hunde las bolsas” (El país)
11 de agosto: “La bolsa española se despeña… y ellos desaparecidos” (Abc)
15 de agosto: “Los futbolistas, en huelga, en un país con 5 millones de parados” (El mundo) 
19 de agosto: “Las bolsas se desploman por la falta de confianza” (La vanguardia)


Así, todo el mes. Ya ven que no se salva nadie, este es el estado general de la profesión, que confunde la crisis del gremio con el fin del mundo. A los augures del fin del mundo habría que pedirles cuentas. Cuando regreso a la ciudad y no veo tanquetas, sacos de arena haciendo barricadas ni colas de racionamiento deduzco que efectivamente procede trasladar la información de bolsa a las páginas de deportes o pasatiempos. Lo más exacto y ajustado a la realidad de los hechos sería colocar cualquier información relacionada con los mercados de valores allí donde se da cuenta de los juegos de azar y apuestas, debajo de la lotería nacional y el cupón de los ciegos. No señores, el mundo no se acabó y lo que es más grave al caso que nos ocupa, ni siquiera estuvo en riesgo.

Ocurre otra cosa. Ocurren los economistas. Verán, cuando uno desempeña una disciplina realmente técnica y necesaria, qué les digo, como la ingeniería o la medicina, no hace falta reivindicar la trascendencia del rol social o los diagnósticos técnicos que uno es capaz de hacer en su desempeño. Si necesitas un puente, se lo encargas a un ingeniero; si te duele la rodilla, vas al médico. Simple. [Nota de noviembre: En una entrevista el sociólogo y politólogo Fernando Vallespín me dice: “La política vista como gestión excluye la posibilidad de alternativas porque la democracia está reñida con la verdad científico-técnica: un piloto de avión en dificultades no puede pedir a los pasajeros que voten qué debe hacer. La democracia no tiene sitio si los problemas se presentan en términos técnicos. Por eso, si la solución a la crisis es una sola, administrada por tecnócratas, la gente se distancia de la política, preguntándose para qué sirve votar”] En cambio se ha producido un error dramático en la interpretación de lo que es y para qué sirve un economista. Un economista es un historiador económico: revisa los hechos económicos, indaga en las causas y las consecuencias, los comportamientos de los actores y las repercusiones de sus decisiones. Deducir de esto que los economistas son las personas que deben guiar la política económica sería como entregar el control de la política toda a los historiadores. No, los economistas no están preparados para hacer diagnósticos ni para dar recetas y la historia es fecunda en ejemplos de cómo diferentes recetas provocan idénticos resultados.

Este problema se acucia con los periodistas económicos, que son a los economistas lo que un periodista deportivo a un futbolista, es decir, meros observadores y traductores de lo que hace aquél. Si un economista no está preparado para expedir recetas que inviertan una recesión (si las hubiera, que ese es otro mito contemporáneo), mucho menos un periodista, que apenas entiende la jerga de aquellos. Pero en una crisis, ay, en una crisis el periodista económico —un ser incomprendido a cuya labor todos conceden muchísima importancia y ninguna atención— se convierte en el centro del mundo. Y para no perder protagonismo se esmera en proporcionar lo que se le exige: emergencia, titulares biggers than life y estrangulamiento de ánimos; y así de paso completamos el proceso de degradación del periodismo de pago, que parece haber olvidado que no compite con un telediario de Pedro Piqueras.

Dietario: 12 de Noviembre.
Economistas gobiernan en dos países de la Unión Europea, donde no ha habido elecciones. El subtítulo escrito en septiembre parece que ha acabado siendo una premonición. En Europa comienzan a alzarse voces que claman contra la receta del recorte.

Dietario: 30 de Noviembre.
La crisis de deuda ya toca a Alemania. La espectacular caída de la socialdemocracia, unida a una ligerísima subida de los conservadores en las elecciones convierten al gobierno en el séptimo que la crisis se lleva por delante en el continente. El presidente in pectore lleva diez días encerrado sin ver la luz y sin que lo vean. No ha enviado ningún mensaje a sus votantes. Sale una señora que desde el día 20 nos cuenta cómo está el enfermo. Incluso la banca, los sindicatos y la patronal, visitan al ingresado y dan parte a la prensa en la puerta de sus percepciones. Uno recuerda a los toreros cogidos gravemente y esos corrillos de prensa en la puerta del hospital esperando las migajas de un relato por persona interpuesta, una realidad vicaria.

Dietario: 1 de Diciembre.
Uno malicia el motivo del ingreso. El candidato rival decía que había un programa oculto y que se conocería al día siguiente de las elecciones. ¿Y si no lo había? ¿Y si sólo había las vaguedades del programa? ¿Y si el ganador está sopesando qué hacer? ¿Y si piensa improvisar? [En una entrevista el 9 de noviembre José Félix Tezanos explicaba una novísima tendencia en las encuestas: “Por primera vez en 15 años, la opinión pública (no la intención de voto) ha girado a la izquierda”. El día 13 la encuesta de Noxa Consulting señala el triunfo de la derecha y subraya que el 74% de los encuestados pide medidas keynesianas de estímulo de la economía y no más recortes. Tezanos hablaba de la volatilidad de los gobiernos, de cómo la crisis se ha llevado dos gobiernos seguidos en varios países, y concluía: “Puede darse tras el 20-N un efecto balancín: Hay un gigante socialdemócrata dormido, y podría despertar de golpe”]. Llamazares advierte en los desayunos que “la gente está muy movilizada” y que la derecha se equivoca si piensa que “su mayoría le da poder absoluto”. Los portavoces conservadores dicen ya, con la boca pequeña, que no les conviene que los socialdemócratas estén yacentes, porque la oposición se expresa en la calle cuando no encuentra expresión en la cámara.

Los economistas y los periodistas siguen colgados de la brocha. Se cerró una etapa, se acabó un gobierno. El fin del mundo ni está ni se le espera.  




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