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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

“Nuevas Generaciones” … de vampiros


Ya en otra ocasión me he ocupado de las deleznables y amaestradas novelas de la serie Crepúsculo, de la sin par Stephenie  Meyer ─un híbrido entre Louise May Alcott y Dolly Parsons que, cuando la ves, da mucho más miedo que sus vampiros─. Entonces y ahora sigo pensando que su éxito entre las nuevas generaciones  responde a la receta fácil de amaestramiento de los elementos violadores del mito vampírico adaptado a los estómagos de rumiante consumista de las adolescentes que llenan las multisalas. Un ejercicio de marketing que llena arcas y las seguirá llenando con absoluta desprecio hacia uno de mis mitos favoritos.

Así que yo, como un Val Hensing meyerano ─tan descafeinado como sus  inmortales enemigos─, vuelvo a la carga tras el estreno de Amanecer en los cines que, estoy seguro, como en sus anteriores entregas empaparán de fluidos vitales los tampax adolescentes de la legión de espectadoras  que genera cada bodrio-entrega. No ha sido mi caso, claro, aunque mi incontinencia prostática me haya hecho perder algunas gotitas de orina ante  las carcajadas producidas en alguna de sus impagables y empalagosas  escenas ─me viene a la memoria la escena post-polvo de los protagonistas en un resort de lujo como ejemplo revelador─.

Lo del vampiro vegetariano también tiene su coña, pero en un mundo que tiende a lo cool tampoco es de extrañar que los zombies terminen prefiriendo hamburguesas de tofu a la carne humana, y el resto de criaturas de la noche se nos aburguesen y se  instalen en nuestras vidas como chicos-chicas-de-al-lado, sin crear problemas ni meternos miedo.

¡Pues vaya mierda, con perdón!

Al otro lado del espejo, situaría a la caústica, sarcástica, desopilada e inteligente revisión de los arquetipos del fantástico que propone la serie True Blood (lo que una vez más demuestra que es en la televisión USA donde se está produciendo una verdadera eclosión de talento en detrimento del cine).  

Serie de culto que yo me había resistido a visionar a pesar de las muchas recomendaciones de amigos y de estar avalada por la firma de uno de los mejores regeneradores del tejido televisivo americano, Allan Ball, factótum de esa maravilla que fue y sigue siendo A dos metros bajo tierra (reviso de vez en cuando alguno de sus capítulos y siempre me dejan en semitrance).


True Blood no defrauda; regala mucho más de lo que esperas. He devorado literalmente sus cuatro temporadas en un mes, y aún me ha dado tiempo a repasar una de las entregas de la saga en la que está inspirada, Southern Vampires Mysteries, original de otra ama de casa sureña llamada Charlaine Harris que desde 2001 ha venido escribiendo una entrega tras otra hasta un total de once y que, por si alguno se anima, están todas traducidas al español y son fácilmente encontrables en nuestras librerías. No es que su calidad literaria supere a la  de la crespusculera compañera, Stephenie Meyers, pero, en su favor, debo decir que tiene un  finísimo sentido del humor y una soterrada mala leche, además de un sólido conocimiento de la mitología del terror, cosas de  las que su compañera carece.

En cuanto a su adaptación televisiva, corre pareja a lo que uno podía esperar del talento y fama de Allan Ball; y supera en todo a su fuente literaria. Es lo incorrectamente política que se podía esperar, y su tratamiento de los tabús, sean estos sociales, religiosos o sexuales  son todo lo rompedores y transgresores que uno espera. Y cuando el espectador cree que ya no hay más, allí surge el genio pirotécnico de Ball, para rizar el rizo, sorprenderle y, la mayor parte de la veces, dejarle con una sonrisa congelada.

Para ello, lo primero que hace es eliminar la primera persona narrativa en la historia. En los libros, es Sookie Stackhouse, la protagonista, una camarera telépata, dejando así una mayor libertad para narrar tramas en las que ella no está directamente implicada. Da un mayor relieve a dos personajes, Tara y LaFayette e incluye uno nuevo, la vampiresa neófita Jessie. También se  inventa unos cuantos secundarios y mitos y muchas más cosas, lo que se dice una auténtica reescritura.

La historia comienza en el sur de Estados Unidos, cuando el descubrimiento japonés de sangre artificial, decide a un grupo de vampiros a salir del ataúd e integrarse en la sociedad humana reclamando de esta unos derechos sociales equiparables. Nuestra camarera, Sookie,  al enamorarse de uno de estos vampiros, se verá inmersa en una espiral de violencia y sangre más allá del bien y el mal. Vampiros, hombres lobo, telépatas, médiums, hombres pantera, cambiantes, brujas, ménades, chamanes, hadas y elfos, todos ellos, juntos y por separado, luchan por hacerse un hueco en la sociedad humana con el fin de controlarla para que sirva a sus propios intereses. Hay orgías, bacanales, canibalismo, aquelarres, violencia, sexo, sangre verdadera y  sintética, y sobre todo, toneladas de talento para que este enorme guiñol no chirríe y se articule como una de las mejores propuestas del fantástico que cualquier aficionado pueda disfrutar. Y además un incisivo sentido del humor  que lo impregna todo.




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