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El mirón impaciente

Eduardo Nabal

Pobre pero honrada


London Boulevard no es una gran película, pero es extraña y subyugante. 

En su debut, William Monhan se aproxima sin pudor a las personalidades esquivas de un expresidiario (Colin Farrell, mejorando cada vez  como actor) y una ex estrella del porno (Keira Knightley, tan histriónica como de costumbre) en una historia de intento de redención, personajes que se mienten, fratricidio simbólico y rea,l y lucha por la supervivencia en un mundo en el que  la violencia, el sexo  y la ambición dejan poco espacio a la ternura.

London Boulevard no está tan alejada narrativamente de Animal Kindong o de  algunos filmes criminales del shakesperiano James Gray, pero se agradece su sencillez expositiva y el esfuerzo de Farrell por dotar de matices a un personaje continuamente metido en asuntos turbios y situaciones violentas.

El pesimismo inunda un filme pequeño aunque rodado e interpretado con garbo donde las apariencias engañan y el espionaje a escala reducida está a la orden del día. De nuevo el núcleo familiar desgarrado es el eje de una narración humanista dividida entre los bajos fondos y los pisos de lujo, la venganza, los viejos rencores  y los afectos.

La cuidada y, en ocasiones, desasosegante fotografía de interiores y exteriores nocturnos del veterano operador Chris Menges acaba por otorgar cierta entidad a un trabajo de argumento manido pero puesta en escena ágil y  con un extraño nihilismo en el que solo desentonan algunas subtramas forzadas y donde, a pesar del esfuerzo del director, las historias de amor y amistad no acaban de enganchar al espectador, pero dejan un extraño regusto a desencanto que impregna la atmósfera turbia de un policiaco donde el alma de los personajes lucha contra los clichés del género, y contra  muchas secuencias y el fatalismo que  inunda el resultado final.

Una historia de fantasmas del pasado, seres heridos y monstruos del presente que no triunfa pero que tampoco abandona nunca cierta dignidad.




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