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El pizarrín

Javier Goñi

Un poeta alemán


Déjenme que les diga que Bergamín, tan dado a las paradojas, le llamó poeta alemán, y tal vez a Tomás Segovia, que murió el otro día en México, su otra patria, le hubiera gustado serlo para hablar de tú a tú con Hölderlin, por ejemplo. Le hubiera gustado, sí, serlo, acaso, para salirse de la tradición castellana, a la que pertenecía, aunque se murió, hace unos días, siendo lo que ha sido siempre, un extraordinario poeta,  y un exquisito y exigente prosista, un diarista contumaz, El tiempo en los brazos, se llama su diario clandestino de toda la vida, y un notable traductor y un editor artesanal, que hacía libros por amistad, con las manos, como quien hace muebles, pequeñas piezas de carpintería, pues su padre, heredero de ese espartanismo de la Institución Libre de Enseñanza, procuró que aprendiera un oficio artesanal, por gusto, por humildad, además de anhelar hablar de tú a tú con Hölderlin. Que era un poeta español, no lo dudaba, pero era un poeta español como había sido –de joven— moreno, que tuviera el pelo moreno, aseguraba, no era algo que le determinara.


En estos días finales de noviembre sale a la calle el número 100 de la revista cultural Turia, una revista que, número a número, supera los cierzos y hielos del duro clima turolense, la ciudad donde se hace tan admirable publicación, Turia existe, Teruel existe, y para esa revista estuve hace unos años pasando toda una tarde –una tarde casi de invierno—  con Tomás Segovia, en su casa madrileña del barrio de Argüelles; la entrevista se publicó en el número doble 63—64, en la primavera siguiente, la del 2003, y en estos días de otoño que se resiste a dejar de serlo para enfilar hacia el invierno –el cambio de estaciones tan importante para Segovia, que dejó México, a donde había llegado, al final de la guerra civil, con su familia, porque añoraba el cambio de estaciones—, quiero desparramar por este pizarrín buena parte de aquella entrevista para Turia, porque el otro día cuando me enteré, por el periódico, que se había muerto en México, y tañeron las campanas por el duelo y yo me fui a buscar sus libros, sus muchos libros de poemas, el último la primavera pasada,  en Pre—Textos –tan amigos los editores, aunque no le sacaban sus diarios, se me quejó entonces, cordialmente—; libros de poemas, esos, estos, de portadas blancas, limpias, elegantes, con una viñeta, diferente, de su gran amigo el pintor (y escritor) Ramón Gaya, y de uno de ellos planeó, al abrirlo, la hojilla, con mi plan de ruta de aquella tarde, viernes 6 de diciembre, Ferraz, 94, 5º D, esquina Benito Gutiérrez, 915445703…

Ferraz, 94, 5º D, un piso alto que da al Parque del Oeste. En su lugar de trabajo, un ordenador  portátil, es –era— aficionado a las nuevas tecnologías, otro arrinconado en el lado oscuro de la habitación, abandonado en el suelo, una mesa de carpintero, herramientas de trabajo, de hacer libros a mano, de cinco en cinco ejemplares, tiradas de veinte, para veinte amigos, los que se los piden, a los que se los regala, libros—rarezas, libros—amigos que él hace con sus textos y, dos, tres, con sus diarios, con sus entregas, para los que, confiesa, nunca ha encontrado editor de los de papel (entonces, todavía, aquella tarde de diciembre de 2002)…


En su lugar de trabajo, a través del ventanal, entra, esta tarde de (casi) invierno, viernes feriado día de la Constitución, el sol a puñados. Fuera hace un frío contenido, seco. El escritor deja que se le elogie las vistas, que se le agradezca el sol que se cuela en este encuentro, que me recibe, en esos tanteos previos entre el entrevistador y el poeta, que no se conocían, o apenas. Hay en la vida literaria madrileña un horizonte de saludos ocasionales, de gestos imperceptibles, en actos, en presentaciones, cosas así. Qué calor en verano, dice el visitante, con ese involuntario rasgo tan humano de rebajar entusiasmos ajenos. Y sí, confiesa el poeta, cordial, de pie, dando los primeros pasos de anfitrión, hace mucho calor en verano. El escritor, organista afable, juega con los estores, subiéndolos, bajándolos, regulándolos a conveniencia, para que ese sol invernal no nos ciegue, al sentarnos; sobre todo al escritor que se coloca frente a ese hermoso paisaje invernal: ay esa luz madrileña, velazqueña, dicen, de las pocas cosas ciertas en la topiquería espeso—municipal de esta Corte. El visitante, después de haber elogiado tanto el horizonte, acepta su destino que le fuerza a darle la espalda, a las vistas. Tomás Segovia escucha y, sobre todo, habla, sin dejar de mirar hacia lo lejos; por allá, quizás, aparecen sus recuerdos, el exilio, México, los libros, las mujeres que le amaron, las que amó. En una tarde pre invernal, aunque soleada, la luz es un espejismo que dura lo que una caricia, e irá poco a poco desapareciendo, sin meter ruido, pausadamente, y Tomás Segovia, del año 27 del siglo pasado, no es de los que renuncian a lo hermoso y va moviéndose según va acostándose la luz, a lo lejos, para no perderse un instante, un momento, de ese atardecer. Se van alejando sus palabras –van y vienen— y la grabadora hace lo que puede para apresarlas…


Y es que le recordé entonces –paso del pasado con Segovia presente a este presente sin Segovia—  una frase que escribió sobre Cernuda: “bienaventurados los poetas minoritarios: la mayor maldición para un poeta es el éxito”, y sostiene Segovia que “el único éxito que me parece bien, es que le lean a uno” y sostiene Segovia  que no es lo mismo minoritario que marginal, que “claro que no es lo mismo. Se puede ser minoritario no siendo marginal, y marginal sin ser minoritario. Y, claro está, hay poetas mayoritarios que valen la pena” y quiero saber si uno escoge la marginación o se la imponen los demás y sostiene Segovia que “eso que los románticos llamaban el destino claro que existe y consiste en una experiencia que todos los seres humanos tenemos algunas veces en la vida cuando coincide exactamente lo que uno escoge y lo que el azar trae. Eso pasa muchas veces, no siempre, pero sí a veces, con el terruño, la infancia. Qué diferencia hay entre haber nacido en un pueblecito o desear haber nacido allí, Coincide el azar y la voluntad, y es lo que ocurre con un poeta minoritario y lo mismo se puede interpretar como que es una cosa que él escogió o una cosa que no pudo evitar”.

Acaso al azar se le deba el que pertenezca, niño exiliado, que se hizo poeta en México, a la literatura mexicana o a la española, según,  y sostiene Segovia que “no me importa no pertenecer a una o a la otra; no es que me dé igual, tiene un sentido pertenecer a una o a otra. Ahora bien, lo que sucede es que es una cosa de destino. No es que no tenga preferencias, pero me parece que en este tipo de cosas las preferencias no cuentan. Qué importa que yo prefiera ser español a ser mexicano, suponiendo que lo prefiera, que tampoco lo sé. Pero aunque yo prefiriera una cosa u otra, todo lo que me rodea esa circunstancia es más serio que mi preferencia. Es más serio que nací en un país que estaba al borde de la guerra. Todo eso son circunstancias tan importantes que realmente es casi un capricho mi preferencia. Lo real es que eso sucedió y tiene una gran importancia y yo tengo que tratar de entenderlo”.


Algún crítico, le comento, bueno, le comenté, había señalado que “sin ser un poeta propiamente español”, era, es, “un poeta en español”, como si la lengua lo determinara todo, o casi, ¿o no?, y me recordó un poema, “por ahí tengo un poema”, de hace unos cuantos años, donde decía, “volverá… la boca impura de las lenguas”, y me explicaba, aquella tarde casi invernal, que aquello era un poco ambiguo, porque… “porque me refiero a las lenguas de otras mujeres, pero también a la boca impura de hablar otras lenguas. Hay que hablar otras lenguas, incluso hay que traicionar a la propia lengua con otras lenguas. El casticismo es incestuoso, es una cosa nefasta; el casticismo crea monstruos, como dicen que produce el incesto –que no es cierto, pero, bueno…—. Hay que romper el casticismo y conste que lo digo con conocimiento de causa, porque yo protesto todo el tiempo de ciertas corrupciones de la lengua, pero es que no es lo mismo. Yo creo que la lengua es sana, respetable y por la que hay que tener un gran amor y un gran amor es una cosa que va mucho más…”

Y le interrumpo ahora, que ya no me puede escuchar, por saber si la lengua es la patria del escritor y sostiene, sostenía Segovia que “son muchas las patrias del escritor. La verdadera patria de un hombre es una mujer, en otro lugar –en un poema— yo he escrito: “la belleza…, tu patria intermitente”. La belleza es intermitente, pero lo es como mi patria, mi lengua, mi mujer. Las patrias yo creo que existen, pero son así, hay que tener un poco de cuidado para no hacer un patriotismo de la lengua, porque entonces…”.

Poeta español, poeta mexicano, poeta alemán, que le llamó Bergamín, acaso –le pregunté— para hablar con Hölderlin de tú a tú. Y Segovia que sí, que para eso, sí, “me hubiera encantado ser poeta alemán y para ver cómo se siente siendo poeta alemán. Yo he jugado con ese término como un antídoto, diciendo a mí no me vengan con lo de la tradición castellana, la Generación del 27, ni con lo del Cid Campeador, porque  Bergamín me dijo que soy un poeta alemán. Evidentemente soy un poeta de lengua española, soy un poeta español. Lo que no quiero hacer de eso una bandera. Soy un poeta español como era –entonces, de joven— moreno. Que tuviera el pelo moreno, no es algo que me determine…”

Sí le determinó ser un niño –moreno— que creció en el exilio mexicano, entre adultos que se habían llevado –de lo poco que pudieron salvar— la llave que les cerraba la puerta de ese paraíso perdido, esa Arcadia tricolor, la República. Aquello. Él, Tomás Segovia, como Francisco Giner, Enrique de Rivas, Xirau, Blanco Aguinaga, Marichalar, la generación de los hijos del exilio, “sí –sostiene Segovia—, aunque muy pronto me sentí incómodo siendo de los hijos del exilio. Mi padre fue un ejemplo de exiliado en estado puro, se negó a volver, él sí que pagó un precio. Y a mí esto me conmueve y hablo mucho de él y de aquello. Pero no es mi historia, fue la suya. Él fue el héroe, él abandonó, él hizo esto, aquello; yo simplemente lo vi. Mi vida no fue eso, no tuve que abandonar ningún suelo como él, en sentido directo y figurado, ninguna posición, bienes, carrera. Yo era un niño, me llevaron, y llegué allí. Hay, sí, una herida, pero no es la misma herida que la de un hombre como mi padre que lo perdió todo en este país.”

La generación de sus padres, los exiliados se llevaron a México la palabra –como decía León Felipe—, y una idea de España que, con el tiempo, como le pasaría a Max Aub, la superpondrían con la imagen real de España, la del regreso, y no les casó, no lo soportaron. No fue el caso de Tomás Segovia cuando regresó por primera vez, aunque le supuso un choque brutal, y volvió a huir, a escapar, para volver a regresar. Segovia siempre se consideró un exiliado, estar exiliado era una forma de vivir, de ser, de estar y además, como hijo de exiliado, teniendo que heredar la nostalgia de una España como quien hereda un traje de un hermano mayor, de su propio padre, los trasterrados, del desarraigo. Pero, aquella tarde de diciembre, intentaba explicarme Tomás Segovia que “la nostalgia no se podía heredar –eso es algo muy personal—. Me sentí incómodo en ese mundo de gentes a los que les dolía España. Teníamos, sí, deseos de volver, nostalgia, sí, de acuerdo, pero ya empezaba yo a desconfiar un poco de todo nacionalismo, incluyendo el exilio que puede ser un nacionalismo desterrado, pero nacionalismo también. Yo tenía nostalgia no de España, sino de las estaciones, del acto de las estaciones, pues eso lo había vivido en mi infancia; el ciclo de las siembras, esa organización del tiempo que inevitablemente le hace a uno ver el trasfondo de la humanidad, y eso no se siente en América como en Europa, supongo que en Asia sí, no sé. Yo tenía, pues, nostalgia de eso, que me remitía a cosas muy arcaicas, pero que tenían que ver con mis recuerdos infantiles. A pesar de todos los pesares, me parece Europa ese lugar del mundo que inventó los nacimientos, en Europa todo puede renacer, y eso que todo puede renacer me parecía, y me parece, maravilloso. De eso sí siento nostalgia, de un lugar donde hay renacimientos, o sea de un lugar donde uno puede pensar en Homero como el futuro, no el pasado….”

Uno puede pensar en Homero como el futuro. Grecia. Italia. Europa. Prima de riesgo: 18—N, 08,45, máximo histórico, España, 503. A las 11,40, 488. Uff. Mañana, jornada de reflexión. Sostenía Tomás Segovia que “uno puede pensar en Homero como el futuro”. Homero. Futuro. Corrijo, cierro y envío.




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