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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

Modernidad inane


No voy yo a negar el profundo conocimiento de los  neo-movimientos culturales  estéticos y sociales  contemporáneos  que Enrique Rubio maneja con soltura y sorna en su novela  Tania con i.56ª edición (Destino),  galardonada con el premio Francisco Casavella de este año. Tampoco dudo de su pulso narrativo que me hizo leer las primeras cien páginas de la novela a velocidad de crucero aunque el resto, hasta el final, se me hizo más cuesta arriba debido a la cantidad de pólvora quemada en unos fuegos de artificio que terminan apabullando y cansando por  su repetición y densidad.  Sin embargo,  estoy convencido de que cuando Rubio se olvide de la pirotecnia literaria que continuamente  quema en cada página de esta entrega, su prosa ganará en intensidad y ritmo.

La novela cuenta  la doble historia de un joven escritor, Guillermo Ruano, al que encargan escribir la biografía de la recién fallecida Tania con i, icono global de la moda, las artes, la contracultura y un montón de tendencias más, que solo la minusvalía cultural del presente siglo podría parir.

Pero, ¿quién es en realidad  esta Tania con i? Nuestro autor bucea en  la vida de Antonia (su verdadero nombre), una choni ochentera venida del campo a la ciudad decidida a comerse el mundo. Y que lo consigue a pesar de su ignorancia y paletez gracias a su camaleónico sentido del disfraz, de la oportunidad, a su desfachatez y su falta de miedo al ridículo. En el pueblo ─la parte almodovariana  de la historia─  deja una familia desestructurada que incluye a su abuela, su madre alcohólica, su  violento padre parapléjico, su hermana gemela Ofelia y a tres amigas. En la capital irá pasando por diversas etapas y tendencias cambiando de  una tribu a otra con la facilidad  de una Barbie que se  muda de vestidito para ser otra cosa. Comienza como urbanita neohippie guay,  se pasa al indie, después al misticismo, más tarde predica su particular idea del comunismo, se metamorfosea en artista bisexual,  vira al radicalismo hasta que, finalmente, tras pasar por las etapas de solidaria y misionera, consigue convertirse en mito. No es para menos.

Este ajetreo existencial nos es presentado por Rubio al modo de Palahniuk en Rant y consiste en organizar un collage introduciendo las voces de las personas que conocieron a la biografiada y la propia del autor ─sus acotaciones sobre el pulso que libra con la editorial que no quiere experimentos literarios, por ejemplo─ con el fin de fortalecer la historia, y al modo Rashomon, tener varios y diferentes puntos de vista sobre el mismo hecho. Pero el resultado, lejos de lograrlo, llega a resultar cansino por su abuso indiscriminado y,  todo hay que decirlo, porque la vida de esta trendie y los avatares de su biógrafo tampoco dan para tanto. Es por eso que el tono cruel, el sarcasmo, y la energía que aparecen en muchas de sus páginas ─ que son lo mejor de la novela─ se pierden en un texto que con la mitad de páginas ganaría en concreción y  virulencia contra esta sociedad contemporánea capaz de convertir  a una nulidad en el faro de Alejandría que alimenta a facebukeros, twiteros, carroñeros y falsos profetas de la modernidad.  Porque eso es lo que pretendía el autor, ¿no?




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