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El mirón impaciente

Eduardo Nabal

La buena educación


En solo 79 minutos Roman Polanski realiza una de sus mejores y más sorprendentes películas adaptando con fidelidad —al texto pero también a su  propio estilo y sus obsesiones habituales— la obra de teatro de Yasmina Reza Carnage.

Un dios salvaje como la fallida Cul de sac o la incomprendida El quimérico inquilino es una comedia, lo que de entrada sorprende algo a los admiradores del director de La semilla del diablo, aunque el humor, negro y caústico, la falta de fe en ser humano y la obsesión por los espacios cerrados hayan  estado presentes a lo largo de su irregular pero dilatada y fecunda obra.

Pero, si Polanski en películas como La muerte y la doncella encerraba a sus personajes para hacernos sufrir, en Un dios salvaje se decanta por una comedia ácida y relativamente amable a pesar de las miserias personales que van revelando los cuatro protagonistas (Jodie Foster, John C. Reilly, Christopher Waltz y Kate Winslet) dos matrimonios que se reúnen en casa de uno de los dos  bandos para solucionar pacíficamente la “agresión” del hijo de unos al hijo de los otros en un parque, a la salida de la escuela. Y, como escolares enfurruñados o encerrados en su mundo, se nos muestran esos dos matrimonios que progresivamente revelan sus flaquezas y sus obsesiones.

Podemos decir que no hay demasiadas sorpresas en Un dios salvaje ya que cada uno de los cuatro protagonistas se comporta como el público espera de ellos, pero sí una sabia dosificación de los momentos de humor y crueldad, de reflexión y rabia, de ironía y desastres íntimos. La cámara de Polanski se mueve con soltura e inteligencia  en este pequeño piso que da al puente de Brooklyn pero cuyo mensaje (la crítica a lo “políticamente correcto”, las crisis de pareja, la mentira y la violencia soterrada en las relaciones humanas) queda bastante claro al espectador.

Y tal vez sea el único fallo de un filme exquisitamente rodado e interpretado con entusiasmo: la falta de zonas oscuras en los cuatro personajes luchando verbalmente hasta la extenuación. Si parece evidente que Winslet le gana la partida a una algo afectada Jodie Foster, de los dos personajes masculinos (un tanto  peor parados en esta tragicómica sucesión de pequeños disparates de “clase media”) no sabemos si es John Reilly o Waltz quien se gana al público con sus personajes —en  particular este último— cargados de antipatía. 

Un dios salvaje es una de las películas más sanas de Polanski porque, aunque se ríe de sus personajes, también se ríe con ellos cuando, inesperadamente, nos vemos reflejados en algunos de los aspectos de su personalidad o de la situación “absurda” en que se ven envueltos. Si El escritor estaba más cerca del Hitchcock de Con la muerte en los talones, aderezado con  sabrosos apuntes políticos, aquí se aproxima estilísticamente a La soga, si bien cambiando la seriedad y la negrura por la mirada incisiva y el humor ácido,  y el drama policiaco por una arrolladora comedia de costumbres.




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