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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

Nochebosque


Juan Carlos Chririnos (Venezuela1967) no es uno más entre la larga lista de nuevos escritores hispanoamericanos que con cuentagotas van apareciendo en los catálogos de las editoriales españolas. Finalista del premio Rómulo Gallegos, es autor de varias colecciones de cuentos y novelas. Reside en España desde los noventa y aquí ha publicado también varias biografías noveladas sobre personajes históricos  que han obtenido una excelente acogida, entre ellas destacan la de Alejandro Magno, la dedicada a  su fascinante madre, la reina Olimpia, la de Einstein, etc.

La editorial Casa de Cartón nos presenta ahora una novela corta, Nochebosque , con la que Chirino rinde homenaje a la literatura de géneros facturando una sólida entrega en la que el terror, el erotismo, los sueños, se amalgaman en una mezcla de calculados efectos colaterales que recrean el universo malsano y terrorífico de muchos de los cuentos infantiles que poblaron de miedos nuestra infancia y que nos han acompañado, escondidos en uno de los pliegues nuestro subconsciente, hasta la edad adulta.

Todo comienza ─y en esto hay que destacar la fidelidad absoluta del autor a las reglas del género, que mantiene hasta las últimas líneas─ con un escenario idílico: una joven estudiante de una escuela de alta cocina, con el fin de poder pagarse sus estudios, acepta un trabajo bien remunerado como au pair  durante el verano para poder  financiar sus estudios. Su trabajo consiste en ocuparse de un niño de once años Osip, que vive en una enorme y solitaria  casa junto al hermoso y frondoso bosque de San Guinefort. Su madre, una alta ejecutiva que acaba de perder a su marido en extrañas circunstancias, debe desplazarse todos los días hasta la capital para realizar su trabajo y nuestra protagonista ha de cuidar  del niño, taciturno y medroso, que oculta una verdad terrible y al que protege un enorme oso de peluche. Ha de ocuparse, también,  de la casa. Pero, naturalmente, nada es lo que parece y rápidamente comienzan a manifestarse miedos y secretos que cambiarán para siempre la percepción del mundo que Paula ha tenido hasta momento. El terror, una vez más, es utilizado como elemento catártico y purificador, como rito de pasaje a la edad adulta.

Con gran brillantez estilística y un manejo de la lengua irreprochable, el autor juega con los conceptos de realidad y sueños, verdad y ficción, demostrando que sus fronteras nunca son  tan nítidas y precisas como nos gustaría. Y que el intentar trazar la cartografía  solo demuestra el afán del hombre, durante toda su larga existencia como especie, por esconder sus terrores y arcanos  en un “aparte” que le dé seguridad para afrontar la realidad cotidiana.

Chirino arma su fábula apelando a estos terrores primigenios, dosificando causas y efectos, aderezándolos con el erotismo onírico de su protagonista que convierte la narración en un cruel cuento para adultos, y aprovecha muy sabiamente todos los artefactos literarios que el género  de terror ofrece para lanzarse en un océano viscoso donde toda posibilidad expresiva es posible.

Umberto Eco decía que “la ficción es parasita de la realidad”, pero ese cuaderno rojo en el que Paula, a petición del psiquiatra que la trata, escribe lo que sucedió en la casa, subvierte el comentario y convierte a la ficción en el único vehículo que tiene la protagonista para narrar la verdad de lo sucedido.

Paradojas del género.




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