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Errata

Evaristo Aguirre

Houellebecq y Galdós

El otro día, en una comida con un par de amigos, hablamos de Galdós. Casi un año antes, también comiendo, un par de personas de mucha cultura y de buena posición en esto del mundo de las letras hablaron de Galdós. Recuerdo algún artículo reciente de una firma pata negra en un suplemento cultural en el que hablada de Galdós. Y se habla del gran novelista canario siempre en términos más que elogiosos; y se alude a que hace falta recuperarlo y reconocerle el peso y el valor que tiene su obra. Y no hay duda al respecto, ¿no?


Es verdad que no ha estado muy de moda, pero de ahí a que haga falta recuperarlo hay un trecho, creo yo. Pero sí que hay que leerle. Y como es mejor dar trigo que predicar, o hay que predicar con el ejemplo, o algo así con el verbo predicar, me fui derecho a releer un Galdós del que tenía buen recuerdo de los tiempos del colegio. (Qué bien tener buenos recuerdos de las lecturas obligatorias: eso dice mucho de esas lecturas, desde luego). Se trata de Miau, la historia de un funcionario cesado que no consigue un mísero destino administrativo que llevarse a la boca, para cumplir los escasos dos meses de actividad que le quedan para poder jubilarse con una pensioncilla. 

Galdós retrata en la novela la España de 1878, escribiendo desde 1888. Y claro, lo que allí aparece (la artrosis de la administración pública, el clientelismo y la mediocridad políticos, las hipocresías sociales, el éxito de los sinvergüenzas, el triste destino de España, entre otras cosas) podría aplicarse a 1908, a 1948, a 1998 o a 2008. Hay una visión certera y rica de ese mundo, de esa época. Los personajes galdosianos están magistralmente creados y animados, las tramas son sólidas. Leyendo a Galdós disfrutas de la literatura de altura, aprendes sobre un tiempo histórico y sobre las relaciones humanas.


De ahí que haya pensado en Galdós al terminar de leer la última novela del francés Michel Houellebecq, El mapa y el territorio (Anagrama, con traducción de Jaime Zulaika), que me regaló hace unas semanas mi amigo N. De lo que llevo leído de este escritor polémico (Las partículas elementales, Plataforma o La posibilidad de una isla son sus obras más destacadas, y casi con toda seguridad las mejores) siempre he encontrado un excelente pulso narrativo y una mirada hacia el mundo que le rodea como de científico social, un científico social alternativo, excéntrico, un puntito libertino y otro pesimista. Forzando un poco la comparación, quizá podamos en un futuro colocar sus libros como si de unos episodios nacionales franceses del siglo XXI se tratara. En algunos casos acompañados de un pequeño juego de adelantarse al futuro, como aquí.


La trama ocurre a partir de los años veinte de este siglo y llega como hasta los cincuenta y es la historia de un artista plástico que empieza haciendo un tipo de obra, que triunfa, que luego cambia radicalmente, y triunfa más todavía. No sé si se puede hablar de que hay una reflexión sobre el arte contemporáneo –no sabría decir cuál es el juicio, si lo hay–, pero sí se cuenta algo de cómo funciona ese ambiente. Lo que sí está en la novela, como en las otras suyas, es una cierta radiografía de la Francia contemporánea vista por los descreídos pero curiosos y desmenuzadores ojos de Houellebecq. Y hay juegos literarios, como la presencia del propio escritor como personaje (y un personaje de peso) de la novela, así como un muy logrado giro (de trama y casi de género) en el último tercio del libro. 

No sé si es el mejor libro de Houellebecq, pero se le acerca. 

eaguirre@divertinajes.com




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