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El mirón impaciente

Eduardo Nabal

ZONA DVD: "El mar"

Fuimos niños de la guerra…

Decía Djuna Barnes de sí misma que era la escritora desconocida más famosa del mundo. Algo así podría decirse de Agustí Villaronga y su cine. Desde el malditismo de culto de su espeluznante Tras el cristal hasta su episodio de Aro Tobulkin, el realizador mallorquín ha tenido tantos fieles  seguidores como silencios en la historia  con mayúsculas del cine español. Pilar Pedraza acaba de dedicarle una monografía que viene a paliar, en parte, la injusticia histórica que la literatura sobre el cine español ha cometido contra uno de los realizadores de trayectoria más personal e intransferible de nuestro cine.


Las películas de Villaronga, como parte del arte más sólido a impactante de las últimas décadas, están filmadas  de espaldas al público. Es decir es como si Villaronga estuviera esculpiendo de forma obsesiva una y otra vez los mismos espacios y las mismas obsesiones y de vez en cuanto —enteras o en fragmentos— vieran la luz pública, causando, alternativamente, admiración, repulsa, desconcierto, pánico, interés o indiferencia. Si Tras el cristal es «la película que John Waters no enseñaría a sus amigos», El mar es una película que tampoco ha despertado demasiado entusiasmo más allá de ciertos círculos de la crítica especializada, los admiradores del realizador, la cinefilia gay y los  incondicionales del cine fantástico porque Villaronga ha erigido otra fábula incómoda, solo aparentemente más clásica en su trama y sus personajes, e igualmente radical en su resolución estética, donde además pone en evidencia algunas las constantes de su cine: la sexualidad fuera de la norma, las heridas, la infancia, la violencia, la soledad  y la muerte. El mar es una película menos lúgubre y opresiva que Tras el cristal pero la construcción del relato la convierten en otra sombría e implacable bajada a los infiernos del cuerpo y la mente. Tras su brillante y estremecedor prólogo asistimos a la historia de un reencuentro que desbarata las expectativas del melodrama psicológico al uso para construir otra pieza de cámara obsesiva, a la vez dolorosa y fascinante, sensual y turbadora, pasional y funeraria.

Villaronga ha hecho películas buenas (Tras el cristal, El mar), regulares (Pasajero clandestino, El niño de la luna) y flojas (99.9) pero nunca ha hecho un filme malo o inútil porque su personalidad fílmica es demasiado fuerte y su universo visual demasiado potente. Estuvo cerca del proyecto de Almodóvar y La mala educación (cuya atmosfera turbia, a ratos enfebrecida, teñida de sexo y religión, recuerda algunos pasajes de El mar) y ha intervenido como actor en pequeños cameos en algunas de las películas más apreciables del cine fantástico español reciente como El celo de Alberto Aloy o El habitante incierto de Guillem Morales.

El mar está basada en la novela homónima de Blair Bonet  y los personajes son los más «enteros» de toda la filmografía de Villaronga, sus símbolos y referencias históricas son más claras —con la guerra civil española como terrible leit motiv— pero su puesta en escena desbarata la construcción novelista del relato y también nos incomoda situando placer y displacer en los momentos más inesperados de la historia. Al contrario que en El niño de la luna o 99.9, Villaronga reduce al máximo los elementos de cine fantástico o los alardes futuristas de forma que su historia no se sale de los cánones del relato de infancia y reencuentro, amor y muerte, sino fuera porque su puesta en escena quiebra de nuevo las líneas de la racionalidad dramática y rompe con  lo que esperamos de los personajes y sus acciones. El filme comienza con un prólogo brillante, desgarrador e implacable en el que se nos dan unas pinceladas violentas y sombrías sobre la infancia de los protagonistas, sacudida y espiritualmente «rota»  por el sangriento fin  de la guerra civil española que ellos escenifican en una breve y a la vez terrible y bellísima secuencia . El recuerdo de una muerte violenta, «un niño que mata salvajemente a otro y después se suicida», va a pesar de un modo obsesivo sobre el resto del filme y sobre esos personajes que quieren vivir hacia fuera y hacia adelante  pero viven en el interior de recuerdos vergonzosos, sueños incumplidos, heridas sin cicatrizar y vanas esperanzas de libertad.

El mar no es una película redonda, los actores jóvenes se muestran algo titubeantes en sus difíciles papeles y hay ecos de la narrativa decimonónica y de principios de siglo que enturbian un poco la pureza obsesiva, los fuertes contrastes y la deslumbrante oscuridad de sus imágenes pero sin duda es uno de los ejemplos más solidos del cine de un autor todavía condenado a ser un mito entre los desconocidos. Hoy por hoy, Villaronga sigue siendo una figura errante en el panorama del cine español contemporáneo, un nadador contracorriente en un mar lleno de escollos, intereses espúreos, pequeñas perlas y faros de papel.




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