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El pizarrín

Javier Goñi

Mariposas negras


Déjenme que les diga que en agosto de 1992 los serbobosnios bombardearon la biblioteca de Sarajevo y ardieron sus libros, tal vez un millón, durante tres días y la ciudad mártir sufrió una lluvia de pavesas ilustradas, que sus habitantes llamaban mariposas negras. Lo recuerda Jesús Marchamalo, inspector de bibliotecas, como le caló Antonio Gamoneda, o de laberintos, que mucho de laberintos personales tienen las bibliotecas particulares, y lo recuerda al adentrarse en la de Arturo Pérez-Reverte, corresponsal entonces de guerra, que es una de las veinte que ha apresado Marchamalo en su apasionante escrutinio Donde se guardan los libros. Bibliotecas de escritores y que acaba de editar Siruela/Fundación Germán Ruipérez. El escrutinio de Marchamalo no acaba, como querían el cura y el barbero, en la hoguera, muy al contrario sus propietarios, cada uno de su biblioteca, posan orgullosamente –Pérez—Reverte, Luis Mateo Díez, Merino, Savater, Clara Sánchez, Vila—Matas, Marías, Landero, Puértolas, Vargas Llosa…, hasta veinte— delante de sus libros, de sus estanterías.


Y sí, fue Gamoneda quien por su insistencia escrutadora en las ajenas le llamó “inspector de bibliotecas”, a la manera tal vez de aquel “inspector de alcantarillas” de cuando Giménez Caballero era vanguardista y no todavía azul, bien podría llamársele ahora, al periodista y al escritor –una cosa no se entiende sin la otra, en su caso, y eso le ennoblece— Jesús Marchamalo “inspector de laberintos”, pues eso es lo que son, en definitiva, las bibliotecas, ajenas o propias. Marchamalo ha pedido permiso a veinte escritores españoles contemporáneos para que le abran esas puertas invisibles que conducen a sus bibliotecas particulares, bibliotecas veinte y ninguna igual, pues si decía Juan Ramón aquello de que un libro –de poesía, supongo— no se lee igual según sea una edición u otra, de la misma manera me da la impresión de que ciertos nombres universales, imprescindibles, desde un Kafka a un Pavese, pasando por Baroja, por citar tres, que asoman por una y mil bibliotecas de estos escritores no están, aquellos, de la misma forma en una biblioteca o en otra. Habrá quien tenga su Pavese en tal rincón, en tal estante, en compañía de éste o de aquel –y frecuentemente situado de forma excéntrica, no hay un método de uso común para todos—, conservado de una forma o de otra, muy subrayado, anotado, fatigado o impoluto, aunque lo haya leído su propietario a conciencia. Estará ese Pavese –que nos sirve de comodín— en primera línea, visible, o extraviado. Y es que hay libros, autores, que se extravían en los laberintos de las bibliotecas, éstas pueden ser – según la taxonomía de Marchamalo—  arborescentes, misteriosas, o de tela de araña, sobradas, invasoras o de torrentera. Hay bibliotecas que son como el mapa de un tesoro, llenas de puertas invisibles, y las hay que son como un mapamundi, como un atlas. Hay bibliotecas en las que los libros están ordenados –y cada uno tiene su (des)orden propio y caprichoso: Ferrero ordena sus libros por culturas, pues ordenándolos alfabéticamente sin más, dice, se extravían— o las hay en las que los libros se dejan sueltos, para que encuentren, si lo consiguen, su propio asiento.


Hay bibliotecas en las que efectivamente los libros se pierden: a Zúñiga, uno de Longares y le asegura, al inspector de laberintos, que no ha salido de casa, el libro, de eso está convencido. Los libros dejan huellas que hay que saber hallar a poco que se husmee en las bibliotecas, huellas que el escritor, al abrir la puerta de su biblioteca a Marchamalo, señala y otras que, en cambio, permanecen ocultas, esperando mejor ocasión, si ésta se produce. Luis Alberto de Cuenca considera que los libros de uno, en general, te sobreviven, y por eso no hay que marcarlos –añado yo— como si fueran res de ganadería. Hay libros que te acompañan — les acompañan, a estos veinte—, toda la vida, que sobreviven a las mil mudanzas, sentimentales o no, de sus propietarios. Libros para recordar, para mostrar a la hora de evocar. Libros que son ya, en el recuerdo, hojas de antaño: ¿sabe Luis Mateo Díez que tiene en un estante tres títulos de la serie de Guillermo de Ed. Molino, bastante fatigados?


Cada inspección a la biblioteca  de los escritores escogidos está notariada por numerosas fotografías, fotografías que parecen todas iguales y ninguna lo es. No hay dos bibliotecas iguales, pues en cada una de ellas se ve –o se debe ver— la mano caprichosa o no de su autor. Hay bibliotecas que más parecen almacén de ropavejero, y más de uno confiesa tenerlos –aquellos que no saben qué hacer con ellos, con algunos— en cajas, en sacos, en altillos, en desvanes, en montones por los suelos. Landero ocasionalmente se desprende de algunos dejándolos como migas de pan para lectores desorientados en los bancos de la cercana a su casa Plaza de Olavide y remolonea a ver quién pica, qué se llevan o qué no. Vila—Matas se deja fotografiar como un soldado perplejo de la Gran Guerra asomado a riesgo de que le peguen un tiro entre ceja y ceja por encima de esa trinchera de papel, en esa o en otras anagramas enladrillados al buen tun—tun, según le llegaban (la foto acaso por la demasía de anagramas sea un poco antigua).


Sobre el desprendimiento de ciertos libros –dedicados por el autor— lean ustedes el brillantísimo artículo de Juan Bonilla el viernes 4 en elcultural.es. Contado, eso sí, en primera persona. Que cuenta Bonilla, con elegante gracia, cómo en el 93 le envió a Vila-Matas su primer libro, Veinticinco años de éxitos, que Bonilla publicó en Sevilla en una pequeña editorial, El libro, de tapas amarillas, era muy bonito. A mí también me lo mandó Bonilla dedicado –lo tengo, Bonilla, lo tengo—. Pues bien, husmeando catálogos de librerías de viejo se encontró Bonilla con su libro dedicado –era el anzuelo— a un “importante escritor catalán” y tasado en 120 euros (un precio sorprendente, pero qué sabe uno de los ojos comerciales de los ropavejeros de papel). Dice Bonilla, con fina gracia, que lo adquirió, primero, porque de esa edición (años después ampliaría aquel libro y se lo dio a Pre-Textos) apenas tenía un ejemplar y, segundo, porque, naturalmente, quería saber quién era ese “importante escritor catalán”. Vila-Matas.


El artículo de Bonilla no tiene –como se dice— desperdicio, y a él les remito por si es de su gusto; ya me contarán. Por cierto, Bonilla se sorprende –como yo— de que las primeras ediciones de las novelas en Anagrama de Bolaño estén ahora alcanzando precios de varios centenares de euros, cosa sorprendente pues cualquier lector un poco avezado tiene desde hace quince años todos o casi todos los Bolaño en Anagrama. Yo, incluso, casi todas las ediciones anteriores, meritorias (y feas) ediciones provinciales, ganadoras algunas en su momento de algún premio provincial, que me las envió Bolaño cuando les traté, según he contado ya hace bastantes lunas, en algunos de los primeros pizarrines. Entiendo que como curiosidad bibliográfica tengan, a posteriori, algún valor comercial estas ediciones, pero ¿la primera edición de 2666 en Anagrama? ¿O Los detectives salvajes, del propio Bolaño que Pérez—Reverte lo tiene, con otros, en su pudridero particular y legítimamente caprichoso: uno con su pudridero hace lo que le plazca, faltaría más?


Marchamalo –volvemos a su sugerente libro— describe el embarullamiento de muchas de ellas, los corredores de la muerte a donde van a parar libros que nunca van a provocar una emoción, libros que andan –ya lo decía antes—  en cajas, en bolsas, en altillos, en sótanos, desterrados, abandonados, pero a la hora de fotografiar esos rincones, esos estantes, las que aparecen en el libro, muy numerosas –es un libro el de Marchamalo  cuidadísimo, muy hermoso—, son en cambio aquellas fotografías  en las que sus propietarios se nos muestran precisamente con cara de serlo: propietarios.

Y si he disfrutado  con el texto, no menos bien lo he pasado con las fotografías que he escudriñado con una lupa –confieso que siempre lo hago cuando veo en una entrevista que un escritor se apoya indolentemente sobre sus estantes—, intentando ver cuánto de azar y cuando de elección hay en ese apoyarse en un estante y no en el otro. Hay escritores que no reparan en el horizonte de papel que hay a sus espalas y se apoyan de cualquier forma y sin importarles delante de qué o de quienes. Pérez—Reverte y Marías, esa nada extraña pareja, se dejan retratar delante de libros bien alineados y bien encuadernados, Reverte, además, junto a un botijo, que le da color local y racial a la cosa. Gamoneda, que fue bibliotecario allá en León, conserva algunas ejemplares con su tejuelo correspondiente pegado en los lomos, y así aparecen –por la tiranía alfabética, ésa que no le convence a FerreroMax Aub por un lado, sus campos y Francisco Ayala por el otro, sus recuerdos y olvidos, aplastando literalmente un librito de canciones o poemas, o son lo mismo, no lo sé, de Luis Eduardo Aute, Volver al agua (si puede entre tanto maxaub y tanto ayala). Marchamalo, que está muy encima todo el rato, nos aclara que lo de los tejuelos fue un intento fallido de ordenación imposible que llevó a cabo la mujer de Gamoneda.

También está atento Marchamalo a contarnos que durante un tiempo en la portada de un catálogo de una empresa de librerías salía la de Javier Marías, que éste encargó a medida y a su gusto, y quedó tan bien que la empresa le pidió permiso para promocionarse con la suya de una forma anónima. Y también, en la de Pérez—Reverte, revisa Marchamalo ese par de libros que se trajo de Sarajevo, libros quemados, chamuscados, pavesas de la barbarie –tan solo hace veinte años—, que sus maltratados habitantes llamaban, con esa capacidad poética que da la adversidad y el dolor, mariposas negras.


Y esas mariposas negras me han recordado, de pronto –me levanto y voy a buscarlos—, unos libritos de León Felipe, que publicó hace años en México su editor y albacea literario Alejandro Finisterre. Poseo dos o tres de estas –salvando las distancias que se quiera hacer: la intolerancia, la barbarie, como los militares, que tantas veces la cometen, no solo ellos, claro, tienen grados, los militares y la barbarie— mariposas negras de otro escrutinio al fuego. Pues hace unos cuantos años, a muy finales del tardofranquismo o muy primeros de la santificada Transición, ardieron, por capricho de grupos de extrema derecha o de Guerrilleros de Cristo Rey, que existieron, vaya que sí existieron, numerosos libros peligrosos en los locales de los Amigos de la Unesco, un nido de rojos, en la madrileña Plaza de Tirso de Molina, también llamada en cortos periodos de la triste historia de esta nación (Rajoy, el otro día en el debate), de este país (Rubalcaba, el otro día en el debate), Plaza del Progreso. Pues por el chisquero de uno de esos guerrilleros de Cristo Rey llamearon numerosos libros, y los que se salvaron, pavesas, mariposas negras, tiempo después –yo los adquirí en marzo de 1977— se pusieron a la venta, para ayudar a la reconstrucción del local, libritos de León Felipe, Ganarás la luz, se llama éste, y que se vendían por la voluntad con este sello en su interior grabado a fuego y con tinta roja: “El terrorismo fascista intenta destruir este libro. Coopera con los editores victimas del más cobarde y retrógrado de los terrorismos conservando este valiente y valioso testimonio en un lugar de honor”.


En mi caso –que sí ordeno— con los demás leónfelipes, ¿por cierto, cuánto tiempo hace que no te leemos, viejo caminante, payaso de las bofetadas, pescador de caña, español del éxodo y del llanto, publicano, sacamuelas, juglarón?, ¿cuánto?, ¡tanto¡ En fin, en mi caso –que sí ordeno— tengo estas pequeñas mariposas negras con los demás leónfelipes, en el amplio estante de literatura española del 98 al 39 y ese pedazo de estantería trasterrada que fue el exilio en América, en México, donde acaba de morir, derrotado por un cáncer, Tomás Segovia, ese caballero de la poesía, hijo de exiliado, de vida movida y galante, que regresó a España hace muchos años, porque en México no reconocía las estaciones –pasa, pasa, tengo entendido— y que en Madrid, en los últimos años, además de escribir sus poemas, sus diarios, de traducir –era un gran traductor— hacía a  mano libros por el encargo de la amistad. Tenía la oficina por las mañanas en el Café Comercial, en la Glorieta de Bilbao, y allí tenía que haber ido, aquella mañana cuando me llamó, tras haber pasado una tarde en su casa de Argüelles, una tarde de diciembre, que nos anocheció sin dar las luces –menos mal que yo grababa, no tomaba notas—. Me llamó para darme uno de sus libros artesanales, esos libros tan hermosos que él hacía a mano. No pude ir, y perdí la ocasión. Las bibliotecas de uno están llenas de libros que te hablan de quien fuiste, o de cómo te comportaste: ese libro sobre Max Aub, mi pasión juvenil que continúa, al que le descubriste, tantos años después,  un violento y doloroso desgarrón interior y a rotulador negro, con la tinta seca como algunas lágrimas, un contundente “te odio”. Y te recuerdan también los libros que no llegaste a tener, como éste de Tomas Segovia, que recuerdo esta mañana, cuando leo en el periódico que te has muerto, Tomás. Mariposas negras, mariposas en el estómago. Mariposas: a Nabokov  lo tengo ordenado en literatura norteamericana. Todo Nabokov, también el ruso (blanco).




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