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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

Güelcom a «la Montra» Indiana


De vez en cuando (bueno, reconozco que cada día más) me gusta sacar la cabeza de las cavernas literarias oficiales con el fin de airear el cerebro de sus mefíticos vapores y lanzarme, sin miedo y sin red (como un arriesgado funámbulo de la lectura) a otras literaturas que me hagan sentir, de nuevo, el placer de la primera vez. Obviamente, muchas veces, me estrello (metafóricamente hablando) contra el suelo; pero hay otras en las que me mantengo sobre el ligero, aunque  firme, cable del talento del autor y logro llegar al otro extremo excitado y triunfante.

Esa sensación es la que he sentido al terminar de leer Papi (Periférica), de la autora dominicana Rita Indiana (1977).

Apodada «la Montra» por su fanaticada (me apropio desde ya del vocablo dominicano), esta mujer fibrosa y visceral, artista transgresora, homosexual y atizadora de conciencias, es una mezcla explosiva donde conviven la cantante (tiene un grupo, Los Misterios, con los que actúa), compositora, modelo y, fundamentalmente, escritora. Ícono en su país de origen y entre los hispanos de USA, es autora de cuentos como Rumiantes (1998), Ciencia succión (2002) y La estrategia de Chochueca (2000). Papi, que ahora nos presenta Periférica (los extremeños siempre dispuestos a descubrir nuevas  y fértiles tierras para la Corona), data de 2005.

Papi es la historia de una niña, deslumbrada por el magnetismo y poder del padre, un mafioso narcotraficante dominicano, cuya llegada siempre espera en cualquier momento:”Papi es como Jason, el de Viernes 13. O como Freddy Krueger. Más como Jason que como Freddy Krueger. Cuando uno menos lo espera se aparece”, nos explica al comienzo de la novela. Esta niña, convertida en una especie de virgen prudente preadolescente, mantiene siempre atizada la lamparilla de la fascinación por ese hombre invisible que adora y teme, y que nunca llega.

Apoyándose en la cultura caribeña, en sus modos, sus usos y sus costumbres, Rita Indiana dibuja un mapa deformado y deformante  de estas sociedades hispanas  a ritmo de hip hop amerengado, en una parodia, casi musical por su cadencia, del poder del macho, de la familia, de los conflictos sociales; de la miseria o de la escandalosa riqueza de estos mafiosos globales. Un retrato al aguafuerte del sistema visto a través de los ojos febriles de la niña que nos cuenta la disparatada realidad que la rodea  en una especie de mantra repetitivo que, como todas las plegarias, parece no avanzar, pero que no se detiene nunca, como un carrusel anfetamínico siempre igual y siempre diferente. La verbalidad del texto es apabullante, y el uso de la lengua de la calle, dándole la espalda al diccionario y la sintaxis, completa el escenario de  ese universo infantil pleno de imaginación y desvarío.

Según avanza la historia, la figura del padre va creciendo más y más hasta alcanzar a sus ojos, y a los del lector, los poderes de  un súper héroe que la protege de los «montros» y peligros exteriores: los compañeros de colegio, las novias de Papi, los socios de Papi, la propia familia exceptuando a mami, figura central que siempre está ahí como personaje referencial que alivia el caos que reina a su alrededor. Papi tiene esto, tiene lo otro, tiene lo de más allá, siempre más, y todo ello recitado de una forma vertiginosa y a la manera hiperbólica de la infancia. Es el rey del mundo, es su Mago de Oz particular. El fragmento donde narra la vuelta de éste a la isla con toda la ciudad rendida a sus pies es un magnífico ejemplo de esta desmesura. Pero puesto a recordar, me quedaré siempre con  el de la fiesta de cumpleaños donde la niña se marca un playback de Raphael que emociona y hace reír a la vez descrito con ritmo de perico ripiao.

Para terminar, os recomiendo también una vuelta por YouTube para escuchar las canciones de la autora. Son el complemento perfecto a la lectura de la novela. ¿Me habrá fanaticado Rita Indiana?




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