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Sara Orúe

Vitalicios


Hace una semana que Iker y Raúl (si no sé el apellido del segundo, por cortesía  tampoco pondré el del primero, aunque ese sí lo sé) firmaron un acuerdo vitalicio con el Real Madrid. Lo hicieron el día de San Valentín, no sé si por casualidad o por cursilería, que de todo se puede esperar de estas grandes empresas dirigidas por hombrones deportistas.

—Qué romántico.
—Qué estúpido, diría yo.

Julieta es una sentimental incurable, claro que lo lleva en el nombre, no puede evitarlo. Yo no. Yo soy una mujer pragmática y muy de mi tiempo.

—Tú eres una desengañada que no ha tenido suerte en el amor. Eso eres tú.


Oye, oye, sin faltar. Primero que eso que dices  no es verdad. He tenido suerte con los hombres varias veces en mi vida.  Y segundo. Estamos hablando de trabajo, de tra-ba-jo, no de amor.

Yo trabajaba en una empresa en la que hubiera jurado sin dudar que me jubilaría. Pero me dejó por otra y, oiga, tan ricamente. Y no te digo yo que, al sitio en el que trabajo ahora, no le ponga los cuernos con un nuevo proyecto en breve. Así es la vida.

—La tuya, la de Iker y la de Raúl ya no será así. Ellos han dado el “Si quiero” a su club y piensan serles fiel en lo bueno y en lo malo, en las copas y en las lesiones, hasta que la muerte les separe.


Lo mejor de esta historia es que se dice que no son los últimos contratos de este tipo que el club firma. Parece que detrás va Guti (de este no me sé el nombre), el futbolista que más se parece a su propia mujer. ¿Ven? Con lo que Arancha se cuida y todo para terminar pareciendo un futbolista, ella, que ha sido varias veces portada del MAN. Mi no comprender…

A lo que iba, que me desvío. Que como el Real Madrid continúe firmando contratos de por vida, en unos años, se llena de carcamales achacosos contando sus batallitas, casi mejor sus golecitos, a las jóvenes promesas del momento. Jóvenes promesas que, todo hay que decirlo, le aguantaran el rollo a los abuelos por respeto al abuelo propio, que será de la quinta de Raúl, Iker y Guti, y les escuchará con la condescendencia con la que Raúl escuchaba el otro día a Di Stefano, ¿lo vieron? Daba una mezcla de penita y risa, Raúl sonriendo al SR. Di y cogiéndolo por los hombros con el mismo gesto que tienes cuando acompañas a tu abuela a misa. Estos chicos…


—¿Estás llamando carcamal a Don Alfredo?
—No exactamente a él, sólo a la gente de su edad, año arriba, año abajo.
—Qué poco respeto por las canas de un maestro.
Tío Ra, que yo a Doña Elvira, mi profesora de 4º de EGB le tengo un respeto grandísimo. Ya se lo tenía cuando era niña de hecho. A los futbolistas respeto respeto, les tengo más bien poco, envidia si acaso, por el dinero que ganan.

Y a eso iba. Al dinero. ¿Estos chicos no se han dado cuenta de que, con el dinero que ganan los años que juegan, pueden vivir el resto de su vida e, incluso, otra vida entera si la tuvieran? Por todos los dioses, si nosotros vivimos un año con menos de lo que ellos ganan un mes.

¿Y el club? ¿Tampoco se ha dado cuenta el club de que no hace falta que les hagan un contrato vitalicio? Estos cuando se jubilen tienen más dinero que el que yo sería capaz de contar. Qué digo contar, imaginar.

Y si no es por dinero, ¿por qué han firmado ese contrato que los ata para siempre jamás?

—Por amor.

Uf, Julieta, pues si tienes razón que se vayan preparando para el batacazo. Porque, ¿sabes?, casarse por amor, es el primer motivo de divorcio.




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