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La ilusión imperfecta

Daniel Tubau

Medios calientes en la aldea global

danieltubau@gmail.com


En Las formas narrativas no narrativas hablé de maneras de contar las cosas diferentes a la más común, las llamadas formas no narrativas: retórica, abstracta, categorial y asociativa. Sin embargo, es evidente que la manera preferida por la mayoría de los seres humanos es la llamada “narrativa”. Aunque cada año se escriben posiblemente más ensayos que novelas o cuentos, las ventas son mucho mayores en el género narrativo. De los diez libros más vendidos del año 2009, sólo uno era de no ficción, El secreto, de Rhonda Byrne, que, además, es un libro de esos que “se lee como una novela”, el típico libro de autoayuda que hace creer a sus lectores que también son capaces de enfrentarse a un ensayo y reflexionar. Lo cierto es que por regla general no queremos leer, si leer tiene algo que ver (y se supone que puede tenerlo) con la inteligencia y la reflexión, sino recibir un masaje, y por eso leemos novelas y vamos al cine a sentarnos en una sala oscura y contemplar hipnotizados una pantalla luminosa.


Por eso McLuhan definió el cine como un medio caliente y la televisión como un medio frío, lo que significa justo lo contrario de lo que parece a primera vista, y también lo contrario del tópico tantas veces repetido acerca de la televisión como caja tonta. El cine nos sobresatura de información, nos hace arder sensorialmente con su alta definición y nos masajea sentidos como la vista y el oído, con lo que no favorece la participación, sino, como ya he dicho, el trance: el medio, o ciertos medios, como también dijo McLuhan, es el masaje. Por el contrario, la televisión es, o al menos lo era en tiempos de McLuhan, un medio frío y de baja definición, no sólo por la pésima calidad de su imagen comparada con la del cine, sino porque no requiere de una sala oscura y tampoco exige al televidente sumergirse en un estado de trance. La televisión no hipnotiza, sino que más bien crea debate: todo el mundo habla cuando ve la tele, no presta verdadera atención excepto de tanto en tanto, cambia de canal, se va y vuelve, comenta las noticias. Es, en consecuencia, uno de los medios más participativos que existen.


La novela, y en general cualquier libro impreso, también exige bastante atención por parte del degustador o lector. Tiene que seguir las líneas de texto de un extremo al otro, una a una, página tras página, como si su cabeza y sus ojos estuvieran encadenados de alguna manera invisible a esas manchas de tinta sobre el papel. Es cierto que, como no está en una sala oscura sino que precisa de luz para poder leer, no suele caer en un trance hipnótico, excepto en contadas ocasiones, en general si el ambiente silencioso de la noche o de una biblioteca le ayuda a cercenar las impresiones recibidas por sus otros sentidos. Pero, como ya he dicho, si a la letra impresa le añadimos que se muestre en forma de narración, de novela, de cuento, de narración con un planteamiento, un desarrollo y un desenlace claros, con metas y objetivos, obstáculos y soluciones, protagonistas y antagonistas, entonces el encantamiento sobre el lector resulta más poderoso.


McLuhan, claro

Lo anterior nos lleva a preguntarnos si estamos especialmente predispuestos por alguna razón  a percibir, experimentar o trasmitir las cosas de manera narrativa. Si la respuesta es afirmativa, también podemos preguntarnos por qué sucede así. En definitiva por qué presentar la información en forma de relato parece ofrecer ciertas ventajas cognoscitivas y, sobre todo, nos resulta infinitamente más entretenido. En Las formas narrativas no narrativas di alguna razón de por qué el hecho de ser capaces de percibir la forma narrativa podía representar una ventaja evolutiva. En próximas semanas propondré otras respuestas que espero interesen al lector de esta ilusión imperfecta.

Visita la página web del autor:
www.danieltubau.com




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