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El pizarrín

Javier Goñi

La primera nevada del otoño


Déjenme que les diga que el martes 30 de octubre cayó en Madrid la primera nevada del otoño de hace 55 años; aquel martes murió Pío Baroja. Madrid, 1956. Hacía unos días que le habían concedido el Premio Nobel de Literatura a Juan Ramón Jiménez. En Hungría había comenzado el movimiento antisoviético, que acabaría en un baño de sangre. Inglaterra y Francia, por su cuenta, habían declarado la guerra a Egipto, en defensa de sus intereses en el canal de Suez. El ministro de Información y Turismo, Gabriel AriasSalgado, supuestamente un meapilas, supuestamente un obseso del tamaño del rabo de Lucifer, inauguraba en un chalet del madrileño Paseo de La Habana Televisión Española. Creo que el menú degustación fue la Santa Misa y un surtido de Coros y Danzas de las Españas Una, Grande y Libre. Acaso del menú se hable más abajo, o no: se verá. La hoja de reclamaciones, al final de este cable.

De ninguna de estas cosas podía enterarse ya Pío Baroja. Desde hacía varios meses estaba en cama, semiinconsciente la mayoría de las veces. Hasta su enfermedad, una arteriosclerosis que le afectó al cerebro, agravada por una caída que le produjo la ruptura del fémur, por el número 12 de la calle Ruiz de Alarcón, en Madrid, cerca de la Real Academia Española, pasaban continuamente escritores, artistas, admiradores, curiosos, pelmas, ociosos. Todo el mundo quería conocer a Baroja, que le escribiera un prólogo –creo que a Delibes se lo negó, pero no por desdén sino por no considerarse capaz; charlaron, eso sí, de lectores, tiradas y adelantos: lo que según Delibes les estaban pagando a ellos, a la nueva hornada, le pareció al viejo descreído una barbaridad, y se rascaba el cogote, escéptico, sin mover la boina calada de su sitio; es que las mujeres leen, argumentaba el joven Delibes, acabáramos, se rendía el viejo Baroja, si las mujeres leen, todo se entiende y se explica, y encendía un cigarrillo, acabáramos–, o recibir unas palabras de aliento, o hacer de silente estatua, joven provinciano con sueños de famas y reconocimiento en la Villa y Corte, en las tertulias que se organizaban por las tardes en la casa barojiana. Aquel espléndido testimonio, Barojiana, de Juan Benet, que da título a un libro colectivo, un puñado de fervores y reconocimientos, además de los de Benet, los de de Carlos Castilla del Pino, Salvador Clotas, Manuel Vázquez Montalbán, y otros. El libro, Barojiana, lo editó Taurus el año 1972, el Año del Centenario, y se ve que uno, estudiante, ese año tenía los duros justos, pues adquirí, sí, Los Baroja, de don Julio Caro Baroja, El Sobrino, y algún otro (está contado en algún pizarrín de antes del verano), pero no éste, y bien que lo lamenté, aunque cobré la pieza –uno apenas tiene excesivos desvaríos bibliográficos más allá que algunos, muchos, barojas o barojiadas– en el verano de 2000, con algún gasto de más de pólvora en librería de lance; pero aquí está conmigo. Aquí.


Admiradores, curiosos, ociosos, pelmas. Y el viejo escritor vasco recibía –zapatillas de orillo, abrigo: legendarios fríos los de posguerra, boina, bufanda, una manta ocultándole las piernas–, con todos charlaba, les dejaba escuchar, les decía algo o no, los ignoraba. El entrañable solterón –esa injusta fama de misógino– gustaba sobre todo, en el final de su vida, de charlar con las mujeres jóvenes, cuando, se lamentaba jovial, acaso coqueto –todo a su modo, y manera–, se le había pasado ya la hora.

Baroja despertaba admiración dentro y fuera de España. Uno de sus admiradores extranjeros fue –claro está– Ernest Hemingway, el vitalista escritor norteamericano. A principios de octubre de 1956, Hemingway estaba en España. Se alojaba en El Escorial. A través de su amigo José Luis Castillo-Puche, logró un día, el 8 de octubre, visitar al viejo maestro, que estaba ya en cama desde hace tiempo. Al sobrino Julio Caro, la visita (Castillo-Puche, Hemingway y un fotógrafo: la foto del americano al borde de la cama del viejo don Pío se ha reproducido tantas veces, que una más no importa) no le hizo mucha gracia, pero la permitió. Hemingway, cerca de la cabecera, reclinado para oír –que no entender, pues fueron ininteligibles las palabras que pronunciara Baroja, a ratos consciente, a ratos no–, junto a un demacrado don Pío con un gorro blanco y esas barbas desastradas, es posiblemente uno de los últimos documentos gráficos de Baroja vivo, más o menos vivo.


Hemingway le llevó de regalo al escritor una botella de whisky, un jersey y unos calcetines de lana, dedicándole, además, un ejemplar de su novela Adiós a las armas. La dedicatoria decía así: “A usted, don Pío, que tanto nos enseñó a los que, siendo jóvenes, queríamos ser escritores”. (Muchos años después entrevisté en Madrid al escritor neoyorkino William Kennedy y todo su empeño era saber más cosas de Baroja, a quien había conocido de oídas a través de Hemingway.)

El diario falangista Arriba, el diario que, entonces, más extensamente y con más generosidad trató la muerte de Baroja, ahora hace 55 años, contó que cuando Julio Caro le manifestó a su tío que el novelista norteamericano quería verle, Baroja tan solo exclamó: “!Caramba!”. Al parecer, Hemingway, al hacerle entrega de los curiosos regalos –a Baroja no sé si le gustaba el whisky, pero sí le gustaba mucho que le regalaran bandejas de pasteles, que solía meterlas, apenas musitadas unas palabras de cortés agradecimiento, de haberlas, en su dormitorio, donde solía dar buena cuenta del dulce obsequio en total soledad, si era posible–, hincó las rodillas en tierra, el americano, y le dijo: “Yo lamento que no le hayan dado aún el premio Nobel, cuando se lo han dado a tanta gente que lo merecemos menos, como a mí, que no soy más que un aventurero. Claro que ellos tampoco se lo han dado a otros nombres, que lo merecían tanto como usted, como es el caso de don Miguel de Unamuno, don Ramón del Valle–Inclán o Paul Valéry”.


La verdad es que en los años anteriores se esperaba que la Academia Sueca se lo diera a Baroja. Incluso ese mismo año 1956 –acabaría obteniéndolo Juan Ramón Jiménez, que se lo merecía sin duda alguna, pero no deja de ser gracioso que ese año de no concedérselo a Baroja se lo llevara otro español– amigos suyos recogieron, en una edición fea, pero curiosa, un puñado de textos barojianos, La decadencia de la cortesía y otros ensayos (Ed. Raíd, de Barcelona), con prólogo de su viejo amigo Miguel Pérez Ferrero, uno de sus primeros biógrafos, y un epílogo de J. Raimundo Bartrés, uno de esos amigos que le surgieron ya en el ocaso, un libro, en fin, feo, ya digo, pero bien curioso, que llevaba en portada la siguiente leyenda, junto al nombre del escritor vasco: Edición Pro=Premio Nobel y un colofón que acaba con estas palabras, que se imprimía el libro “a mediados del verano de 1956 y mientras el Maestro se halla sumido en gravísima enfermedad…”

Baroja, hombre mirado con las pesetas –Julio Caro creo que en alguna de sus evocaciones y semblanzas del final de su tío ha recordado cómo se encontró a su muerte en un cajón muchísimo dinero, miles de pesetas, se ve que don Pío, escéptico y coherente, confiaba lo justo en los establecimientos bancarios–, le había dicho no hacía mucho a Julio Trenas, uno de los muchos periodistas de la época que libreta en mano se acercaban periódicamente por su casa, a por unas pocas palabras suyas, que siempre acaban siendo un suelto para un periódico de la tarde; le había dicho, en fin, a Trenas respecto a la posibilidad de que le dieran el Nobel: “Ya, ¿para qué? De interesarme, sí, sería por el dinero, porque es una buena cantidad, y uno siempre ha vivido con demasiado poco”.

Hombre mirado con las pesetas, que sabía lo que costaba ganarlas, también en otra ocasión, creo haber leído por aquí, por allá, mostró cierta preocupación porque fueron a hacerle una entrevista radiofónica a su casa y al ver que enchufaban el inmenso magnetófono, grande como un destructor, preguntó con cierta alarma que aquel aparato tenía que gastar mucha luz, “¿verdad?”.

Don Pío no iba a poder cumplir, el día de los Santos Inocentes, en diciembre de ese año de 1956 los 84 años. Desde principios del mes de octubre, el fin parecía inminente. A su cabecera, infatigable, amorosamente, su sobrino Julio Caro, el tío y el sobrino no es que fuesen solteros, que lo eran, lo que en realidad eran huérfanos desasistidos. El otro sobrino, Pío Caro, estaba en México, a donde se había ido unos pocos años antes a buscarse fortuna, a estudiar cine; cuando murió el tío, Julio Caro le envió un telegrama a su hermano Pío dándole cuenta del triste hecho recurriendo a la lengua materna: “Gaur il da”.


Pero en los últimos días, junto a Julio Caro, en la cabecera del moribundo también estaban los amigos médicos, amigos de tertulia, de charlas, el doctor Val y Vera, su fiel médico de cabecera –cabecera, cabecera: está justificada la repetición de la palabra en estas pocas líneas, cabecera de la cama, médico de cabecera– y el doctor Arteta, y la solícita sirvienta Clementina Téllez.

El martes 30 de octubre de 1956 cayó en Madrid la primera nevada del otoño. Ese día frío, Pío Baroja, tras pasar una noche muy mala, entró en coma a las tres de la tarde. Entre las cuatro y las cuatro y media, Pío Baroja falleció. La noticia, pronto, se voceó por todas las esquinas de Madrid. Julio Caro Baroja, momentos antes de producirse el desenlace, cansado de luchar contra lo irremediable, se había retirado a su habitación. Allí le encontró el doctor Arteta. Se miraron los dos y el médico dijo únicamente: “Ya”.

El diario Pueblo, vespertino –vespertino es que salía por las tardes, los hubo, diarios de tarde– de los Sindicatos Verticales –del Movimiento al Cielo– tuvo tiempo de dar la noticia en primera página, en un suelto de ultimísimo hora, aquella misma tarde, cuando ya el diario entraba en máquinas. Azorín, el único superviviente que le quedaba a la Generación del 98, tras a trasmano ya puesto que estaba ya en los libros de texto del bachillerato de entonces, se enteró por su esposa, a la que le habían llamado de casa de Baroja. Profundamente emocionado, se retiró a su gabinete y escribió un artículo, con pluma azoriniana, frase breve, sin excesos, sobre el amigo muerto. Bordando adjetivos.


De tanto vocearse por las esquinas la luctuosa noticia, pronto, por la casa de Ruiz de Alarcón pasaron a testimoniar su pesar muchas personas, amigas, admiradoras, ociosas, pelmas. El Ateneo, como muestra de dolor, mandó entornar la puerta hasta que fuese enterrado don Pío. A Hemingway le comunicó el hecho el propio Castillo-Puche. El viejo cazador, boxeador, aventurero y contumaz santo bebedor no pudo contener las lágrimas; mandó un telegrama de pésame y prometió acudir al entierro.

Al otro día, 31 de octubre, toda la prensa recogía la triste noticia. El más cálido adiós y la información más completa salieron de las páginas del falangista Arriba. Prácticamente los elogios y el pesar fueron unánimes. Solamente Informaciones, otro vespertino, periódico tan germanófilo –como don Pío había sido aliadófilo– una década antes que posiblemente sea el único periódico mundial que nunca dio el final de la II Guerra Mundial, tan germanófilo era que cuando en los muy primeros años cuarenta las cosas nazis iban viento en popa el Herr embajador alemán en Madrid tenía que advertir, cada dos por tres, que los avances y éxitos nazis no eran tan–tan descomunales como decían las primeras páginas de Informaciones, aquel periódico de la calle de San Roque y de la calle Madera, por las dos calles tenía entrada o salida, detrás de Callao. Solamente Informaciones se creyó obligado a matizar la personalidad de Baroja: sin negarle sus valores literarios, “se le ha juzgado, justificadamente, como escritor tendencioso y sectario. (…) Por sus ataques a la Iglesia católica, por sus juicios arbitrarios, por su desdén por valores espirituales y por hechos y figuras de la historia y de la tradición españolas, su lectura solo debe ser recomendada a personas con criterios muy bien formados”. Curiosamente, pues, la prensa oficial –Arriba, Pueblo, El Alcázar– no escatimaron elogios, la prensa privada, matizó, puntualizó, se vio obligada a aguar fervores.

Aunque el día anterior había nevado, aquel 31 de octubre de hace 55 años, aun con ser un día frío, no lo fue en exceso. A las diez de la mañana, un modesto féretro salía de la última morada terrena de don Pío. El coche mortuorio, M–32059, llevaba cinco coronas de flores, una de ellas enviada por su editor, el de Biblioteca Nueva, Ruiz-Castillo, aquel que tantos años antes le había puesto título, al parecer (con Baroja muchas cosas son “al parecer”), a ese libro polémico: Comunistas, judíos y demás ralea, que apareció en la Valladolid del Caudillo en 1938, un puñado de recortes, cogidos de aquí y de allá, que iban con un prólogo de aquel vanguardista de pro Ernesto Giménez Caballero, que en cierta ocasión le llevó a Vera a unos jóvenes falangistas, que le admiraban: para GC Baroja era un falangista avant la lettre y los requetés, en el 36, cerca de Vera le quisieron dar morcilla de las que entonces se estilaban: en fin, barojiadas.


El ataúd era de pino, sencillo, y fue sacado a hombros por los doctores amigos, por su sobrino Julio, por los escritores Camilo José Cela, un Cela barbudo llegado precipitadamente de Mallorca, y Miguel Pérez Ferrero, el biógrafo al que ya he citado por ahí arriba. Se le ofreció a Hemingway portar también el ataúd –la verdad es que (re)cuento y me salen impar los hombros–, pero muy impresionado declinó lo que consideraba un honor.

Julio Caro Baroja presidía la representación familiar e íntima. El ministro de Educación, Jesús Rubio, y varios académicos, la representación oficial. Tras una y otra, numerosos amigos, admiradores, escritores, artistas, ociosos y pelmas. En la portada de Arriba, la reproducción del célebre busto de Daniel Vázquez Díaz, y una frase de titular, a cuerpo considerable: “Los españoles perdemos con él a nuestro más grande novelista del siglo XX”.

El cortejo oficial se despidió en la calle Méndez Núñez, frente al Museo del Ejército. Los más íntimos acompañaron al escritor a su último viaje al cementerio civil (España es un país que tiene medio Panteón de Hombres Ilustres, de Españoles Eminentes, en el cementerio civil o en las cunetas; particularidad local). Con el viaje al cementerio civil su sobrino Julio respetó los deseos del gran escritor vasco (este hecho, por cierto, lo silenció la prensa de entonces). Enterrado Baroja, la vida seguía: Juan Ramón Jiménez no se reponía, allá en San Juan de Puerto Rico, de la desaparición un día antes que don Pío de Zenobia, su mujer: murió ella, abnegada Zenobia, sabiendo que al Poeta le habían dado el Nobel. Inglaterra y Francia bombardeaban El Cairo, Suez y otras ciudades egipcias. Los tanques rusos entraban a sangre y fuego en Budapest. El ministro Gabriel Arias–Salgado no sabía que acababa de abrir, en el chalet del Paseo de La Habana, la caja de Pandora: ese día de menú económico del día, día todavía del plato único: santa Misa y surtido de bailes regionales. TVE.


(Hace 30 años, cuando lo de Baroja hizo 25 años, uno, ocioso como andaba, se pasó un par de días por la Hemeroteca Municipal. Lo anterior han sido anotaciones en papel amarillento, fatigado por el óxido del tiempo, pero mi devoción por don Pío Baroja sigue como cuando tenía veinte años, o así.)




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