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El mirón impaciente

Eduardo Nabal

ZZZzzz... ¡uy!


Mientras duermes demuestra que Jaume Balagueró, tras la  truculenta saga Rec, sigue en buena forma narrativa, pero decepciona a sus seguidores al ponerse al servicio de una historia banal y poco creíble acerca de César, un neurótico e imposible portero (una esforzada y resultona interpretación de Luis Tosar) que se dedica a hacer la vida imposible a los, por otro lado nada atractivos, vecinos de un elegante inmueble  y, en particular, a Clara (Marta Etura, nada destacable en el papel de joven tontuela ), su amor platónico y nocturno  convertido progresivamente  en su víctima favorita.

La reflexión sobre la soledad, las apariencias y la misantropía se entierran en un guión poco interesante con personajes esquemáticos encubierto eso si, por una fotografía notable, y esos movimientos de cámara precisos aunque algo altisonantes,  algo a los que nos tiene acostumbrados el director de Frágiles, que nunca acaba su discurso intelectual (si es que existe) y siempre se decanta por el cine de espectáculo disfrazándolo de un argumento complejo que se derrumba ante nuestros ojos, como la existencia de este portero harto de sus congéneres a quien el público puede apreciar, detestar o temer a partes iguales, gracias a la fuerza que desprende Tosar más que a un transcurso del relato plagado de tópicos, bastante previsible y donde la aparición de la violencia y el paroxismo no hacen sino empeorar las cosas, añadiendo secundarios sin interés a una historia ya bastante forzada de por sí. La atmosfera turbia y las relaciones malsanas entre los protagonistas lejos de ocultar ponen en evidencia la pereza intelectual del director y su guionista.

Mientras duermes no es un  mal filme, debido al demostrado oficio de su director y su protagonista, a su impecable acabado técnico, su escenografía y a algunas ideas argumentales ingeniosas –mezclando la ironía y el humor grueso—, pero el resultado no es el miedo, la inquietud  ni la desazón filosófica sino simplemente el desconcierto ante la gratuidad del oscuro relato y sus no menos apagados vericuetos finales.




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