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La ilusión imperfecta

Daniel Tubau

El multiforme Ulises

danieltubau@gmail.com

En varios artículos de la Biblioteca ideal, la sección que escribí en Divertinajes antes de esta Ilusión imperfecta, me referí a las múltiples lecturas que puede tener un libro. Es un asunto bastante obvio, en el que no sería necesario insistir si no fuera porque lo olvidan casi siempre quienes se dedican a descifrar los libros, las películas y cualquier manifestación artística y aseguran, satisfechos, que han encontrado y revelado “su significado”. Frente a la obsesión por el significado, que tiñe, o mejor habría que decir que contamina casi toda la crítica moderna, quise en aquellos artículos llamar la atención no hacia el significado, sino los significados, los múltiples significados que pueden encontrarse en cualquier obra.


Macpherson, por G. Romney

En Los libros que leen los lectores me detuve en la constatación más o menos trivial de que un mismo libro es diferente en cada ocasión en que lo leemos, no porque el libro cambie, sino porque cambiamos nosotros. En Instantes de Jorge Luis Borges y Ossian de James MacPherson hablé de cómo nuestra opinión acerca de un libro cambia si creemos que lo ha escrito o no un autor determinado. El poema Instantes, atribuido a Borges pierde todo su valor cuando ya no se considera que Borges sea su autor. Lo que antes alguien interpretó como sutileza escondida en frases aparentemente sencillas se convierte ahora en ejemplos de simplismo poético. En cuanto a los poemas de Ossian, si se cree que los escribió un bardo escoces de la época medieval resultan comparables o superiores a Homero, como llegó afirmar el propio Goethe, pero si se descubre que esos versos fueron escritos por James McPherson, erudito del siglo XVIII, pasan a ser considerados como la obra prescindible de un imitador.


En otro artículo, El Mahabharata y otras obras del tiempo, dije que las maneras de leer, entender y disfrutar de un libro son completamente diferentes según la fecha en que fue escrito. No encontramos tan interesante el larguísimo Mahabharata si creemos que fue escrito en el año -280 en vez de en el -1400. La diferencia es que en un caso es un precursor de la Ilíada, mientras que en el otro es una copia. En un caso lo ha inventado todo, en el otro casi nada.


Borges

Volví a tratar el tema de los cambios en la percepción de un libro, que suelen estar muy ligados no sólo a la reinterpretación sino también a los prejuicios, en otros artículos, como Los libros que queremos leer y el Cardenio de Shakespeare y El Shakespeare cervantino, donde lo que está en juego es la atribución de un libro a Shakespeare y el efecto transformador que ello tiene en la lectura del Cardenio, esa obra de teatro que protagoniza un personaje secundario del Quijote. Como puede constatarse por la anterior enumeración, me interesa mucho el tema de cómo una misma cosa, un mismo libro, puede ser al mismo tiempo muchos libros. El ejemplo máximo nos lo dio probablemente Borges en Pierre Menard, autor del Quijote, donde nos muestra cómo un mismo párrafo cambia completamente de sentido si lo ha escrito Cervantes en el siglo XVI o Pierre Menard en el XIX. También dediqué un artículo a las estimulantes ocurrencias de Borges: Pierre Menard, autor de Ficciones.

Ahora quiero reincidir en este asunto, tras leer el delicioso ensayo El tema de Ulises, que publicó W.B. Stanford en 1954.

Ulises es probablemente el personaje más interesante y complejo de la mitología y la literatura griegas y tal vez de la universal:

De los héroes homéricos, y, de hecho, de todos los héroes de la mitología griega y romana, Ulises fue de lejos el más complejo tanto por el carácter como por las hazañas... Su carácter era más variado y más ambiguo que el carácter de cualquier figura de la mitología griega o de la historia, al menos hasta Arquíloco.


Ulises

Ulises, en efecto, no es un héroe al que se pueda entender tan fácilmente como al iracundo y caprichoso Aquiles, el soberbio y maleducado Agamenón, el depresivo y fatuo Áyax, el vano y simplón Menelao o el valiente Diomedes. Aunque esos personajes no se pueden reducir a los epítetos que yo les he regalado de manera apresurada, no pueden tampoco compararse con la riqueza de matices que ofrece Odiseo, al que nos hemos acostumbrado a llamar Ulises, lo que es una muestra de su ya temprana universalidad, puesto que Ulises, en la mitología grecorromana no juega casi ningún papel, excepto cuando es mencionado en algunos episodios de la Eneída de Virgilio. Precisamente esas menciones son las responsables de la mala fama de Odiseo en la posteridad, algo que Stanford analiza con verdadera precisión de cirujano en uno de los capítulos de su libro.

Ulises, desde su aparición en la Ilíada y la Odisea hasta su actualización en el Ulises de Joyce y en Odisea de Kazantzakis ha hecho honor al homérico calificativo de varón de multiforme ingenio, polytropos, y ha sido considerado:

Un oportunista en el siglo –VI, un sofista o demagogo en el –V, un estoico en el siglo –IV; en la Edad Media se convertirá en un audaz barón, un empleado sagaz o un explorador precolombino, en el siglo XVI será un modelo para los ingleses protestantes, en los inicios del XVII un ejemplo de mala fe calvinista y luego un modelo para la Contrarreforma española; también en el siglo XVII como un príncipe o un político, en el siglo XVIII un filósofo o un Primer Hombre, en el siglo XIX un viajero byroniano o un esteta desilusionado, en el siglo XX un protofascista o un ciudadano humilde de una megalópolis moderna.


Todos esos personajes, todos esos Ulises tan diversos han convivido a través de los siglos en los versos de las dos obras homéricas, lo que no resulta extraño, pues el propio Homero parece dudar o no conocer del todo el verdadero carácter de su héroe, no sólo porque nos ofrece un retrato no del todo coincidente en la Ilíada y la Odisea, sino porque nos reserva también sorpresas inesperadas, como la matanza final de la Odisea o el momento en el que descubrimos, poco antes de aquella escena brutal, cuando su criada Euriclea le lava los pies y reconoce la cicatriz de su muslo, que el gran héroe es nieto de Autólicos. Ese dato, quizá clave para comprender la verdadera naturaleza de Ulises, lo esconde cuidadosamente Homero verso tras verso e incluso en la Ilíada menciona a Autólicos en una escena protagonizada por Ulises pero, de manera bastante inexplicable, no dice que ambos sean parientes. Es de suponer que a los primeros oyentes o lectores de la Odisea debía producirles un curioso efecto enterarse de repente de que Ulises era nieto de Autólicos. El lector se preguntará por qué es tan importante ese dato que Homero nos hurta hasta llegar al desenlace, pero esa es otra historia que quizá haya ocasión de contar en una futura ilusión imperfecta.

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