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El pizarrín

Javier Goñi

Lo que el viento se llevó


Déjenme que les diga que en su Salamanca natal, de niña, por menuda la llamaban lo que el viento se llevó, porque más de una vez, por cerca del Palacio del Obispo, el céfiro charro la tumbó, aunque siempre aprendió, de niña, de mayor, a levantarse, a sacudir el polvo del camino. Fue Carmen Martín Gaite, Carmiña, Calila, mi vecina: vivo unos portales más acá en la misma calle madrileña de Doctor Esquerdo, aunque ella enfrente del final de Goya, junto a la frutería, que ya ha cambiado de manos, y el bar—cafetería Perú, desde cuyo televisor asistió al bulla—bulla del Palacio de Oriente, con el Caudillo de cuerpo presente, aquellos días de noviembre; ella tiene placa en el portal que le recuerda, y en el mío, en cambio, un cartel me anuncia que voy a estar sin ascensor unos días por reforma. Ella vivía en un último piso con terraza, yo en un último piso con balcones.

Si fuera posible, me atrincheraría unos días, a la espera de que el ascensor con su derrama posterior consiguiente volviera a echar a andar de nuevo, pues material no me falta, que se me han amontonado varias cosas de la Gaite. En la calle Hermosilla, aquí al lado, hace años, no muchos, algunos, había una tienda de ultramarinos familiar: un hombre afable y atento, que cortaba el jamón en lonchas finas y con vocación, su mujer sonriente, gruesa, con esa simpatía que a veces exuda el sobrepeso, y la hija, una adolescente –entonces— muy guapa. Cerró el ultramarinos, ahora es un chino. La última vez que me la encontré en el barrio fue en este pequeño supermercado. Ella entró como un bólido emboinado, con prisas, venía a por no sé qué, saludó a todo el mundo, a mí, casualmente, involuntariamente emboscado tras una columna, no me vio. Cogió lo que le apremiaba, pagó –la hermosa adolescente estaba a cargo de los dineros—, se despidió y fuese. El dueño mientras me acercaba sin un gesto ambiguo ni amenazador el cuchillo jamonero con un poco de fiambre recién cortado para ver cómo estaba el punto de la sal, tuvo a bien informarme. Es una escritora, dijo. Carmen Martín Gaite, dijo. Ya, asentí, y sí, el jamón estaba en su punto, nada salado, pero sabroso, no soso. Ya, confirmé, sí, Carmen Martín Gaite, la conozco.


Sí, Carmen Martín Gaite, una mujer a la que yo consideraba, en mi adolescencia vallisoletana, fea porque así me lo decía un amigo íntimo de los de entonces, Vicente Guilarte, pues ella era amiga de su familia. Hay, sí, una referencia a los Guilarte en el libro de Raúl Cremades, La dama de los cuadernos (Ed. Paréntesis), una biografía novelada de la Gaite, que ha ido desenrollando este pizarrín dedicado a mi vecina, a cuya capilla ardiente –por qué se llaman capillas ardientes, alguna razón habrá, supongo— asistí, el verano del 2000, en el ayuntamiento de El Boalo, en la Sierra madrileña, donde tenía una casa. Hasta allí se acercaron Jorge y Lali Herralde, sus editores de los últimos años, los de la fama. Mi amigo de adolescencia, sí, me dijo que la había visto alguna vez en su casa, con sus padres, y que era una mujer muy fea.  Paso deprisa, como en esos antiguos tacos de viñetas de dibujos que parecían, movidos rápidamente con los dedos, cobrar vida, semejar una peliculita de dibujos animados. Paso deprisa, esta tarde de domingo, un libro que recoge sus poemas, en una cuidada edición, con un CD producido por Alberto Pérez, su gran amigo, y cantante melifluo de boleros, que salía, a veces, en TVE. ¿en un programa de Fernando García Tola, podía ser?, ¿era este el Alberto Pérez que empezó, años mil, en un tugurio madrileño junto a Javier Krahe y Joaquín Sabina, entonces, años mil?: reflexiono en voz alta, por ver si hay alguien, al otro lado, por si alguien me escucha. Paso deprisa las hojas impares de esta cuidada edición de sus Poemas (Plaza Janés, 2001) y no me parece fea, no, o no especialmente fea, o no evidentemente fea, y veo pasar, sí, foto a foto –algunas por aquí aparecerán, es de esperar—, su vida, que no debió ser fácil, o sí, según, como lo son las vidas de los demás. Y me pongo a leer, mientras se va animando, foto a foto, pelo oscuro, pelo canoso, enboinada, sin emboinar, seria, sonriente, fumando, sin fumar, con una copa, sin ella, con la mano sujetándose la barbilla, o no, con ese aire, de joven, al principio, de joven actriz, que esa –serlo, haberlo podido ser— fue una de sus vocaciones frustradas; con ese aire, de joven, al principio, que tanto me recuerda –por ejemplo, ya sabrán perdonar este exceso de falta de intimidad, si es que hay alguien ahí fuera, ya disculparán— a mi madre, que es de la misma edad: en la posguerra española todas las mujeres jóvenes, casadas o por casar, se parecen mucho. Hagan la prueba.

Al animar yo, moviendo las páginas, las fotos del libro de Poemas de Plaza Janés la Gaite se ha puesto a hablar. Creo oírla, aunque enseguida comprobaré que –a mi modo de ver, de oír, de considerar— no es esa totalmente su voz. Y es que Raúl Cremades, profesor de literatura, hombre bienintencionado no lo dudo, ha querido hacer, desde el afecto, desde el trabajo, en La dama de los cuadernos –todo lo escribía en los cuadernos, todo lo anotaba, todo lo dibujaba, alegrías, frustraciones, e incluso sus collages, a los que tan aficionada era, eran, sí, aquellos, sus cuadernos de todo—, ha querido hacer, digo, Cremades una biografía novelada, recorrer a uña de caballo su vida personal y literaria y poniéndole voz, que fuese ella la que lo contase. Ay, ese monólogo, esa primera persona, esa cierta ñoñería con la que parece –si leemos el libro de Cremades, y yo lo hecho— que nos habla. A nosotros, sus lectores, los de Carmiña, pero también los de Cremades, aunque ella le habla a su hija Marta, la Torci, a la que le cuenta, en esta arriesgada ficción, su vida pasada, que la hija debería conocer de mejor fuente, y la por venir, hasta que a la Gaite la internan en una clínica al comienzo del verano del 2000, donde fallecería. Quince años que en la ficción de la biografía novelada se ve forzada ella a contárselos a su hija, pues cualquier lector de la Gaite sabe bien que Marta murió en la primavera de 1985 sin haber cumplido los treinta años, en una de esas complicaciones de la época.


Arranco los abundantes post-it´s amarillos con los que he ido asaeteando la lectura del libro de Cremades, bienintencionado, sí, pero fallido también: ¿importa que en un momento determinado ella le diga a su hija que un día decidió no ir ya más a la peluquería? ¿O que le explique con ese irritante coloquialismo cómo fue la guerra civil en Salamanca si razonando se parece ella, Carmen, la hija del notario, a la otra Carmen, a la del Caudillo, a la que vio un día, triste, sola, jugando? ¿O recordar su separación de Rafael Sánchez Ferlosio en 1970 con palabras tan banales? ¿O evocar los años de amistad y vinos con Ignacio Aldecoa y el resto de la cuadrilla, si ella ya lo había hecho por escrito de una forma tan admirable, en artículo en La Estafeta Literariaen noviembre de 1969, al fallecer Aldecoa, posiblemente el mejor escritor (que estaba destinado a ser) de la Generación del Medio Siglo; lo contó en cuatro memorables conferencias, a mediados de los años noventa en la Fundación Juan March, y las recogió en un libro en Siruela?


Por eso es tan admirable esta edición que acaba de salir de la Correspondenciaentre Carmen Martín Gaite y Juan Benet, dos amigos y dos escritores españoles contemporáneos muy diferentes. Es una edición de no mucho más de 200 páginas, incluye 67 cartas (algunas son postales) de uno y otro, y las ha anotado, con mucho cuidado, el profesor de la Autónoma José Teruel, que está dirigiendo las Obras Completas de la Gaite para Galaxia Gutenberg/Círculo de Editores, que es también quien ha editado esta cuidada y excelente Correspondencia. A mí me gustan mucho las correspondencias, por lo que tienen –en aparente contradicción— de inmediatez, hay correspondencias de escritores que son tan vivas y tan llenas de colorido que parece como si ambos corresponsales te dejasen a uno, lector, leer por encima de sus hombros, de los de quien escribe y de los de quien recibe la carta.

Pero lo verdaderamente valioso de esta gavilla de misivas, iniciadas en 1964 y concluidas a mediados de los ochenta –aunque ya para entonces los afectos se habían dosificado, un inevitable distanciamiento es visible, y por tanto la regularidad no se produce— es la seriedad con que una escritora que ya es Premio Nadal, y otros, que empieza a ser conocida, no solo por ser la mujer de Ferlosio, y un joven escritor que es, sobre todo, señor ingeniero, se toman el trabajo de escribirse, de mantener no un intercambio de hechos domésticos y banales, sino que no hay más que ver cómo la pluma del señor ingeniero va trazando el plano de esa amistad epistolar, de qué van a escribir y sobre todo de cómo se van a escribir.

La mayoría no son cartas a vuelapluma; al contrario hay algunas cartas de Benet –se han conservado mejor en las gavetas de la Gaite— que por extensión y profundidad parecen más pequeños ensayos o artículos. A poco que el lector conozca la obra de ambos escritores desaparecidos encontrará de forma natural los rostros de ambos. Sus rostros, y sus voces (cosa que desde luego no se halla del todo en el libro de Cremades). Cómo les interesa a ambos la figura del interlocutor en literatura, esa vieja pasión de la Gaite, que también está en Benet. La pasión de la Gaite, el cuento de nunca acabar, el cuarto de atrás, la búsqueda del interlocutor.


En el libro de Cremades, que también tiene, desde luego, cosas salvables, me gusta especialmente esas pocas páginas en la que vemos a la Gaite, recién separada de Ferlosio, y volcándose en el despertar adolescente y literario de su hija Marta, y me gusta, sí, lo “recordado” por la Gaite sobre la aventura de aquella mítica editorial Nostromo, que puso en marcha un grupito de visionarios como Mauricio d´Ors, Diego Lara, a quien se deben las cubiertas, y otros. Con ellos empezó a colaborar su hija Marta, y para ellos –la Gaite siempre simpatizó con la gente joven, siempre le gustó aprender de los jóvenes— reunió unos artículos (ahí está su célebre texto sobre la muerte de Aldecoa) con el título de La búsqueda de interlocutor y otras búsquedas, un precioso tomito que salió con tantas erratas, que Raúl Cremades le hace decir a la Gaite, riéndose con su hija, que siempre lo llamaron desde entonces La búsqueda de interlocutor y otras erratas. En la edición que yo conservo se incluye una hojita con una cuidada orla que da cuenta de 21 erratas. Quede la curiosidad. El librito, una rareza que me gusta apreciar (lo es toda la colección, que se enriqueció además con otro libro que Marta le sacó a su padre, Las semanas del jardín: un libro de Ferlosio que siempre he buscado y nunca he visto), incluye –volvemos con el epistolario Gaite-Benet— un texto publicado en 1966 aparecido en Revista de Occidente, que es el que da título al tomito de Nostromo y que la Gaite se lo dedicó a su amigo: “Para Juan Benet, cuando no era famoso”. Y aparece también en ese libro misceláneo, con el que los amigos de su hija Marta se echaron a la piscina, un relato “Tarde tedio”, que aunque no venga mucho a cuento (o sí: le daría un poco más de volumen a la magra colecta de artículos) cierra La búsqueda de interlocutor y otras búsquedas (y algunas errratas).

Un cuento que sí está, en su apartado correspondiente, en el tomo III de las Obras Completas, en curso de publicación, que ha prologado, este tomo,  la profesora Carmen Valcárcel, y que abarca Narrativa Breve, Poesía y Teatro. Estas obras completas, que dirige José Teruel, constan de dos tomos de novelas, este tercero, prologado con cuidado y acierto por la profesora Valcárcel, tres de ensayos –los años sesenta, se ve en las cartas a Benet, se oye en el libro de Cremades, son los de su obsesión por Macanaz, por los usos amorosos del siglo XVIII, etc— y un final totalmente misceláneo, que en las obras completas al uso recoge todo lo inclasificable.


Pero vuelvo a las cartas. Si lo habitual es ponerse serios –el señor ingeniero, sobre todo, la Gaite en esto como en todo creo que era más intuitiva, más dubitativa— sobre la importancia de mantener la correspondencia, sobre el estilo y el lenguaje, sorprende gratamente cómo en una de ellas –en otra, desde luego, razona muy seriamente sobre los inconvenientes de la depresión— le cuenta el señor ingeniero los efectos reparadores del rocío mañanero si se viene –uno, él— de una noche de farra en un burdel de extrarradio, que son más asequibles que los del centro. Eso sí, a continuación el sr. Benet le puede hablar del concepto de amor que se desprende de las canciones galaico—portuguesas. En otra carta, la Gaite siempre tan entusiasta le invita a Benet a aprender italiano, cosa a la que se niega el ingeniero, pues argumenta la Gaite que vía italiano está ella leyendo mucha novela rusa y acaba de descubrir –carta del 6 de agosto de 1965— el libro de Reich sobre la revolución sexual, de la que tanto se habla por entonces. Benet se calienta –carta de 16 de agosto de 1965, en Madrid— y le contesta convenientemente cargando contra esa moda tan norteamericana de la revolución sexual, de cuya divulgación echa la culpa a “ese disparatado de Norman Mailer”. Y pasa, acaloradamente, a explicarse lo que él entiende por acto sexual, que de lo que sea la revolución sexual parece no tener las cosas demasiado claras. Y enumera por qué de estas cosas tiene poco que opinar: primero, porque desde que sufrió a los 17 años un tifus de órdago su cuerpo padece más del problema intestinal que del sexual; segundo, copio literal: “antes que al acto sexual habitual prefiero subscribirme al ABC; y cuarto (me salto el tercero por no alargarme, vid. Pág. 64), también textual, “porque, a mi parecer, el acto sexual más importante que puede ejecutar un hombre con una mujer (y el más difícil, el más atrevido, el más insólito y el único que es capaz de abrir el uno al otro) es hablar con franqueza con ella”.

Tiene mucha miga, sí, esta correspondencia, más de la que cabía esperar al coger el libro en las manos. Mucho más.





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