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El mirón impaciente

Eduardo Nabal

Aquí no hay quien viva


El hombre de al lado es un ejercicio de estilo que vuelve a demostrar el carácter cerebral de buena parte del nuevo cine argentino.

La fábula moral sobre la incomunicación, la soledad, la adicción al trabajo, el núcleo familiar y el choque de dos personajes opuestos es demasiado obvia pero está dada con cierto ingenio y riesgo narrativo.

Estamos ante la historia de la invasión de un espacio privilegiado: la casa futurista, kafkiana y acristalada de Leonardo (un estirado diseñador de éxito) por su tenaz y desinhibido vecino pero también ante una reflexión —dada en planos largos y a través de actores y actrices con talento— sobre el egoísmo y la entrega, el miedo que subyace tras las formas más sofisticadas de vida y las miserias privadas de los personajes públicos. 

El hombre de al lado coquetea con Losey, Visconti (Confidencias) y Polanski pero su referente más inmediato es el cine de Lucrecia Martel, un cine hecho, en cierto sentido, para provocar la incomodidad del espectador en el fondo y en la forma, un disparo refinado pero lleno de vitriolo e ironía devastadora a la burguesía argentina de nuestros días a través de una historia aparentemente pequeña que toma dimensiones de tragicomedia cercana al cine experimental, el suspense psicológico  y el teatro del absurdo.

Es una película sobre la arquitectura de una casa, la arquitectura mental, las bajezas y el doble sentido de las personas y las cosas que viven en los hogares, pero los directores optan por un estilo que debe demasiado de ese academicismo que denuncian, de ese mundo virtual que quieren atacar provocando un sentimiento encontrado entre el fondo y la forma, fascinando a ratos e irritando a otros, como algunos filmes de Michael Haneke que miran con frialdad casi quirúrgica las formas de expresión, silencio y represión de la sociedad contemporánea y también sus puntos más débiles. Un filme dirigido y escrito a cuatro manos que pasa de la comedia negra a la denuncia social sin abandonar un estilo formalmente brillante pero  algo tentado por la pedantería y la autocomplacencia.




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