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Los viajes

de Sara Gutiérrez

La Plaza de Armas de Cuzco

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Casi me ha costado tanto sentarme a narrar nuestra estancia en Cuzco como escoger hotel en la capital que fuera del imperio inca.

Finalmente, el alojamiento resultó realmente confortable; espero que suceda lo mismo con este relato. Vale, vale, no avanzaré sin antes decir que pasamos unas noches estupendas en el Cusco San Blas de Casa Andina y que allí nos custodiaron parte de nuestro equipaje mientras visitamos el Valle Sagrado de los incas y Machu Picchu.

Pienso en Cuzco y me veo en su Plaza de armas siguiendo el ondear  de la bandera arcoíris que los herederos de los incas han hecho suya, asistiendo a un desfile religioso-civil-carnavalesco en honor de la Virgen y la Escuela de Bellas Artes, buscando una mesa para cenar, haciendo tiempo para entrar a la Catedral…


La Catedral de Cuzco, cuna de la Escuela cuzqueña, es un extraordinario exponente de la fusión interesada de las culturas prehispánica y virreinal (interesada en cuanto fruto del afán conquistador de los españoles quienes no dudaron en incorporar a las obras religiosas la imaginería prehispánica con tal de atraer y someter a los indígenas). Una muestra: la contemplación del reflejo de la propia imagen, censurada en Europa como acto de vanidad, es altamente valorada por los incas, que relacionan ese reflejo con Inti, el dios del sol, e identifican la imagen reflejada con la propia conciencia (si se está bien, el reflejo será bonito), así que los altares están llenos de espejos y espejitos, enmarcados o enmarcando. Relajadas pues las mentes, la fuerza del arte allí concentrado hará el resto, y el disfrute espiritual está garantizado.

Escrito de izquierda a derecha, el complejo catedralicio cuzqueño exhibe tres interesantes construcciones: la primera iglesia cuzqueña, la capilla del Triunfo, levantada sobre una armería inca para demostrar la supremacía española; la Catedral propiamente dicha, iniciada en 1560, terminada un siglo después; y la capilla barroca de fachada renacentista dedicada a Jesús, María y José en el siglo XVIII. Hay de todo entre sus muros: kilos de plata y maderas nobles aparte, pueblan la Catedral un Cristo milagroso, el Señor de los Temblores, también conocido como «el Negro», al que se atribuye el fin del terremoto de 1650; una Virgen europea, «la Linda», y otra local, la de Belén, patrona de Cuzco, cuya prominencia ventral no se debe a un embarazo sino a las enaguas propias de las indígenas casadas; y cientos de obras entre cuyos motivos destacaré el cuy preparado como plato fuerte de La última cena representada por Marcos Zapata, autor entre otras obras de los 54 óleos que cubren los arcos del edificio.


En la misma Plaza de Armas, la Iglesia de la Compañía hubo de reprimirse para no superar la altura de la vecina Catedral. Su espectacular fachada de piedra labrada no es más que el aperitivo de la belleza custodiada en su interior: tallas y cuadros de la escuela cuzqueña, y un altar mayor de 21 metros de altura hecho de cedro y cubierto de pan de oro. Sus ventanas del piso superior son un buen lugar desde el que contemplar la Plaza.  

Por lo demás, la Plaza de Armas, llena de balcones restaurante, es un excelente lugar para desayunar, comer, merendar, cenar o alargar la jornada a la luz de las estrellas.


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