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Alicia en la realidad

Adriana Davidova

Los espacios entre las palabras

Ella es ladrona de palabras... Ella siembra la discordia. Ella hace florecer las intenciones más inesperadas y las menos cómodas.

Ella no renuncia a nada con tal de avanzar en su ruta de dominios cada vez más solitarios y silenciosos. Por cada palabra que extrae de los labios de aquellos con los que se cruza o de sus corazones, la dimensión extraña e impregnada de falta  de sonido en la que ella habita, crece y se expande como un mar negro y turbio.

Ella engaña y hace trueques infantiles pero que resultan convincentes.

Ella se acerca a él y le ofrece intensidad a cambio de unas cuantas palabras. Y él las pronuncia. Así de fácil. Una caricia y las palabras que ya no voverán a existir se pierden entre los dedos de ella que las arroja hacia el vacío que se abre cada vez más y más amplio ante su paso. Un beso, una mirada, un gesto... y nuevas palabras que caen y desaparecen. Él no entiende nada, pero sigue hablando porque no puede evitarlo, no puede frenar su propio deseo de ser amado, de ser atendido, de ser escuchado, de quedar embelesado por su propia voz mezclada con la de ella y fascinado con lo inteligente que está demostrando ser. Ella ríe, ríe, ríe y le acaricia para que la mirada de él siga adherida a la de ella. Y él sigue escupiendo palabras, regalando el lenguaje de su trémulo ser, de su cuerpo, de su mente que arde y no puede detenerse porque ella clava ahora las uñas dulces en su médula y le hace gritar nuevas y ardientes sílabas, palabras, frases que poco a poco van perdiendo conexión, van perdiendo el sentido de la realidad y le dejan cada vez más y más hueco y sorprendido... como un muñeco cuya cuerda se acaba... y la lógica de sus pensamientos se va desvaneciendo como su peso, su fuerza, su mirada nublada ya... el alma alejándose del cuerpo y el sueño pesado de la muerte, que no es más que deshacerse por completo, le repliega mientras ella sigue pidiendo y reclamando nuevas y bellas palabras, ordenándole seguir hasta el final en un mantra de invocaciones, lengua gélida por la piel de él, susurros de sonidos que él no logra distinguir de los de un rugido animal. Más risa, más saliva sobre su sexo, más falta de aire, carencia de aire, estupor, náusea, desesperación. 


Un último pensamiento de él, sostenido entre los dientes de ella, se agita rojo y caliente en el espacio entre las palabras, mientras ella intenta robar algo más entre los despojos de sus movimientos, estertores y palabras residuales...

El mundo que habitamos no es nada si no lo nombramos.

Ya está, ahora el silencio.

 

Pequeños Deberes- ¿Es ellla? ¿Es ella la muerte o la que muere?

 

 

Dibujos- Adriana Davidova

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