Secciones:

Boletín de novedades

Reciba nuestro Divertín de manera regular y gratuita.
Su e-mail

¡Web seleccionada entre las mejores!

El pizarrín

Javier Goñi

El corazón y otros frutos amargos


Félix, fotografiado por Cristina Grande...

Déjenme que les diga que les diga que era un hombre voraz, que con el mismo apetito devoraba libros, películas, música que consumía amigos, que los tuvo a puñados. Era hombre de un corazón enorme, y enorme de aspecto, te abrazaba como un oso amigo, era generoso hasta llegar al sobrepeso, y el corazón, ese cazador solitario –Carson McCullers—, le estalló el pasado viernes 7 de octubre, en Madrid, a donde había venido desde su Zaragoza, que se la conocía como la palma de su mano, esa mano—cicerone que te ofrecía si tenías la suerte de asomarte, como un turista, a la ciudad aragonesa: hoy, miércoles, Fiesta de El Pilar: la Virgen del Pilar dice que no quiere ser francesa, sino capitana de la tropa aragonesa: en mi infancia zaragozana, el día del Pilar ponían Agustina de Aragón, Aurora Bautista dando enfervorizados gritos en blanco y negro.

Le estalló el corazón a Félix Romeo (Zaragoza, 1968) el otro día, el corazón solitario, ese de Carson McCullers, el corazón y otros frutos amargos, que decía Ignacio Aldecoa, a los dos los había leído Félix, de los dos, y de todos, y de todo sabía Félix, y su entusiasmo era contagioso, y su risa era contagiosa, y su humor era contagioso, su saber no tanto: ahí el contagio es menos uniforme, no le alcanzábamos ninguno, en saberes, en conocimientos, en curiosidades.


... y por Antón Castro

Siempre se ha dicho, maliciosamente, que una necrológica tiene algo de exaltación yoística del que la escribe, es como si éste, uno, hablara de sí mismo aprovechando la ausencia del otro. Decía Jesús Ferrero hace años, en una conferencia pública en el Círculo de Bellas Artes, hablando de El club de los siete malditos –parece un título de novela de misterio británica del periodo de entreguerras, o una novelita inolvidable de Enid Blyton—, un puñado de escritores jóvenes y malditos, poetas y letraheridos, que aquellos, al morir, se “ausentaron de la vida”, y recuerdo ahora estas palabras de Ferrero, porque me las encuentro –subrayadas a lápiz: yo subrayo los libros, Félix, no, me reñía por hacerlo—, en un libro hermosísimo, que habla de vida, de exaltación, aunque lo escribiera, Félix, tantos años después, para explicarse no cómo murió –ese salto voluntario por una ventana— su amigo, Chusé Izuel, un jovencísimo escritor que podía tener todo el futuro en su mano y al que una contrariedad amorosa le fundió todas las luces del horizonte, sino para entender cómo no vieron su amigos, Félix, los otros, que Chusé no encontraba más futuro que el suelo que estaba debajo de su ventana en esa casa de estudiantes aragoneses en Barcelona, donde (a)campaban a sus anchas la amistad, la literatura, el alcohol y el sexo, cada cosa en sus justas proporciones, alguna de ellas –sea la que fuese— de forma voraz. Félix voraz, le cuadra.


Aquel libro, nada elegíaco, pero hermosísimo, se tituló Amarillo, lo publicó en 2008 Ediciones Plot, que es una pequeña editorial de los Trueba –así en conjunto, hermanos, padre e hijo, tío y sobrino, y adheridos, Fernando, David, Jonás—. Fue su último libro. Se ha ido con 43 años y tres libros: Dibujos animados, aparecido, primero, en una editorial zaragozana, Mira Editores, una primera edición que nunca he visto y que me gustaría encontrar, a modo de homenaje, en la Feria del Libro de Ocasión, de Recoletos, aquí en Madrid: igual me paso hoy miércoles, Fiesta Nacional, que va a estar todo el paseo lleno de tanques, soldaditos españoles (y ecuatorianos, colombianos), aviones, paracaidista rojigualda, y la cabra de la Legión. Lo de nuestras fuerzas armadas es un ambiguo y dadaísta homenaje a Félix Romeo, a quien, de joven, no le entró, por sobrepeso y convicción, el uniforme militar, y en 1996, cuando Plaza&Janés nacionalizó la edición provincial de Dibujos animados, Félix Romeo andaba en la Pensión de Torrero, también conocida como la cárcel de Torrero, como insumiso, una figura que había cuando entonces. Después el libro lo recuperaría Jorge Herralde para Anagrama, reeditándolo hace diez años con su segunda novela, Discothèque, una novela que a mí me gustó siempre mucho, pues en ella se hacía referencia, entre tantas cosas divertidísimas y llenas de ingenio, a la guerra de Ifni, aquella guerrita secreta, tabú franquista como casi todo por entonces. Llegar Félix Romeo a Anagrama y empezar a hablarse del Aragon Power  todo fue uno.


Volvamos a Torrero. Como más de uno recordará y quizás pueda encontrarse por Youtube, Fernando Trueba grabó la salida de la cárcel del insumiso Félix Romeo en un corto que formó parte de un eurolargometraje que se hizo por entonces. No sé si Trueba usó cámara de cine con trípode, gorrilla a cuadros, chaleco sin mangas y con rombos, pantalones bombachos, pero debió sentirse casi como aquellos pioneros como Segundo de Chomón o el pionerísimo Eduardo Jimeno Correa, aragonés como el insumiso, y que rodó, cien años exactamente antes de Trueba, la que se considera la primera película del cine español, Salida de la misa de doce de la Iglesia del Pilar de Zaragoza. Quede el dato.

Yo-yo (empieza el yoísmo en la necrológica ajena)  le conocí por entonces, año 96 o 97. Entrando o saliendo de un acto en la Residencia de Estudiantes, allí fue residente y también trabajó, después, o al poco tiempo, en televisión, en La mandrágora. O en casa de Paz y Miguel, los libreros de la Machado, y distribuidores, en esos saraos de Feria del Libro que solían hacer, y ese año convocaron por Arturo Soria, la casa de ellos, y allí recuerdo a Félix, cada uno con una copa, y hablando de libros. Y si digo que me elogió –cariñosa, generosa, imprevistamente— un libro de conversaciones con Miguel Delibes que yo había publicado hacía exactamente diez años, un libro descatalogadísimo –me compré seis en el VIPS de López de Hoyos—, no lo hago por estúpida vanidad, sino porque es una de las primeras virtudes que yo percibí entonces, hace quince años, en él: el haberlo leído todo, el conocerlo todo, y hablar siempre con generosidad de lo de los demás. Hasta aquí lo de Delibes.


Félix Romeo, con poco más de cien páginas, las que tenía Dibujos animados, en la inencontrable, supongo,  edición de Plaza&Janés, empezó pronto  a hacerse un hueco –él no desplazaba, abrazaba— en la nueva generación de narradores que estaban dándose a conocer, nacidos desde 1960 –los seniors— hasta 1970 –los juniors—, por esas fechas, en las que las editoriales, una vez más, andaban a la búsqueda y captura de jóvenes talentos (y algunos,  supuestos). Todo eso cristalizó en 1997 en Páginas amarillas (Ediciones Lengua de Trapo) y una multitudinaria presentación, con aromas generacionales, en el Círculo de Bellas Artes, en diciembre de ese año. 38 nombres, desde Antonio Álamo hasta Pedro UgarteFélix Romeo en la R—, una memorable antología generacional, que ya tiene dos bajas: no hace tanto el barcelonés Francisco Casavella, de memoria arrabalista y marseística, por Marsé y eso que Casavella se apellidaba realmente  García Hortelano (no son apellidos, en literatura española, para ser joven novelista); memoria marseística,  pero más canalla –lo de las drogas—, y ahora, en este comienzo de octubre, Félix Romeo.


En esa antología, muy importante para calibrar lo que, en esos momentos, mediados años noventa, era importante en la joven narrativa, aparecen algunos nombres que siempre se relacionarán con Félix por amistad, como los hermanos Martín y Nico Casariego, o Marcos Giralt Torrente, o los aragoneses Ismael Grasa o Ignacio Martínez de Pisón –éste ya era alguien/bastante desde finales de la década anterior, pero bueno, por edad entraba en las Páginas Amarillas, que no patrocinó Telefónica—, y tantos otros. Fueron aquellos años,  días (noches) de vino y rosas y en el Cock precisamente recuerdo que le hablé a Félix de un proyecto literario que una amiga, Elena Butragueño, y yo habíamos presentado a Plaza&Janés: por entonces ya no estaba Enrique Murillo de editor, sino Carmen Fernández de Blas, y a ella el proyecto (y otros dos, posteriores, que ahora no hacen al caso) le interesó: estábamos, 1997, 1998, deslizándonos hacia el cambio de milenio y se nos ocurrió reunir cinco grandes temas –intimidad, solidaridad, edad, trabajo y revolución— del siglo XX y encargarle a cinco parejas de escritores que a partir de un texto mínimo propuesto por nosotros, los editores, escribiesen cada uno sobre el tema sugerido. Sobre la intimidad escribieron Soledad Puértolas y Eduardo Mendicutti; sobre la solidaridad Bernardo Atxaga y Rosa Regás; sobre la edad, Gonzalo Torrente Malvido y Gonzalo Torrente Ballester –me siento todavía hoy especialmente orgulloso de haber conseguido que padre e hijo escribieran juntos, cada uno desde su pluma: el relato de Torrente Malvido, un escritor muy vivido, es excelente—; sobre el trabajo, Rosa Montero y Félix Romeo; y sobre la revolución, Zoé Valdés, ya la Zoé Valdés actual, y Juan Manuel de Prada, para nada todavía el Prada actual, todavía se dejaba querer  Prada, y era uno de los nuestros, o todos éramos de los suyos: dos muy interesantes cuentos, por cierto.

En fin, la satisfacción de haber sido su ocasional editor, de haberle propuesto a Félix, aquella noche en el Cock, este encargo es algo que no me lo arrebata nadie. En los últimos años, también para unas páginas especiales de verano de la revista Descubrir el Arte, que coordino, escribió un par de relatos a partir de un cuadro que él elegía. El verano 2010 eligió un cuadro de Kitano, que él había visto en la Fundación Cartier, de París, y ese cuadro le permitió escribir un bellísimo texto sobre el viaje, sobre el viajar encima de, junto a o incluso dentro de un animal, y así titulaba su relato, “Viajar dentro de la ballena”, y rememoraba cómo le fascinaban desde niño las ballenas, desde que sus padres le habían dicho que antes de haber nacido él, ellos habían estado en el interior de una ballena y Félix, que debió ser un niño imaginativo desde muy pequeño, los veía a ellos, a sus padres, viviendo en el interior de ese inmenso animal –con las proporciones adecuadas a su propio tamaño, el de su generosidad—, comiendo, hablando, viendo la televisión, incluso, decía, concibiéndole a él. La verdad siempre tiene los pies en la tierra y, con el tiempo, sus padres le confesaron que habían estado, sí, en el interior de una ballena,  sí, pero disecada, una atracción de feria, y Félix escribió:  “Fue una pequeña desilusión saber que mis orígenes no estaban en el vientre de una ballena, pero me fascinó imaginar una ballena disecada tierra adentro, en Zaragoza, una ciudad que tiene una gran frontera con el desierto al otro lado del río”.

Félix siempre debió superar las pequeñas desilusiones, con las que nos enredamos, y siempre derrochaba el mismo entusiasmo para escribir sobre televisión en Letras Libres, sobre libros, libros, libros en el ABC Cultural de haceun tiempo, donde fuera y, sobre todo, en el suplemento literario de los jueves de El Heraldo de Aragón de nuestro común amigo Antón Castro: una de las fotos que aparece aquí es de Antón, la otra de Cristina Grande, su chica durante muchos años y excelente narradora, como su chica era ahora Lina, pintora, a la que no conozco, pero de la que me hablaba Félix en sus entrañables y cariñosos correos electrónicos.

Uno ha velado armas (y letras) ya en muchas garitas, unas de primera y otras de discreta situación, pero sin duda uno de mis orgullos más abrillantados periódicamente en la memoria es haber colaborado, hace ocho, diez, doce años, de forma habitual en El Heraldo, el diario de mi infancia zaragozana, con Antón y con Félix. Pagar, pagaban, lo just(isim)o, eso también, pero qué satisfacción compartir no ya página –las de Félix eran enteras—, sino jueves con él y con otros amigos aragoneses.

En esta etapa de pizarrines me habrá enviado un par de correos elogiándome otros tantos pizarrines: me parecen más que suficientes. Hace unas semanas escribía yo, en Primum vivere deinde philosophari  sobre un excelente libro de Impedimenta, Trabajos forzados, traducido por Félix Romeo (supe que traducía del italiano, porque me encontré en Espasauna traducción suya de una novela de Natalia Ginzburg), y hacía uno de esos incisos del arribafirmante diciéndole que hacía tiempo que no sabía nada de él, que a ver si nos veíamos, etc.

Me mandó el viernes 30 de septiembre, a las 11:47, romeofelix@hotmail.com, uno de sus correos cariñosísimos. Copio:

querido Javier,
gracias por tu mención!!!!
sí, deberíamos vernos
ipsofactamente!!!!!
la semana que viene
voy a estar por Madrid
2 días… te llamo !!!!!
Besos!!!!!

No le dio tiempo a llamarme, ni a mí a pasarme por el Bellas Artes. Así que prefiero recordarle como le vi la última vez en Madrid. En la Feria del Libro Antiguo, en Recoletos. De libros antiguos y modernos lo sabía todo, y lo tenía todo. Yo estaba de espaldas, dentro de una caseta, con un libro a punto de adquirirlo. Sentí una sombra que me abarcaba y al instante, una voz que reconocí: si tuviera sobrecubierta valdría más, me dijo; lo dejé y nos fuimos a tomar un algo. Fue la última vez que lo vi en persona. Esta tarde, día del Pilar, me paso por la Feria. A ver si encuentro algo, a él, ya no.




Archivo histórico