Secciones:

Boletín de novedades

Reciba nuestro Divertín de manera regular y gratuita.
Su e-mail

¡Web seleccionada entre las mejores!

El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

Pañales y cerveza


Cuando leemos el currículum de Ángela Medina y descubrimos que es licenciada en Publicidad y Relaciones Públicas, se empieza a entender el porqué de la elección como título de Pañales y cerveza (Demipage) para su primera novela. 

Para los no iniciados en las artes publicitarias, la correlación  pañales y cerveza es uno de los ejemplos más clásicos de la llamada bussines intelligence, BI, que sirve para ilustrar cómo el análisis de los datos de la clientela a través de un programa de software puede llevar a conclusiones muy beneficiosas  e interesantes para saber cuál es el lugar idóneo de colocación de los productos en las grandes superficies.

Tras realizar una serie de muestreos, se descubrieron afinidades  entre productos ─unas veces perfectamente lógicas (cereales y leche, cacao y bollería, alcohol y aperitivos), y una  inatendida y curiosa: pañales y cerveza─. Según  se desprendía de este  estudio, los hombres, cuando compraban pañales los viernes por la noche, aprovechaban ya para llevarse unas latitas de birra con el fin de alegrarse el fin de semana. La interrelación hombre soltero>>>viernes noche>>>cerveza se extendía así a la de  hombre casado>>>viernes noche>>>pañales>>>cerveza. Y la bebida era percibida por el cliente como una recompensa por el encargo de su mujer.

No consta que a ninguna gran superficie se le ocurriera poner en sus estanterías estos dos productos juntos y, al parecer, esta teoría ha quedado como una especie de leyenda urbana en el mundo de la publicidad.

Angela Medina comienza su novela (corta en extensión pero de contenido intenso) con  una correlación extraña de lugar y personaje, vamos, un auténtico BI: ¿qué pinta si no un abuelo sentado en un sillón Ekptor Tulsta al fondo de la sección de salones de una de las tiendas que Ikea tiene en Madrid? ¿Está allí motu proprio, o quizás le ha abandonado una de esas familias al completo que pululan por estas grandes superficies y que, aprovechando un descuido, lo han dejado aparcado en el arcén  de la vida como a un animal doméstico del que se han cansado? 

Ya lo descubrirán a su debido tiempo si leen la novela, pero este personaje anónimo ─nunca sabemos su nombre ni el del resto de los protagonistas que se nos presentan bajo los genéricos: mujer del abuelo, hija, marido de la hija, nieto, vecino, novia del vecino, etc.─ le sirve a la autora como llave maestra para armar los muebles de su novela y para presentarnos  de una manera clara y casi twiteriana unas tranches de vie del mundo gris y mezquino en el que nos movemos. Un largo travelling a través de unas vidas anónimas que parecen no avanzar y que sólo se mueven en círculos excéntricos.

Catálogo de soledades y miserias, Pañales y cervezas está escrita sin aspavientos, casi como si se tratara de un experimento de laboratorio. Su prosa es clara y concisa, no se anda con florituras,  pero por debajo de esas líneas casi asépticas hay una bomba de relojería que nos explota ante los ojos. Tampoco hay discurso moral o implicación emocional en ella: todo fluye con una aparente esquematismo ikeano  ─perdón por el palabro pero creo que resume muy bien la arquitectura interna  de la novela─ que, estoy convencido, ha sido buscado adrede por Ángela Medina, quien  que nos procura unos elementos e instrucciones con la llave para armarlos dejándonos construir nuestra propia novela con ellos.




Archivo histórico