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El CinExín

Pedro Vallín

El sentido de la vida


Una constante en el pensamiento universal –entendiendo por tal el que una y otra vez interiorizamos a través de los relatos canónicos– es que la meta está en el camino. Que cuando perseguimos algo con denuedo, a menudo descubrimos al alcanzar el final que el verdadero enriquecimiento se produce en la persecución, no en la consumación. Es un principio genérico que se puede aplicar a todo. El sexo, por ejemplo. Un lugar común es aquello de “lo mejor son los prolegómenos”, más oído a mujeres que a hombres pero, en fin, reconocible para cualquiera. En el cine hay millares de adaptaciones y creaciones que se ven afectadas por este postulado genérico, muchas de ellas ya abordadas aquí. En general, cualquier relato de viajes o de Quest (búsqueda), participa de este principio. Quizá la forma canónica más fácilmente identificable es El mago de Oz, una de las narraciones más trascendentes del imaginario moderno porque compendia como ninguna la lección del viaje iniciático con meta falaz. Hay una versión canónica y musical, la de Victor Fleming de 1939, un auténtico fenómeno sociológico que ha encandilado a generaciones y ha sido asumida de forma universal como depositaria de innumerables virtudes éticas y estéticas. Es película de referencia del colectivo gay, de los defensores del musical, de los admiradores de las superproducciones clásicas, de los seguidores de Tim Burton y sus modernos mundos de fantasía… El éxito de una reciente reedición de lujo en DVD corrobora el innegable atractivo de sus colores chillones. A sus virtudes como libro de viaje, une una sorda desazón que habita en su colorido.


La diferencia entre otros muchos cuentos de características morales similares y el de Lyman Frank Baum es su explicitud al respecto del tema que nos ocupa: la vanidad del objeto ansiado. El mago de Oz, tras confesar su impostura y ante la congoja de sus cuatro visitantes, les explica cómo en su camino hacia la Ciudad Esmeralda ya han conseguido aquello que creían que el hechicero les habría de conceder. Y la decepción ante la estafa del prodigioso nigromante y su urbe verde se ve enjugada por la conclusión de que los audaces protagonistas buscaban fuera lo que habitaba silencioso en su interior. Los Teleñecos, tan aficionados a protagonizar adaptaciones de cuentos clásicos –a gran altura, ya saben, la del Cuento de Navidad (1992) de Dickens; menos acertada la de La isla del tesoro (1996) de Robert Louis Stevenson– hicieron hace un par de años una de El Mago de Oz (2005) para la televisión, que acaba de ver la luz en disco digital. Quiere decirse con esto, que ya se la pueden descargar del emule con garantías. Porque ya saben que hasta que se comercializa la edición dvd las copias disponibles en Internet son de mala calidad. La adaptación ha quedado entre regular y mal, con una Dorothy negroide que aspira a que su extraordinaria voz de soul la saque de la miserable Kansas.

Pero nos estamos desviando. El camino es la meta y la meta es vana. Los que sean visitantes esporádicos de esta página –habituales no pueden serlo, no lo son ya los artículos– habrán leído aquí que la ciencia ha probado esta certidumbre mediante el esquema de la felicidad, la acción y el premio: las expectativas llevan al cerebro a generar mucha más dopamina que el propio logro de lo ansiado. Tanto es así, que como la caída de la libido tras el coito, la consecución provoca una rápida pérdida del interés. Somos más felices antes de empezar a comer que cuando estamos con las manos en la mesa. Es aplicable a la política. Hay formaciones finalistas, que nacieron para la consecución de un único fin. Paradójicamente, de naturaleza comunal. Y utópica: ese destino es imposible, de modo que el camino hacia él es una sucesión de pequeños avances. Mientras así sea, el público estará contento y el partido tendrá garantizada la supervivencia. Pero si se consigue el fin último se corre el riesgo de desaparecer. Es el caso de los independentismos. ¿Cuál es el nervio, la idea motriz que se puede esgrimir una vez logrado el fin último? ¿Para que necesita un peine quien que ya no tiene pelo?


Esto nos lleva a Un lugar en el mundo (1992), de Adolfo Aristaráin, una película decididamente utopista y nostálgica sobre una comunidad de ganaderos de una región pobre del sur de Argentina. Mario, maestro de escuela y recalcitrante marxista organizador de la cooperativa de ganaderos (interpretado por Federico Luppi), adoctrina a los ovejeros de los abusos a los que los somete el hacendado Andrada (Rodolfo Ranni). En un momento de apuro de la cooperativa, y antes de que los ganaderos malvendan el producto de la esquila a Andrada, Mario aprovecha la noche furtiva para prender fuego al establo donde se guarda la lana de toda la comunidad. Mantener viva la lucha es más importante que sus fines. El ejemplo no afecta sólo a nacionalismos e izquierdas. La insistencia de los conservadores norteamericanos en que hay que tener miedo a los enemigos exteriores, así como las guerras contra estos, no parecen buscar tanto la derrota de los temores como su alimento, para tener la sociedad en permanente estado de alerta. Desde el desplome del bloque soviético, Estados Unidos no ha cesado en la búsqueda de razones para proseguir con un fuerte gasto en defensa, e incluso cuando fue víctima del descomunal ataque de los terroristas islámicos, multiplicó la inversión en defensa en lugar de hacerlo en inteligencia (dicho sea, lo de inteligencia, sin animus iocandi).


En la permanente búsqueda de la redención del hombre, izquierdas y derechas mantienen viva la esperanza de que pueden aportar grandes mejoras a la experiencia humana. Esto pasa, claro, por convencer al personal de que algo no marcha bien. Todo esto es muy básico: prender fuego al granero para que el hambre espolee las conciencias. Ya grandes politólogos del pasado teorizaron sobre la necesidad de incrementar las miserias para conseguir que el apetito y el enojo alienten una revolución completa. Lo que prueba, de forma irrefutable, que el hombre, de natural y bien comido, es poco aventurero. En la injustamente desdeñada Final Fantasy, la fuerza interior (2001) de Hironobu Sakaguchi y Moto Sakakibara, el pendenciero coronel Hein (con voz de James Woods) decide impulsar un asalto de los xenomorfos a la Ciudad Barrera de Nueva York para convencer al Consejo de que le permitan usar el cañón Zeus, una potente arma situada en la órbita. El fantasma del terrorismo de estado, cuya sospecha ha extendido una sombra desde hace años sobre los gobiernos de Israel y Rusia, por mencionar dos casos de actualidad.

El asunto es que el miedo y la insatisfacción generan un mercado y no solo político. También industrial. La seguridad privada crece exponencialmente con las noticias de asaltos a chalés, sea a empresarios de la burguesía catalana o a ventrílocuos sin carromato, como las empresas especializadas en escoltas vieron retroceder su negocio vasco de forma dramática cuando los terroristas independentistas anunciaron un cese permanente –permanente, como lo que se hacían en el pelo las señoras de antes, que duraba hasta que llovía– sus ataques.

Una de las formas más exitosas de esta pugna por la permanente insatisfacción es un efecto colateral, que empezó siendo un mantra de los comunistas filosoviéticos y que, disueltos éstos o en estado de perpetua estampida, ha calado hasta convertirse en un meme universal: los ciudadanos de los países desarrollados padecen un mal, llamado genéricamente fiebre consumista, según el cual, en lugar de ser felices beneficiarios de su propia prosperidad, son sus víctimas. Esto, el erudito Martín Cué diría que tiene que ver con la raíz cristiana de la civilización occidental, inventora del bienestar y el ocio, pero muy marcada por un sentimiento de culpa, que se traslada al propio diagnóstico de su éxito. De ahí también el prestigio del malrrollismo cinematográfico europeo, del tipo Michael Haneke. Desde la Ilustración, el desarrollo económico es la finalidad de todo gobernante, mejorar las condiciones de vida de sus administrados, proporcionarles prosperidad, comentaba al que suscribe el emérito historiador Miguel Artola. Y se logró en buena medida contener y limitar la miseria en occidente. Pero ahora, ejercer esa prosperidad buscando el solaz en la adquisición descontrolada de cosicas placenteras, sean bebidas espiritosas, porno, coches buenos, productos audiovisuales en formato digital, ocio electrónico, teléfonos portátiles que nos mantienen más próximos a los nuestros o viajes a la Conchinchina allinclusive, es una enfermedad y además una demostración de nuestra inmoral indiferencia hacia el hambre del mundo. Siéntanse culpables y gástense dinero en apadrinar niños, luchar contra el cambio climático y alimentar refugiados. El sosías del firmante financia de antaño a Greenpeace, ACNUR y alguna otra secta rara de la que ya se borró, como el Círculo de Lectores. Admitamos que en la financiación de la organización de la ONU para los refugiados tuvieron un peso innegable los ojos verdes y las pecas de la pequeña pelirroja que en la calle recababa socios. Y en la memoria de su cuerpo pequeñito reside la explicación de que hace un mes, cuando los de ACNUR llamaron para solicitar un incremento de la cuota la respuesta de este lado fue: “Sí, sí, un 50%”.


La prueba que delata el origen religioso de este desatino, que ha hecho de la felicidad del pobre y la desesperanza del rico también un meme, es que los males que desencadena la opulencia de la civilización ésta son de naturaleza espiritual. El cine ha contribuido a la consolidación de esta dramaturgia, tanto el de izquierdas como el de derechas. Lo mismo puede leerse en la bellísima y ya citada Un lugar en el mundo y en la agresiva Wall Street (1987), de Oliver Stone, por mencionar dos modelos de izquierdismo, que en las muy filocapitalistas Jerry McGuire (1996), de Cameron Crowe, El secreto de mi éxito (1987), de Herbert Ross, o Seabiscuit (2003), de Gary Ross.

Ésta última es una película bastante ñoña, así como de lágrima fácil, que tuvo mucho éxito en los Oscar y que habla de carreras de caballos y de la Gran Depresión, aquella del día en que la bolsa se hundió con estrépito. Pero no antes de ayer, sino antes de todos los ayeres suyos, en 1929. De cómo pobres y parados recuperan la esperanza al ver galopar a un caballo porque el que nada tiene nada extraña y tal y cual y pascual. Las obras de los hombres no siempre son expresión de su carácter, menos que en ningún lado, en el cine. Pues no puede ser que el director y guionista de Seabiscuit lo sea también, sólo cinco años antes, de Pleasantville (1998).


Verán, Pleasantville es una fantasía en la que dos hermanos, David y Jennifer (Tobey Maguire y Resse Witherspoon) se cuelan accidentalmente en una serie de televisión en blanco y negro que reflejaba la idílica vida de la América de los años 50. En una ciudad que vive ese ideal familiar norteamericano, alimentado por la prosperidad y el electrodoméstico. La llegada de los ajenos desencadenará una revolución, un proceso de desencantamiento, es decir, de pérdida de la inocencia, pero retratado de un modo absolutamente subversivo. Porque el ideal feliz se orquesta en torno a rutinas inamovibles, de maquinaria inanimada, y el mecanismo de pérdida de la inocencia, texturado aquí como descubrimiento del mundo, descansa en la revelación del placer sexual, capaz por sí solo de poner patas arriba todo un modelo social reprimido y puritano y de animar a sus miembros al abandono de las viejas usanzas para emprender la persecución del nuevo gozo. Y la expresión plástica de la diferencia entre los redimidos por el placer y los observantes de la represión es el color. La ciudad y sus gentes van siendo coloreados por su propio deseo.

Lo que nos lleva otra vez al país de Oz y su radiante policromía y a concluir que por este sencillo mecanismo argumentativo hemos encontrado el sentido de la vida. A lo tonto y a lo bobo: No hay meta tras el camino, y por sufrir la senda pagan tanto como por disfrutarla. Así que pónganse unas zapatillas cómodas, una camiseta fresca y unos vaqueros. Cojan un forro polar por si refresca y una gafas de sol, y echen a andar sin miedo alguno. Tengan en cuenta que “Todo se convierte en placer cuando se hace a menudo”. Lo escribió Oscar Wilde, que gustaba de epatar al personal con su gracejo e ingenio, pero que de goces y abandonos tenía un máster. Hale, ya les he arreglado la vida, ahora apuren sus copas y circulen, que vamos a ir cerrando.





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