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El pizarrín

Javier Goñi

En el país de los Soviets


Déjenme que les diga que según Louis Malle, tintinólogo, Proust  era para entretenerse y Tintín para instruirse. Eso al menos le hace decir a un personaje de su hermosa película Le Souffle au cœur (Un soplo en el corazón). La película acaso la recordarán: es una bellísima y delicada historia de iniciación sexual por parte de un adolescente, enfermo, que va a curarse a un balneario, en compañía de su madre, de actriz la hermosísima Lea Massari, con quien traspasará complicadas líneas de fuego. Pero todo contado con una delicadeza extrema.


Lea Massari

La película de Malle transcurría en Dijon, donde las mostazas y la Francia profunda, en el seno de una familia de un médico acomodado, y en Dijon –lo recuerdo ahora— la vi un verano, el del 72, en un esparcimiento cinéfilo de lo prohibido –y viniendo de España todo era prohibido: veranos aquellos de El último tango, La naranja mecánica, La grande bouffe, y así, en fin—. La he vuelto a ver no hace mucho en un cuidado DVD, con folleto incluido, y ni entonces, en el 72, en el propio Dijon, ni hace meses en mi propio salón, reparé en la anécdota que me encontré el otro día en el estupendo libro –ya lo había sugerido en pizarrines anteriores— de Fernando Castillo, tintinólogo de pro y de saber comprobado, autor de Tintín-Hergé. Una vida del siglo XX (Fórcola).


¿Recuerdan la anécdota? El joven Laurent Chevalier, con una adolescencia a flor de piel, enferma de cuidado, esas enfermedades iniciáticas a la lectura, por ejemplo, enfermedades plácidas y sensuales, y en cama, en su chalé acomodado de Dijon, entre atenciones y mimos de su madre, la estupenda Lea Massari, esa italiana con acento de Dijon –vean, vean la foto que tomo del folleto del DVD—, recibe también atención de su hermano mayor, que le trae una tarde un par de cosas para que lea, y la frase: “Toma, Proust para entretenerte y Tintín para instruirte”. Esta declaración de principios sólo se lo permite un francés, desde luego, pero es que Louis Malle fue un tintinólogo confeso e incluso tituló una de sus películas últimas, Milou en mayo, una suerte de locus amoenus en la campiña francesa del sur mientras en París era mayo del 68. Milou, claro, por el fox terrier blanco que acompaña a Tintín y que me solía, no soy tintinólogo de pro, solo aficionado, erizarme el vello del brazo derecho, o del izquierdo, no el de los dos a la vez, puesto que  mi animadversión, controlada, por el perillo no llegaba a tanto. En fin, Milou.


Serrano. "Tintín en el país de los soviets"

Pero, vamos, no es mi pretensión hablar, aquí y ahora, de Tintín, porque viene Spielberg, y su Tintín, caerá en otras manos más experimentadas que éstas mías, pero la cosa es que estando con el libro de Fernando Castillo, que amplía y mejora una obra suya anterior (El siglo de Tintín, Páginas de Espuma, 2004), me encuentro en la madrileña Galería José R. Ortega con una exposición colectiva, Tintín, 25 miradas. Tintín visto por artistas españoles, en la que está metido Castillo, y algunos de los 25, cada uno se ocupa de un álbum, por orden cronológico, son Damián Flores, Pelayo Ortega, Ángel Mateo Charris, Dis Berlín y César Fernández Arias, por citar unos pocos hasta los 25 que sería de justicia citar. Como Luis Serrano, al que le ha tocado el primer álbum, Tintín en el país de los soviets, que por aquí aparece –por gentilez@ del galerista— y que viene mucho a cuento.

Uno es de mucho picotear, con lo que eso engorda, y el otro domingo, primero de octubre, lo estuve haciendo con lo de Tintín, el libro de Castillo, pero también con una biografía que el francés Pierre Assouline, que dirigió la revista Lire (tan adaptada en el mercado español literario), le dedicó a Hergé (versión española, Destino, 1997). Y como en este pizarrín –lo acabaré de decir en algún momento— me interesa precisamente Tintín en el país de los soviets, a ello voy.


Deneika. "Autorretrato"

Por lo que he ido picoteando a Georges Remi, Hergé, un abate, Norbert Wallez, de gran influencia moral en él, le animó a crear unas historietas de un adolescente –ese Tintín imposible, de edad ambigua, de pantalón bombacho, y flequillo/tupé/mechón travieso— y un perrito, “dentro de un espíritu misionero, virtuoso y católico”. La aventura comienza en enero de 1929 cuando el joven periodista Tintín viaja en un tren –en la iconografía soviética el tren es símbolo del progreso, del avance de la utopía comunista: vemos muchos trenes en los cuadros de Deineka, a Deineka iré enseguida— hacia Moscú y pudo encontrarse, acaso en el vagón—comedor, con León Trotsky, que acababa de ser expulsado. Como los tintinófilos (entre 7 y 77 años) saben porque se lo han leído a los tintinólogos, Tintín en el país de los soviets fue  apareciendo en ese año 1929 en un semanario infantil belga y católico, y al año siguiente se publicó en álbum. Hergé, muy católico y conservador, participaba en esos momentos en la corriente antisoviética que recorría –como un fantasma aterrorizado— Europa, un álbum y un contexto, que describe bien Castillo, a la vez que enumera los numerosos libros que se publicaron entonces de viajeros que fueron a la URSS a confirmar lo que intuían, a asegurar sus convicciones y, lo que es más importante –y ahí está el caso excepcional de André Gide—, a reflexionar lúcidamente sobre lo que era y no debería ser aquella utopía revolucionaria; y lo denunciaron.

Castillo no duda del anticomunismo evidente de este primer álbum, pero anota que Hergé, artista, “sucumbe a la influencia estética de la Revolución e, incluso, llega a recoger uno de los símbolos más característicos de la vanguardia rusa”, y se refiere a una viñeta –en el momento de transmitir esta crónica no tengo el álbum delante—, un cuadrado negro, que introduce en una pelea entre Tintín y unos desalmados miembros de la policía secreta, la GPU, y que según Castillo “resulta difícil no imaginar in guiño del dibujante hacia la pintura suprematista de Kasimir S. Malévich, los célebres cuadrados negros sobre fondo blanco”.


Deneika. "Mediodía"

Y de Malévich a Aleksandr Deineka (1899-1969), la principal figura del llamado realismo socialista soviético, y cuya obra puede verse en Madrid, en la sede de la Fundación Juan March, a partir del viernes 7 de octubre y hasta el 15 de enero próximo. La muestra expone por vez primera en España a esta figura capital del arte soviético, situando su obra –pinturas de gran formato, dibujos, bocetos, revistas, libros, fotografías— en el doble contexto del final de la vanguardia y el advenimiento del propio realismo soviético, una vanguardia, en la que se inició Deineka, y que está presente en la exposición –obras de Malévich, el homenajeado por Hergé en su primerizo Tintín, de Rodchenko, de la Popova, de El Lissizky y demás figuras del espléndido gotha de la vanguardia rusa de entonces—. De esta forma, en este doble contexto, la muestra acaba siendo no solo una retrospectiva de Deineka, sino también una historia de lo sucedido entre los orígenes de la vanguardia alrededor de 1913 y la muerte de Stalin en 1953.

Deineka tenía 18 años cuando el triunfo de la Revolución bolchevique, fue contemporáneo casi de Lenin y sobre todo de Stalin, época en la que hizo su obra principal, y murió a finales de los años sesenta como Presidente de la Academia de Bellas Artes de Moscú. Fue, pues, como escribe en el catálogo de la exposición Manuel Fontán del Junco, comisario de la misma, un auténtico homo sovieticus, un artista de una generación casi completamente educada ya y desde luego profesionalmente activa sólo durante el régimen soviético: una vida y una obra determinadas, por tanto, por el régimen político instaurado tras la caída del zar Nicolás II.


Deneika. "El-juego de la pelota"

Sus escenas de masas y fábricas –muchas de ellas cuelgan en las paredes de la Fundación Juan March, a partir del 7 de octubre—  se revelan como formidables metáforas de los ideales que comenzaban ya a convertirse en el motor y la fuerza de una de las potencias que definiría buena parte del siglo XX: la utopía soviética de la total transformación revolucionaria de la realidad social y material por la dialéctica del capital y del trabajo. Escenas de masas y fábricas, y muchos cuerpos atléticos, pues como escribe en un texto del catálogo el ensayista de origen ruso Borís Groys –algunos de sus libros están publicados en España en Pre—Textos—, Deineka es uno de los pocos artistas de su época en cuya obra el deporte ocupaba un lugar central. Pero como señala agudamente Groys el cuerpo atlético en Deineka nada tiene que ver con un tipo de cuerpo aristocrático, cultural y socialmente privilegiado –como los atletas olímpicos de Leni Riefenstahl—, sino que los de Deineka son cuerpos proletarios.


Y aunque siempre según Groys Deineka fue uno de los artistas soviéticos oficiales más célebres, destacados y de mayor éxito durante el gobierno de Stalin, para Manuel Fontán del Junco, director de Exposiciones de la Fundación Juan March y comisario de esta muestra, el desarrollo de su obra puede leerse como la trama de una novela, la de la formación del realismo socialista desde bases de vanguardia: su infancia y adolescencia en los ambientes de la vanguardia, su juventud revolucionaria, atestiguada en el radicalismo de algunos de sus dibujos de los años 20, su madurez pictórica durante el estalinismo de los años 30 y, finalmente, su ambigua tercera edad durante los cuarenta, hasta su muerte en 1969, “desestalinizado” ya el país.

En fin, con esta exposición de Deineka en la Fundación Juan March, con otra colectiva en La Casa Encendida, que se inaugura también estos días, bien puede decirse, sí, que vienen los rusos, este otoño, y además vayamos a verlas, ambas exposiciones, con un libro o varios bajo el brazo, que la editorial Nevsky Prospects anuncia la salida inmediata –lectores al tren— de una antología preparada por Care Santos, Rusia Imaginada: diez viajes por el paisaje ruso, una colección de cuentos “rusos” —copio— inéditos de autores españoles, de gentes como Jon Bilbao, Berta Vías Mahou, Pilar Adón, Marta Sanz y otros. Habrá que leerlos. Yo me quedo, mientras, en el andén del Doctor Zivago, con dos libros “rusos” que me interesaron mucho en su momento, ambos publicados por Pre-Textos hace unos años: Los días rusos (1996), tres novelas cortas de Adolfo García Ortega, la tercera situada en Moscú, en un congreso médico, de la que recuerdo con agrado una escena de vodevil que protagonizan la tropa nativa, todavía soviética, y el médico español, en mitad de la tundra, en una posada rusa de mil y una puertas que se abren y se cierran. Y la otra novela –excelente— es de Rubén Caba que en 2000 publicó  Días de Gloria, una extraordinaria travesía viajera y aventurera por la URSS, que me causó una gran impresión.

En fin, que vienen los rusos, este otoño, y menos mal que tenemos a Tintín para darles una tunda de palos a esos soviets, cuyas pantorrillas, además, mordisquea a conciencia el insoportable Milou, ese perrito.




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