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El mirón impaciente

Eduardo Nabal

Demasiado malo


No cabe duda de que el realizador de La caja 507 tiene ciertas habilidades como narrador que salvan gran parte del desaguisado de No habrá paz para los malvados, un thriller hecho para el lucimiento de un crepuscular  y violento José Coronado en el papel de  un amargado policía en contacto con el tráfico internacional de drogas. Pero No habrá paz… no se conforma con ser un entretenimiento con muchos decorados  que imita al cine negro norteamericano sino que tiene ciertos aires de alegoría sociológica, de retrato psicológico y de fábula moral que se derriten ante un guión tan complejo como poco atractivo en su desarrollo y en los tipos humanos que lo pueblan.

Los escenarios del filme son comisarias atestadas, locales de alterne, negocios sucios,  apartamentos desvalijados, grandes almacenes, cajas fuertes y una imagen algo inverosímil del mundo de la droga en la España de nuestros días. Así, el racismo, el machismo y la simpleza del psicótico inspector Santos acaba contagiando la filosofía peregrina de un filme, cuidado en su puesta en escena, pero cada vez más carente de sentido. Urbizu pone su talento como creador de espacios y situaciones claustrofóbicas al servicio de una historia de prensa sensacionalista con ribetes de culebrón noir. Estamos ante un filme alabado por los críticos por su fuste narrativo, pero en el que la frialdad inunda la pantalla al igual que los supuestos “encantos” del envilecido protagonista no aparecen por ningún lado, a pesar del esforzado trabajo del actor, que daba mucho mejor en La distancia de Iñaki Dorronsoro que en esta especie de cruce entre Don Siegel y William Friedkin en horas bajas, aderezado con algunos toques castizos.

Poco se puede rescatar de un filme trepidante y sobrado de oficio pero carente de verdadera fuerza y originalidad, donde los secundarios se nos antojan tan inverosímiles como la trama en la que el director pretende enredarnos con más efectismo que inteligencia. Se trata, pues, de un filme que,  aunque con muchas secuencias de acción y  un  reparto de lujo, fracasa en su principal propósito: entretener y que, en cambio, nos deja una imagen bastante penosa  de los guardianes de la ley y el orden a pesar de los avances sobre el papel y en las nuevas tecnologías. El convencionalismo sacude un relato con pretensiones que, a pesar de sus muchos puntos de giro argumentales, y el esfuerzo del director con su protagonista se nos antoja banal y previsible de principio a fin. Algunas composiciones visualmente atractivas no compensan un argumento de puzle  con personajes de una pieza.




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