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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

Mártires de la belleza


Muy acertadamente Luis Antonio de Villena dice al principio de este opúsculo que ha dedicado a la guapura breve y tornadiza de efebos célebres que: «La belleza física acerca poderosamente a la divinidad, y en un tiempo esteticista y superficial  como el de hoy  convierte a elegidos y elegidas en seres privilegiados, casi olímpicos».

También nos explica el porqué ha elegido hablar de casos masculinos exclusivamente cuando aclara: «la unión de belleza y juventud es un atributo en la masculinidad, si no exactamente más nuevo, más moderno, más típico de este tiempo y de sus contradicciones».

Así,  Mártires de la belleza (Cabaret Voltaire) se convierte en una especie de diorama moral en la que la guapura parece  ─y de hecho lo es─ más una maldición  que un regalo de los dioses.

A su capricho, que para eso es el autor, Villena va insertando filminas (¿se acuerda alguien ya de qué eran esas cosas?) en las que su memoria (tan selectiva como la de los demás mortales) va eligiendo personajes, y a veces personajillos, que tuvieron una floración exultante y después se marchitaron como exóticas y efímeras orquídeas de invernadero en los pudrideros del olvido cuando no ─y son los más─ la Parca se los llevó por delante.

Sin seguir una cronología preestablecida, lo que yo he agradecido bastante como lector, el ensayo comienza con un inglés, John Moulder-Brown, que comenzó su andadura con el Ibáñez Serrador  de los terrores, y un español, David Carpenter, salido de la cantera juvenil de Eloy de la Iglesia ─que los elegía o tarzanes o canallescos─. Y  es en esta búsqueda de olvidados en la Morgue de la volátil fama donde se encuentra lo más interesante del libro, resucitando nombres y rostros que surgen de un más allá del tiempo, y vienen en nuestra busca mendigando  un recuerdo de lo que fueron.

No hay un elemento añadido de morbosidad en la disección que Villena  realiza cuando trata de casos de hermosuras  más conocidas, perdidas en los bucles del tiempo, o que se convirtieron en hermosos cadáveres; y su forma de presentarnos tan manoseados personajes se limita  certeramente al recuerdo personal que le suscitan ─unas veces más cálido y cercano que otras─ pero siempre huyendo del gacetillismo.

Así pululan por la galería Leonard Whiting  ─aquel hermoso Romeo de paquete renacentista que nos regaló Franco Zeffirelli en su impecable y adolescente versión de Romeo y Julieta realizada en 1967─, o River Phoenix, el bad boy más icónico de su generación, o el inevitable James Dean, o el edénico Christopher Atkins, o Helmuth Berger, el amante de Visconti, o el farrahfawcettino cantante Leif Garret, etc., etc., etc.

También hay sitio para los mitos clásicos ─Villena es uno de sus mejores conocedores─  y aquí, junto al modelo prístino Antinoo, recupera dos inéditos: Cesarión, el hijo de Julio César y Cleopatra, tan eclipsado por la fama de sus progenitores,  y un oscuro joven faentino de origen, Astorre Manfredi, que se convirtió en el breve amante de César Borgia, él mismo  también otro protomártir de la juventud, la belleza y la muerte temprana.

El recorrido continúa entre meandros de fama y belleza, del pasado al presente, presentando un martirologio  de la hermosura recreado por el buen, y de sobra conocido y contrastado, hacer literario del autor.




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