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El mirón impaciente

Eduardo Nabal

Grandilocuentes y panteístas


Como en otros de sus filmes, se diría que en El árbol de la vida Terrence Malick quiere socavar algunos valores de la cultura estadounidense al tiempo que les rinde pleitesía desde una estética, sumamente arriesgada en este caso, pero demasiado cercana a la cursilería y el panteísmo.

Con un prólogo y un epílogo sonrojantes, llenos de música litúrgica, imágenes altisonantes y una voz en off innecesaria, nos adentramos en diferentes episodios de la vida de una familia de la Norteamérica profunda sumida en un extraño régimen patriarcal y religioso que pronto muestra su cara menos amable.

Las secuencias mejores del filme son aquellas en las que los niños, tras el primer enfrentamiento con su padre, parecen descubrirse a sí mismos y entran en contacto con la naturaleza, las personas y los objetos, sin dejar de idolatrar algunos de los valores más oscuros que les han inculcado.

Situada en los años cincuenta y apoyada en una cuidada iluminación de Emmanuel Lubezki, El árbol de la vida vale más por algunas secuencias aisladas y por la esforzada interpretación de Brad Pitt (como ese padre ambiguo y poco simpático) que por su intento desesperado de contar una novela-río familiar en forma de poema visual que, a ratos, se nos antoja perturbador y fascinante y otras veces irritante, ampuloso y sobrado de retórica.

Malick no ha hecho una película redonda desde Malas tierras, pero en esta ocasión arriesga mucho al romper algunos códigos de la gramática cinematográfica y sorprendiendo al espectador con una mezcla de ternura y aspereza, hiperrealismo y pedantería teológica que resultan  difíciles, si no imposibles,  de asimilar de golpe.

Estamos, pues, ante un filme extraño, visualmente pretencioso e impactante, aunque lleno de momentos de gran fuerza expresiva gracias a la mirada de los niños y a las relaciones ambivalentes de éstos tanto entre ellos como con los adultos,  al igual que el propio director extrañamente peleado con esa cultura en la que vive inmerso. La muerte, la guerra, la sumisión, los lazos familiares, la rebeldía, la reconciliación y la soledad aparecen y desaparecen misteriosamente en una película apreciable sacrificada en el altar de la grandilocuencia. La belleza, la sutileza y la intensidad se pelean a lo largo de El árbol de la vida con la música sacra, la estética de postal  y los sermones más primitivos.




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