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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

Las postreras aventuras del espectro juvenil de Nathan Zuckerman


Philip Roth (Newark, 1933) tiene el raro privilegio, entre los escritores  americanos, de ser igualmente fustigador en el retrato del antisemitismo larvado de la sociedad americana como en el victimismo endémico de su propia comunidad. Y ha venido haciéndolo desde la publicación de su primera novela, Good Bye Columbus (1959), que ya le valió los primeros ataques de ambas partes; y así ha continuado a lo largo de una carrera que ya dura cuarenta años.

Roth fue uno de los primeros escritores en mostrar una activa disidencia frente a los abusos de la administración pública (mcarthismos y otros ismos que han ido infectando la política americana de las últimas décadas) y, a la vez, ofrecer una visión, casi esperpéntica, de los hábitos sociales y religiosos de los judíos americanos a través de los ojos de los protagonistas de sus novelas, gente anónima en el mayor de los casos, que intenta escapar de su propia identidad y vivir otras vidas.

Con un mucho de sufrimiento y otro tanto de sarcasmo, Roth es un maestro contumaz en la mezcla de drama y humor. Certero en sus cargas de profundidad, es capaz de arrancar una carcajada del lector en el momento más trágico de sus libros.

En su última novela, Sale el espectro, nos encontramos de nuevo con un personaje, el escritor Nathan Zuckerman, su alter ego, como lo es también Kepesh, protagonista de una serie de novelas anteriores, Pastoral Americana (Anagrama) premio Pulitzer 1998, Zuckerman encadenado (Seix Barral) y alguna más. Ya en la setentena, su forma de expresión y su visión de lo que le rodea, llena de acidez e ironía, se ha ennegrecido más si cabe con el paso de los años.


Zuckerman vuelve a New York después de once años de  destierro voluntario en las montañas de Massachussetts, donde se ha dedicado exclusivamente a escribir y leer, dispuesto a un ajuste de cuentas con su propio espectro juvenil.

Obviamente la ciudad y el país han cambiado mucho en esos años: Bush Jr. ha ganado su segundo mandato, el sky line ha perdido dos torres, la gente parece mas huidiza y temerosa, la ropa de las  adolescentes ha perdido terreno frente a la piel; y están los móviles, y esos molestos pañales que lleva para sus pérdidas de orina producidas por una prostatitis de la que ha venido a curarse a la ciudad.

Como puede verse no es un escenario que invite a quedarse, pero aún así tiene tiempo de enamorarse de nuevo de una jovencita con un ardor que sus problemas urológicos hacían impensable, de reencontrar a Amy Bellette, un amor de juventud, ahora vieja y herida de muerte, de sufrir el acoso de un biógrafo de su maestro E. I. Lonoff, y hasta de seguir leyendo.

Novela oscura y crepuscular que denota el estado de ánimo que ya se atisbaba en El animal moribundo (Alfaguara) y Elegía (Mondadori), refleja como ellas su obsesión creciente por el deterioro físico y por las enfermedades que van minando  el cuerpo y por la indignidad e iniquidad que representa el hecho de envejecer, el único y verdadero infierno para el ser humano.

Y aunque pueda parecer un libro angustioso y triste, en absoluto lo es. La   clarividente lucidez de su autor al tratar una vez más sobre las relaciones entre la vida y la literatura, la muerte y el acto de la creación; entre personaje y autor siguen siendo la médula espinal de la obra rothiana a lo largo de los años.

Sale el espectro. Philip Roth. Ed. Mondadori.




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