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El pizarrín

Javier Goñi

Una bandada de gansos


Déjenme que no les diga, y ustedes a mí, dónde estaba(n) esa tarde, hora peninsular, de aquel día de septiembre, y les invite en cambio, si les parece, a asomarse un año antes a la ventana de mi habitación, frente al Madison Square Garden y la Penn Station, un piso alto, una habitación más de las 1705 que tiene el Hotel Pennsylvania, ese hotel que frecuentamos los (algunos) españoles instruidos que leemos (todavía) a Julio Camba, que somos menos que los Amigos (españoles) de la Capa, que a lo mejor son más. Seguro.


Camba, ese gallego vividor, descreído y pagano, señor de derechas, porque el humor –decían– siempre es de derechas, y que murió –decían– alojado sin preocupaciones por mano filantrópica española en el Hotel Palace de Madrid: entonces, mano filantrópica española con leyenda solo había una. Camba, digo, aquel estupendo escritor en periódicos, es autor de dos libros excelentes sobre N.Y: La ciudad automática (1942) y Un año en el otro mundo (1947), ambos australes rapiñados de la biblioteca paterna, y conservados desde entonces con un mínimo decoro.

Camba se alojó en el 31 del siglo pasado en el Pennsylvania, un mastodóntico hotel, cargado de historia, que tenía, recuerda Camba, dos mil habitaciones y cientos de tiendas, y donde había más bulla que en la estación de enfrente, tanto es así, recuerda el gallego trotamundos, que la estación parecía un hotel y el hotel propiamente una bulliciosa  estación. Y así también era en la primavera del año 2000, cuando uno aguardaba, con su bulto de llegar al Nuevo Mundo, haciendo una de las numerosas colas que se organizaban disciplinadamente y poca calladamente delante de los varios uniformados del repleto mostrador de recepción. Uno había llegado a Newark, unas horas antes, y no en barco, como Camba, en el Antonio López, en buen camarote, o hacinado como el personaje de América, América, de Kazan, o el joven Vito (luego) Corleone, en El Padrino de Coppola, o Marco y Rodolpho, los dos italianos sin papeles del estremecedor drama de Arthur Miller, que he leído este fin de semana último caprichosamente o a modo de memorial, Panorama desde el puente (en traducción de Eduardo Mendoza, en Tusquets); y tantos y  tantos cientos y cientos de emigrantes que vieron en sueños y entre la bruma la Estatua de la Libertad y despertaron en Ellis Island.


Yo esa primavera del 2000 fotmaba cola en el amplio vestíbulo de recepción del Hotel Penn y de vez en cuando giraba la cabeza por ver si,  en otro tiempo, en otras circunstancias, en las dependencias de inmigración de Ellis Island, mis ojos se encontraban con los suyos, los de La dama oscura de Bielorrusia, una mujer, “de una belleza tan insolente que paraba el mundo”, como escribe en la segunda línea de su madre el escritor norteamericano Jerome Charyn, uno de los grandes narradores policiacos de Nueva York, con su fascinante policía judío; a Charyn se le quiso publicar en España hace un tiempo, en Júcar,  en Plaza Janés, unas ediciones muy feas, unas novelas espléndidas, hoy supongo no se encuentran mi saldadas; algo ha rescatado RBA y otras editoriales, pero poco: por si vale de algo: ¡busquen a Charyn!


Pues bien, en aquella primavera de 2000 en NY el libro que más me impresionó fue éste, La dama oscura de Bielorrusia, que editó en octubre de 1999, ni ellos se acordarán, Planeta, en un sello nuevo, “Boulevard”, del que nadie se acordará. “Había nacido en 1911, como Ginger Rogers y Jean Harlow, pero no era rubia platino: era la dama oscura de Bielorrusia”, escribe Charyn de su madre en unas hermosísimas memorias de una familia judía muy humilde –qué gran literatura de la memoria y del trastierro han escrito siempre los escritores judíos, de NY, así de pronto, Henry Roth e Isaac Bashevis Singer, y tantos–. Un libro menor, acaso, el de Charyn, pero hermosísimo, y que a mí me marcó en aquel viaje de la primavera de 2000. De la mano de aquella “dama oscura” crucé más de una vez Canal St, y atravesé  Little Italy y Chinatown, y una mañana no tuve paciencia para subir a lo más alto de las Torres, tras aguardar un par de horas con una fastidiosa llovizna en la explanada del Worl Trade Center, que era más amplia, dicen todavía las guías de entonces, que la Plaza de San Marcos de Venecia. Por aquellas calles de TriBeCa y del Soho pagué un café detrás de Willem Dafoe, compartí el contenido de un escaparate de ropa masculina con Ethan Hawke  y tuve un cara a cara, en una calle minúscula y totalmente desierta, con Quentin Tarantino,  quien me sonrió al cruzarnos como si supusiera que yo le hubiera reconocido.


Aunque no estaba el banco de Woody Allen de Manhattan, recorrí a pie el Puente de Brooklyn, y mientras me alejaba se perdía el sonido de los gritos de los estibadores del puerto, ya era una sombra Marlon Brando en La ley del silencio, de Kazan, o Eddie, el estibador que no reconoce lo que siente por su sobrina y delata a Rodolpho y a Marco, los sin papeles de Panorama desde el puente, y lo atravesé y me acerqué a Willow Street, una colonia de casas bajas, de apacibles escalinatas, como escapadas de otro tiempo, y en el nº 70 escribió Capote Desayuno en Tiffanys, ante cuyo escaparate, sí, como un turista más había estado la otra mañana, aunque no llevé cruasanes, aunque sí –siempre: hasta que lo acabé– el libro de Charyn. En la misma calle que Capote vivió en el 155 Arthur Miller, hijo de Brooklyn.


Aquella primavera  del 2000 salía temprano del Penn Hotel de la mano de aquella hermosa dama de Bielorrusia, pero también iba de la mano de Joe Gould, ese mítico y extravagante escritor de bares y calles del Village, con quien todo el mundo chocaba, en décadas anteriores, y que estaba escribiendo una interminable Historia oral de su tiempo y de sus calles, ese hormiguero de Manhattan, trufado de celebridades y donde él, Joe Gould, brilló de una forma especial. Sobre Joe Gould yo me había traído entonces otro de los libros que te marcan de forma caprichosa y para siempre, El secreto de Joe Gould, del periodista del The New Yorker Joseph Mitchell y que Jorge Herralde, aquella primavera del 2000, había editado en Anagrama. Como las cosas son como son, a veces, en una bocacalle, en un cine, anunciaban la película basada en el libro de Mitchell que dirigió e interpretó Stanley Tucci. Yo creo que esa película no se estrenó nunca en España, aunque existe en DVD, y en este formato la he visto y como decía la cabra de Hollywood mientras se comía un libro a su compañera que se comía un rollo de película yo prefiero el libro, el libro de Mitchell.

Mitchell fue uno de esos grandes escritores-periodistas que dio The New Yorker, y otro lo fue E. B. White, un escritor de revista amigo de la cálebre cuadrilla de la Mesa Redonda del Hotel Algonquin, en la 44, entre la 5º y la 6ª, donde pontificaba y presidía la gran Dorothy Parker, excelente cuentista y mujer de leyenda. Del grupo hay película que tengo (mal)guardada en la memoria, aunque vista. Pues bien E.B White es el autor de un breve y apasionante pequeño texto sobre NY, esa ciudad tan bien (d)escrita, que es un precioso y preciso homenaje. Un ensayo, brevísimo,  donde se encuentra este párrafo:

“El cambio más sutil que ha experimentado Nueva York es algo de lo que la gente no habla demasiado pero que está en la imaginación de todos. La ciudad, por vez primera en su larga historia, se ha vuelto vulnerable. Una escuadrilla de aviones poco mayor que una bandada de gansos podría poner fin rápidamente a esa isla de fantasía y quemar las torres, derribar los puentes…”


Aunque la edición española de E. B. White, Esto es Nueva York, de Ed. Minúscula es de 2003, la original estadounidense es de 1948, cuando aquel periodista-escritor creyó ver una escuadrilla de aviones en lo que era una bandada de gansos, o al revés. Un estremecedor –y curioso: son las cosas de la literatura– avance de lo que pudo ser, de lo que acabó siendo. Quién sabe si E. B. White recordaba, a finales de los cuarenta, cuando escribió su homenaje a NY, lo que había pasado el sábado 28 de julio de 1945 cuando el teniente coronel William Franklin Smith Jr, con un bombardero B-25 a su cargo se ofuscó por la espesa niebla que se asentaba en el Hudson y fue a dar contra el Empire State Building. Dicen los cronistas que se estrelló contra la planta 79, que el avión pesaba 12 toneladas, que el Empire embestido se tambaleó en un arco de casi 1 metro y el avión al caer hizo un agujero de ocho metros. Murieron porque era sábado unas quince personas, de haber sido día laborable el número de víctimas hubiera sido considerable. Lo del Empire se cuenta, con mucha pluma, en una guía de NY de la colección “Sin Fronteras/The Rough Guide”, que el mismo año 2001 publicó en España  Ediciones B.

Como hacemos todos los que vamos –una vez– a N.Y., la subida a lo alto del Empire parece obligada, aunque no se haya quedado forzosamente, al atardecer o pasado un tiempo, con alguien; eso se lo dejamos a los del cine. Gay Talese quizás no tuvo que subirse a lo alto de Empire –él es NY– para escribir uno de esos textos que le han dado fama, el titulado Ciudad de cosas inadvertidas y que aparece en Retratos y encuentros  (Alfaguara, 2010), y donde se dice que NY es una ciudad de gatos que dormitan, de millares de hormigas que reptan por la azotea del Empire State –¡sí debió subir Talese alguna vez!–.  Para él NY es una fuente de datos curiosos: los neoyorquinos se tragan cada día 460.000 galones de cerveza, devoran 3.500.000 libras de carne y se pasan por los dientes 34 kilómetros de seda dental, y prosigue.


Pero es hora ya de abandonar NY. Me asomo a la ventana que da a la Penn Station. Meto en la maleta los libros de Camba y el de Mitchell. El de La dama oscura de Bielorrusia lo llevo conmigo, en un bolsillo de la americana. El gran vestíbulo del Hotel Pennsylvania parece el lugar de acogida de Ellis Island. Busco por última vez encontrarme con la dama oscura, la madre de Charyn. En vano. Tampoco he subido a las Torres. Ya nunca subiré. Cómo suponer que esa bandada de gansos puede mudarse en una escuadrilla de aviones.

(Y sí, aquel 11 de septiembre yo había comido en un japonés, a la sombra de las Torres Kio, cerca de la Plaza de Castilla, y oí por la radio del taxi el segundo impacto, y miré el dial a ver qué programa era. Y supuse que yo era como un radioyente que un 30 de octubre de 1938 oye de improviso la voz de Orson Welles en su célebre adaptación radiofónica de La guerra de los mundos:
“Señoras y señores, esto es lo más terrorífico que nunca he presenciado… ¡Espera un minuto! Alguien está avanzando desde el fondo del hoyo. Alguien… o algo. Puedo ver escudriñando desde ese hoyo negro dos discos luminosos… ¿Son ojos? Puede que sean una cara. Puede que sea…”

Yo estaba en un taxi ese 11-S, ¿y usted?)




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