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El pizarrín

Javier Goñi

Persianas bajadas y botijo

Déjenme que les diga que uno ha transitado, este pasado agosto, por ciudades de papel, emboscado en el castillo de uno, con las persianas bajadas y el botijo en una esquina, no fueran a ocupárselo, el castillo de uno, esas hordas de jóvenes con mochila esponsorizada. Las persianas bajadas, o a medio bajar, por los cacos, o por los cruzados del Buen Alemán, con el botijo cerca, haciendo creer, a los vecinos, que estaba veraneando, tan ricamente, en Cercedilla, como en las películas españolas de quieroynopuedo, B/N, años cincuenta. En algunas.

No lo quería contar, pero: a principios de agosto una concatenación de hechos, una caída de tensión que me borró un billete de lastminute.com y una obsesión que me sopló El Maligno –que a los jóvenes mochileros se les ponía cara de okupas y andaban al ojeo rapiñando para la Buena Causa casas desalojadas por el ferragosto madrileño- me hizo emboscarme en casa sin querer salir, más que a lo justo, protegiéndola, y me refugié, topo con avideces lectoras, con un hatillo de libros con los que aliviar la espera, libros todos ellos que me trasladaban a otras ciudades, ciudades de papel.

Ciudades de papel, otras, que me hacían olvidar en qué se me había convertido mi ciudad, ésta, que ya lo decía el dicho popular del tiempo de por lo menos Romanones, de cuando Ciudad del Vaticano era un Estado o algo así; el dicho ése: Madrid, en verano, es como Baden-Baden, por la vieja ciudad-balneario alemana. Los pájaros de Baden-Baden, aquel hermoso relato de Ignacio Aldecoa, “Era la hora del ocaso y estaba sentada en la terraza de aquel bar del paseo de Rosales como si estuviera en un mirador que al mismo tiempo fuese un muelle…”, ese cuento con el que las profesoras Ángeles Encinar y Carmen Valcárcel finalizan el libro colectivo sobre “nuevas perspectivas sobre su obra y antología de cuentos”, que así se subtitula Ignacio Aldecoa. Maestro del cuento, y que sacó la Ed. Edaf antes del verano, y con el que lo inicié, el verano, releyéndolo, a Aldecoa, un libro aquel, en el que además participaban otros escritores –evocándolo-, Luis Mateo Díez, Merino, Aramburu, Iban Zaldua, Julia Otxoa, otros, e incluso el muy (atlético)madrileño Manuel Longares, que nos dejó esta primavera una hermosísima historia madrileñas de cuatro puntas, de cuatro épocas, de cuatro atmósferas, Las cuatro esquinas (Galaxia Gutenberg).

Y pude, sí, soportar los ardores pasados –las persianas bajadas, el aliento luciferino de El Maligno, que hace gárgaras con una solución de azufre concentrado- de este agosto, esa multitud enmochilada, esa alegría tan peregrina, refugiándome entre otras páginas en las de un ensayo verdaderamente curioso, erudito y (a la vez) ameno, del que es autor un señor tintinólogo además, que igual habla, en Fórcola Ediciones de Tintín-Hergé. Una vida del siglo XX; acaso haya que referirse a Tintín, cuando venga Spielberg con su película y se nos esponsorice convenientemente este .com, que todos andamos con necesidad de mochila, y más con la vuelta del cole. Pues bien, el tintinólogo se llama Fernando Castillo, en Fórcola, y Fernando Castillo Cáceres, en Ediciones Polifemo, donde apareció hace meses un ensayo que tiene hechuras de sesudo trabajo académico y que acaba siendo algo mucho más sabroso y apasionante: Capital aborrecida. La aversión hacia Madrid en la literatura y la sociedad del 98 a la posguerra. Engaña el título, da más.

Pero no es de esta ciudad nuestra –mía, al menos-, si no aborrecida, sí sitiada, tomada, donde uno se encastilló con unos pocos libros, por esas obsesiones de uno, por si los clérigos-zapadores de Rouco le mendizabalizaban sus metros cuadrados en propiedad; de lo que quería hablar no era de esta ciudad, no, sino que quería hablar, sí, de las ciudades de papel visitadas este verano y no era mi intención –palabra- extenderme con los cruzados del Buen Alemán, que uno tiene algún entorno familiar que respetar –y lo hago, palabra-, pero es que este domingo último, en el colorín de El País, Javier Marías, otro airado madrileño (y madridista: qué drama esos días idos el de uno, barçista-guardiolista, sin poder gritar uno a uno, dos a dos, tres a dos, pues uno estaba para los vecinos en Cercedilla). Pues eso, que Marías, en lugar de escribir contra el dedo de ese dios menor que es Mou, arremetió con impulso soberano contra el Congreso Eucarístico que se formó en Madrid y qué quieren ustedes, me contagió: lo suyo es de incendiaria soflama en plan redactor del diario El Motín –viene en Wikipedia- y de las que obtienen indulgencia plenarias. A mí, Javier Marías escribiendo lo del domingo me parece como en el viejo juego infantil de esconderse y correr aquello de –tocando la pared con la mano- “excomulgado yo y todos mis compañeros”.

Que arda Marías en el microondas de Rouco, que para eso es él autor de éxito, y librémonos de todo mal los demás. Que uno prefiere ser como aquel personaje extravagante de  Jardiel Poncela –bienvenido sea el compañero Evaristo Aguirre yéndose a Jolivú con Jardiel este lunes pasado-, el de Eloísa está debajo de un almendro, que simulaba, sin salir de su casa –jamás de los jamases-, estar viajando continuamente, simulando vivir en un tren en permanente marcha en su salón de estar, con una sufrida servidumbre, convenientemente adiestrada para anunciar, estación a estación, o apeadero, los nombres de las mismas, y saber, además, que en Venta de Baños había que esperar al correo de Galicia. Genial Jardiel, que imaginó aquella farsa, con aquel caprichoso señor enclaustrado, que al menos pagaba bien a la servidumbre (decía Fermín, el viejo criado, antes de tirar la toalla: “los sueldos que se dan en esta casa son únicos en Madrid y provincias”; aunque con su inconveniente, que admitía el señor: “aquí se quema mucha servidumbre; es una pena”).
Ay, Jardiel, que vuelves estos días de nuevo a Madrid, con Mara Recatero y Gustavo Pérez-Puig, lo he oído por la radio, y qué no hubiera hecho, el Gran Pérez-Puig de nuestra aquella TVE en B/N y del Teatro Español, coso madrileño, municipal, con ese Estidio 1 que se montó en Cibeles o en Cuatro Vientos. Pero dejemos en paz el pasado evento que veo a Monseñor empujando hacia el fondo a Marías y haciéndonos sitio en el microondas episcopal, y no es plan.

Que uno, en fin, solo quiere ser como aquel personaje de Jardiel y viajar alrededor de mi habitación, sin salir de ella, como en el célebre libro del francés Xavier de Maistre, Viaje alrededor de mi habitación, que lo tiene ahora Funambulista y lo tuvo Austral y yo lo cogí, sin entender nada, tan solo apropiándome del título, casi una frase hecha, de la biblioteca paterna. Y creía que lo tenía, pero no lo encuentro. Pero existe, sí, existió, en Austral nº 345, Viaje alrededor de mi cuarto, de  Javier de Maistre.

Pero la obra de Maistre me sirve, pues verán. Con las persianas bajadas y el botijo cerca no estuve este verano en Cercedilla, como suponían los vecinos, pero sí en Berlín, Oporto, Tokio o Bucarest, y si han llegado –ustedes- hasta aquí qué menos que les enseñe –nada de artilugios electrónicos de última generación, nada de nada- mi álbum de fotos de este verano.


Ales Steger

Esto es Berlín, el Berlín del esloveno Ales Steger, poeta, editor, traductor, fotógrafo, crítico literario, gestor cultural. Cuántos escritores habrá, ejerciendo, en Liubliana, la capital. No sé. A mí Ales Steger, con quien he estado en Berlín este agosto, me parece excelente. Este Berlín, que ha publicado con cuidado exquisito, en su colección de ciudades, la Ed. Pre-Textos, es sin duda un Berlín, el de Steger, que lució entonces, allí, este bigote que por aquí –espero- asoma, y que dio mucho que hablar a su regreso a Liubliana. Se lo quitó. Antes estuvo un año viendo su Berlín, y anotando, y encontró además –qué oportuna para la ocasión- esta frase del poeta alemán Durs Grünbein: “…cada ciudad no es más que ampliación de la propia habitación…”. Habitación, cuarto, casa, castillo. Madrid, en verano, Baden-Baden.


Piensa Steger que “del infierno al cielo” –Monseñor, Monseñor, Santo Padre, Santo Padre: agrego yo- “no hay nada más que libros, libros, libros”. Libros, libros, libros: sin éstos difícilmente el asturiano Jesús del Campo –es asturiano, sí, y no esloveno, que parece más mitteleuropa, pero ojo con esta joya minúscula: para mí un hallazgo- hubiera podido escribir un libro tal delicioso como este Berlín y el barco de ocho velas (Ed. Minúscula), que devoré semanas atrás con las persianas bajadas, sí, pero con todas las ventanas abiertas, por donde se me colaron mil y una historias, todas vividas, librescas, imaginadas o soñadas que tenían y tienen a Berlín como salida o llegada, Berlín parada y fonda. Es increíble la capacidad que tiene Jesús del Campo para marearnos sin sentirnos indispuestos e incómodos con tal acarreo de historias literarias, galantes o bélicas en ese cruce de caminos que es su libro, donde todas las indicaciones te traen o te llevan a Berlín.

Libros, libros, libros, sí, los que te traen o te llevan del o al infierno o al cielo. Y recuerda Campos cómo en la –anota- desierta Bebelplatz ardieron, un 10 de mayo de 1933, veinte mil libros. Y es que a Campos y a Steger a poco que anden –y cómo hay que andar por Berlín, yo también estuve un verano, no éste- se les salta la memoria, y es que, piensa el esloveno, y seguro que asentirá el asturiano, en Berlín todo lo envuelve “la nube pálida del recuerdo”. Y dónde no se aposenta, sobre nuestras cabezas, esa nube pálida del recuerdo como una boina de contaminación. Esa nochevieja en el Berlín de Steger, donde los berlineses, ruidosamente, violentamente, tudescamente, celebran el cambio de calendario con toneladas de petardos que al estallar al unísono le hacen recordar a una mujer de edad, balcánica como Steger, pero de otra república balcanizada más maltratada, los bombardeos de los años noventa. Y Steger tiene un recuerdo para esa mujer que está cerca de él, en ese cambio de calendario, mientras todos brindan con champán barato, Rotkäpchen (“Caperucita roja”), proveniente de más allá de los Urales.

Y si en Berlín todo lo envuelve “la nube pálida del recuerdo”, acaso en Bucarest sea “la nube pálida del olvido”, ese olvido –no querer recordar- con el que se encuentra en Cornejas de Bucarest, la última novela (por ahora, anuncia ya para las próximas semanas una nueva: La sima, Umbría, Pamplona, 75 años después, con nubes y claros, recuerdos y olvidos, todo mezclado) del escritor navarro Miguel Sánchez-Ostiz: sus novelas, ahora, en Ed. Pamiela, en su ciudad natal, esa ciudad enclaustrada y con persianas bajadas a la que Sánchez-Ostiz está poniendo en el mapa literario. El escritor protagonista de Cornejas… fue a Bucarest a ver cómo era aquello, y cómo le fue, y cómo se llevó él consigo sus propios fantasmas y sus muchas facturas que cobrar con su país, su paisaje y –sobre todo- su paisanaje. Una novela, ésta de Sánchez-Ostiz, a la que le sobran páginas, repeticiones y amargos reproches de hidalgo cargando contra pellejos de vino. Esto es verdad, en mi opinión, y además es una novela espléndida, también es opinión. Bucarest. Valparaíso. Pamplona. Y este lector, entregado, sin salir de su cuarto, de su habitación, de su casa, de su castillo.


A la sombra de la memoria, pero de otra forma, con otra luz más limpia, con otro horizonte, el de la juventud, el de la amistad, el de la literatura como agua de riachuelo de montaña, escribe el poeta portugués Eugénio de Andrade en un libro que armó, preparó y tradujo hace tiempo, para Pre-Textos, el escritor asturiano Martín López-Vega, y lo tituló así, A la sombra de la memoria, una gavilla de estampas y de recuerdos, que giran en torno –aunque no únicamente- a Oporto, esa ciudad descuajeringada y tan hermosa y literaria, y que uno, acaso, ha visitado alguna vez, pues planea, leyendo el libro de Andrade, un justificante de cena en el Café Guarany, de la Av Dos Aliados 85, Porto, y recuerdo nítidamente a una cantante de fados, toda ella de negro, vestido de lamentos y pesares, explicando sus sinsentidos que se seguían mejor en inglés que en su hermosísimo portugués. ¿Estuve en Oporto? Eugénio de Andrade: “Las ciudades son como las personas, tienen sus secretos, y a veces los guardan muy bien guardados. Habrá a quien le encante Oporto y habrá quién la deteste. Me gustaría hablar de esta ciudad ‘tan masculina’ sin ningún peso erudito…”


Donald Keene

Volvemos a Berlín para acabar en Tokio, pues dice Steger que un portugués amigo sostenía que Berlín era como un suburbio de Tokio: “igual que los japoneses, los berlineses viven en un perenne futuro”. Y así, vía Berlín, ya estoy en Tokio sin salir, este agosto, de mi cuarto. Y es que José Pazó Espinosa, un profesor y traductor de inglés, pero también del japonés, madrileño con (antiguos) vínculos familiares con aquel país del Sol Naciente, ha traducido un libro estupendo, las memorias de uno de los más reputados japonólogos norteamericanos contemporáneos, Donald Keene, quien trató mucho, entre otros, a Mishima (aunque advierte el traductor y prologuista que hay que leer las alusiones entre líneas, pues Keene se muestra muy discreto). Las memorias de Donald Keene se titulan Un occidental en Japón y las ha publicado Nocturna, en una hermosísima y muy cuidada edición, que está, sin duda, a la altura del texto publicado. Con Keene es una garantía volar –sin moverte de casa- a Tokio.


El mismo Keene

Este José Pazó, aun sin saber que me iba a encerrar en casa, me regaló, antes de decidir convertirme en un topo, antes de obsesionarme con los mochileros del Santo Padre, un libro, un estupendo artefacto, hecho a mano, con paciencia oriental o monacal, un puñado de poemas, variaciones poéticas, paráfrasis que parten de un haiku de Matsuo Bashó y prenden como yesca en poetas de todos los tiempos.  

El artefacto –muy hermoso- se llama El libro de la rana y está editado, aunque lo ha a(r)mado y desa(r)mado el propio Pazó, por C. de Langre, de San Lorenzo de El Escorial. El Escorial. Cercedilla.

Tanto da. Tú quieto, las persianas bajadas, y el botijo. Y un puñado de ciudades de papel.

Y ese poema de José Pazó, imitación, homenaje, paráfrasis de uno célebre de Gil de Biedma, que igual me vale para encarar lo que nos vaya a deparar este otoño. Algo así como:


En un viejo estanque ineficiente
algo así como España entre dos guerras
civiles, ser una rana y poseer
poca hacienda y memoria ninguna.
No leer, no sufrir, no escribir, no pagar cuentas;
tan solo saltar y producir
leve ruido de agua.

El cuarto, la habitación, la casa, el castillo se me llena de las ranas saltarinas de José Pazó. Levanto suavemente la persiana y se me cuela el titular a cinco columnas de la otra mañana: “El miedo a la quiebra de Grecia hunde las Bolsas y dispara la prima de riesgo”. Bajo las persianas. Agoto el agua del botijo.




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