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Errata

Evaristo Aguirre

De vuelta

Nada que ver el barco en el que viajé estas vacaciones (un ferry, no se vayan a creer) con el que llevó a Jardiel Poncela a América en los años treinta, pero una mirada y un ingenio como los suyos podrían sacarle tanto o más partido que a sus compañeros de travesía a la gente que te rodea en un sitio de estos: no hay caballeros elegantes que se marean, pero hay familias con niños gritones y perro y un todoterreno enrome en la bodega del barco; no hay señoritas que pasean por la cubierta y cenan en la mesa del capitán, pero hay grupos que se van de despedida de soltero o soltera y que la van liando desde que están en el puerto. Así es el verano, sí señor.

No debía de ser un tipo fácil este Enrique Jardiel Poncela. Siempre me ha dado la sensación de que su sentido del humor tenía que ser proporcional a su mala leche, a veces, creo, a sus complejos (bajito, tirando a feo), por cierto retintín amargo que veo al fondo de algunos comentarios o descripciones. Pero esto no le resta nada a su variada obra ni, por supuesto, disminuye la grandeza de su humor.


Cuando se inventó el cine sonoro, los estudios de Hollywood contrataron a cineastas y actores de diferentes nacionalidades para que hicieran versiones de películas americanas en sus respectivos idiomas, para no perder el mercado internacional logrado con el cine mudo; hasta que se inventó lo del doblaje. Jardiel fue uno de los reclutados y por ello viajó a Estados Unidos. Aquellos viajes quedaron consignados en unas notas que se publicaron en los años cuarenta dentro de un volumen que contenía otras cosas y que ahora ha rescatado la editorial Rey Lear con el título A 40 kms del Pacífico y a 30 de Charles Chaplin, que es una de las reflexiones que hace Jardiel cuando llega a la entonces todavía pequeña, pero ya poderosa, meca del cine.

¿Qué hay en este libro? Pues cuarto y mitad de Jardiel puro y duro, sin colorantes ni conservantes: esa expresión entre naif y afilada para contar lo que ve y lo que le rodea; esa pose entre soberbia y pueblerina para hablar con la gente (aunque no se entienda con ellos); esa capacidad para extraer titulares de la vida: “La vida a bordo no es muy alegre –escribe–. Pero, en cambio, las fiestas son tristísimas”.

El dramaturgo estuvo dos veces del otro lado del charco y regresó a España, donde sí que se entendía con la gente y donde le apreciaban (le apreciamos) mucho. Y esta Errata también ha vuelto después de unas largas vacaciones en las que he tenido tiempo hasta para leer. Ya les voy contando qué…

eaguirre@divertinajes.com




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