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La ilusión imperfecta

Daniel Tubau

Chaplin recorre el ciberespacio londinense con Burke

danieltubau@gmail.com


Durante varias semanas dediqué esta Ilusión imperfecta al método narrativo de Homero, la manera en la que el cantor ciego recorre el edificio de la narrativa mitológica. El asunto terminó con una película llamada Siete vidas (Ulises en Singapur), que trascurre en las calles de Singapur. Esa película es probablemente una primera muestra de algo que anuncié en las páginas finales de El guión del siglo 21:

Tal vez, el arte del narrador acabará consistiendo en moverse o en guiar a los demás por un universo hipertextual casi infinito, seleccionar rutas, ofrecer un mapa de senderos que se bifurcan. Del mismo modo que podemos experimentar la emoción de un salto en paracaídas atados a un profesional, también podremos compartir una experiencia narrativa ajena, por ejemplo en un videojuego de realidad virtual y aumentada.

Todo esto puede parecer muy moderno, y sin duda lo es, casi como una película de ciencia ficción, pero no es tan diferente de lo que siempre ha sucedido en la narrativa, no sólo en Homero, sino en la génesis de cualquier novela:

Un novelista no hace otra cosa que ofrecernos el resultado de sus elecciones y recorridos en un mundo virtual que sólo ha existido en el interior de su cerebro, pero en el que ha tenido que decidir a cada frase, párrafo y capítulo qué camino tomar. El resultado es la novela. Por eso Henry James también describió el arte del novelista con la metáfora de alguien que recorre una habitación a oscuras con una linterna, iluminando ciertas zonas, pero nunca toda la habitación.


Cualquier novelista, en el proceso, a menudo fatigoso, y para algunos incluso doloroso, de llenar páginas y páginas debe jugar consigo mismo a una especie de videojuego que ofrece muy diversas opciones, aunque sólo las ve él en el interior de su cráneo. Ve allí dos posibilidades, que el protagonista llegue a tiempo al tren o que lo pierda, que decida empezar una nueva vida o que prefiera la seguridad y la monotonía, que muera en el capítulo final o que triunfe de manera definitiva. En cada caso debe elegir y ofrecer al lector una única posibilidad. Sí, por supuesto que hay excepciones, desde los narradores como Diderot, que ofrecen al lector elegir entre diferentes comportamientos de Jacques y su criado (en Jacques el fatalista) a los diversos inicios de Si una noche de invierno un viajero, de Italo Calvino, o Woody Allen en Manhattan.

Y por supuesto está toda la moderna narrativa hipertextual. Pero en la novela clásica, lineal, el escritor elige entre diversas alternativas y le ofrece el resultado al lector. Porque a los lectores, a los espectadores, a los degustadores de la narrativa nos gusta ver cómo otros se mueven por el mundo narrativo y no siempre queremos ser protagonistas no vernos obligados a elegir:

También en la antigüedad, muchos se pasaban las horas como espectadores del recorrido que otros, como Homero, les ofrecían, porque su manera de moverse, de detenerse aquí y allá, de acariciar y mostrar los objetos de aquel prodigioso edificio narrativo era única. Pero quizá tan sólo ahora, en este futuro que ya está aquí, el narrador de los nuevos medios y el lector de los nuevos medios pueden ser, finalmente, la misma persona.


Thomas Burke

Esas eran algunas de las conclusiones de El guión del siglo 21. No conocía entonces un extraordinario pasaje de Charlie Chaplin en su libro Mis andanzas por Europa, recientemente reeditado por Evohé. En ese pasaje, como me señaló mi colega divertina Ana Aranda, Chaplin se convierte en espectador y participante de las narraciones de Thomas Burke, autor de Limehouse nights, una colección de cuentos de gran éxito en los años 30, que fue también lo que hoy llamaríamos un producto multimedia: Griffith adaptó uno de los cuentos en Lirios rotos, Chaplin otro en Una vida de perros, Arthur Penn (no se trata del famoso director muerto el año pasado) escribió la canción Limelit houses. Pero Chaplin, tuvo el privilegio único de recorrer la novela de Burke junto a su propio autor, no en las calles de Singapur mediante un mecanismo de realidad aumentada, sino en las de Londres paseando junto al propio Burke. Creo que vale la pena citar por extenso este hermoso pasaje de narrativa virtual tal como lo cuenta el propio Chaplin:

Mientras Burke y yo paseamos sin ningún destino en particular, le hablo de su libro. He leido Limhouse Nights como él lo escribió. No hay nada a la vista ni la mitad de efectivo. Discutimos el hecho de que realidades como las que él ha mantenido vivas rara vez ocurren duran­te un paseo, pero me doy por satisfecho. No quiero ver. Nada podría ser más hermoso que el libro.

La literatura que se construye a partir de la realidad vivida, nos dice Chaplin, en su proceso de depuración, de selección, de síntesis, parece superior a esa vida imitada, inalcanzable. Burke no dice nada, ni siquiera agradece el elogio a su arte narrativo, lo que, en opinión de Chaplin, demuestra que es un hombre muy inteligente:

Guardo silencio durante un buen rato mientras paseamos hacia Stepney. Hay una neblina verdosa suspendida por todas partes y parecemos encontrarnos en un laberinto de angostas callejas, que ahora se convierten en calles y después forman plazas. El está callado y nos limitamos a caminar.


Finalmente, se produce la revelación:

Y entonces me despierto. Veo su propósito. Puedo construir mi propia historia: el tan solo me está prestando las herramientas. ¡Y menudas herramientas son! Siento que ya he pasado por un amplio aprendizaje mediante la mera lectura de sus relatos. Ahora me los está contando mediante imágenes. Las mismas sombras cobran vida y romance. Las formas que merodean, se apresuran y revolotean alrededor, pasando a nuestro lado y desapareciendo en la noche, se están convirtiendo ahora en personajes. Se levanta el telón de Limehouse Nights, representada por el elenco original.

Chaplin y Burke caminan en silencio y allí, calle tras calle empieza a ver todo lo que contienen los cuentos de Burke en su propio escenario. Claro, como dice Chaplin, antes hay leer el libro de Burke, para saber ver lo que tienes delante:


Burke se limita a alzar su bastón de vez en cuando y señalar. Su gesto no necesita comentarios. Localiza y hace notorio, sin lenguaje, el único objeto que quiere significar, y extrañamente es siempre algo de particular interés para mí. Es un hombre en extremo inusual.

¡Qué guía! No me ensena Main Street, ni lo obvio, ni siquiera los hitos tradicionales de los visitantes, pero con esta excursión me estoy apropiando del corazón, el alma, el sentimiento.

Chaplin vive ese paseo como una verdadera e intensa experiencia interactiva, reconociendo aquí y allá a los personajes de Limehouse Nights:

Y por todo el recorrido tengo la sensación de que, tras las puertas cerradas, ocurren cosas triviales, portentosas, hermosas, sórdidas, rastreras, gloriosas, sencillas, memorables, odiosas, amables. Pueblo todas esas chabolas con chicas, chicos, asesinatos, aullidos, vida, belleza.

Recomiendo al lector que lea la descripción completa en el delicioso libro de Chaplin. Vale la pena.


Charles Chaplin y un amigo

Visita la página web del autor:
www.danieltubau.com




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