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El mirón impaciente

Eduardo Nabal

A flor de piel


La piel que habito es la mejor película de Pedro Almodóvar desde La mala educación. Un cuento gótico lleno de guiños cinéfilos (de Georges Franju al doctor Frankenstein) que, sin embrago, el controvertido realizador ha conseguido hacer suyo alcanzando una abstracción y un refinamiento estético difíciles de superar aunque manteniendo sus constantes: la codicia, la posesión, el amor loco, los celos, el odio, la insania, el rencor y el sexo.

Es una adaptación libérrima de la novela de Thierry Jonquet Tarántula, en la que el director de Todo sobre mi madre vuelve a enredarnos en un argumento imposible, difícil tomar en serio todo el tiempo, pero que en más de un momento logra llegar a las tripas del espectador gracias a la fuerza que desprende el duelo interpretativo entre un hierático y terrorífico Antonio Banderas, como un cirujano enloquecido, y Elena Anaya, la victima que esconde en ese caserón gallego evocador en unos  momentos del cine de Kubrick y en otros de Villaronga o del mismísimo Alfred Hitchcock.

Hay mucho humor o, mejor dicho, mucha ironía en La piel que habito y es probable que su mezcla de goticismo y postmodernidad, sus coqueteos con el melodrama familiar y el cine de horror científico provoquen el rechazo de más de un paladar, pero nuevamente el director subyuga a través de sus formas visuales, su banda sonora y su manera de lograr personajes intensos, y hacer creíble y cercano lo más inverosímil, arremetiendo de paso contra la «clase médica» como no lo hacía desde Hable con ella. Y tal vez sea este el filme más próximo en sus escenarios al mundo febril, deshumanizado, claustrofóbico y surrealista en el que luchan sin tregua los protagonistas de La piel que habito.

Un trabajo libre que puede verse como una comedia gore o como un melodrama romántico con ecos de los clásicos del cine fantástico. Aunque en algunos pasajes Elena Anaya parezca superada por las aristas de su personaje, la película está llena de instantes cautivadores donde lo visual y lo narrativo se pelean para goce de los que admiramos la caligrafía a la vez fina y tosca de un director que aquí homenajea a los maestros del suspense psicológico al tiempo que vuelve a cuestionar algunas verdades aceptadas sobre las formas de dominación, sometimiento y las maneras amar de los seres humanos.

Si bien no convence por igual en todo su metraje, La piel que habito demuestra que la buena y la mala literatura que se ha vertido sobre la obra del director no han empañado en absoluto su capacidad de sorprender al espectador, de llevarlo a situaciones límite y de hacer suyas las historias más extremas con personajes que viven o tratan de respirar en una tragicómica y violenta soledad.




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