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Los viajes

de Sara Gutiérrez

El valle sagrado de los incas

OTROS DESTINOS

Si el curso académico que ahora cerramos no hubiera sido tan convulso (crisis general, mudanza particular) a estas alturas de relato estaríamos ya en Machu Picchu; incluso en otro país; probablemente en otro continente. Pero ha sido como ha sido, y el tiempo ha volado sin billete de vuelta, por eso, permitidme que hoy me salte los dos días de aclimatación en Cuzco y me deslice por el valle sagrado de los incas para quedar a las puertas de la ciudad mítica. A ella subiremos en septiembre, con la fresca.


Valle Sagrado

Aquel día de agosto, dejamos parte del equipaje en el estupendo hotel de Casa Andina que fue nuestro hogar en Cuzco y nos incorporamos a una de las inevitables excursiones organizadas con una salvedad: por la tarde no regresaríamos con ellos a Cuzco, nos quedaríamos en Ollantaytambo.

Nos alejamos de Cuzco entre yacimientos arqueológicos y eucaliptos australianos escuchando de boca del guía una frase atribuida a Antonio Raimondi: «Perú es un mendigo sentado en un sillón de oro». Pasamos de largo por un pueblo de casas de adobe con relieves geométricos en las fachadas en el que me hubiera parado un rato, para acabar estirando las piernas en un supermercado de paja atiborrado de artesanías industriales. Un disparate. Al final compré un marcapáginas.

Enseguida entramos en el profundo valle del río Urubamba y comenzamos a familiarizarnos con su simbología, alguna muy prosaica: un palo con un cesto sobre la puerta de una casa significa que ahí se puede comprar pan; un palo con un trapo rojo, no te quedes con ganas de un trago de chicha...


Pisaq

Subimos del Pisaq de las reducciones de 1532 al Pisaq inca, es decir, del pueblo insulso fundado por los españoles para concentrar (controlar) a los nativos de la zona al asentamiento inca habitado por laboriosos agricultores. La caravana de autocares en la que nos vimos inmersos daba idea de la importancia del yacimiento que estábamos a punto de recorrer.

Los 2.900 metros de altura y el calor abrasador restaban interés, qué duda cabe, y aún así, el paisaje de terrazas resulta cautivador. En las casas, la ventana ciega destinada a la calavera del cabeza de familia era objetivo de todas las cámaras aunque no tanto como el espacio ocupado por las momias de los jefes, considerados deidades, en el templo local. En el cementerio se adivinan los restos de más de 4.000 tumbas saqueadas.

Después de que nos repartieran por los restaurantes asignados por las diferentes agencias de viajes, y de haber comido en un buffet que con poco más podría ser memorable, volvimos al autocar para recorrer la llanura del valle hacia Ollantaytambo.

De nuevo el calor se convirtió en aliado mortal de las terribles pendientes labradas por los incas, pero subimos, subimos hasta lo más alto de sus terrazas aunque no entendiéramos muy bien cómo ni para qué. Bueno sí, para asombrarnos de la presencia en aquel punto inhóspito de semejantes bloques de piedra, perfectamente tallados para ser engastados con sus pares y formar así compactos muros antisísmicos sin necesidad de cemento alguno. Para imaginarnos el poderoso templo que en su día debió coronar la loma, el Templo de las diez ventanas, y contemplar el dios Tumpa labrado y los graneros construidos en la otra pared de la quebrada. 


Ollantaytambo

Nos gustó muchísimo más cuando regresamos solas al día siguiente, a primera hora de la mañana.


Ollaytambo

Supimos que nos dejarían a la puerta del Hotel cuando así lo hicieron porque hasta aquel momento nos habían estado mareando con que si era mejor que nos quedáramos en el pueblo y cogiéramos un taxi o que llamáramos al hotel y salieran a buscarnos a la carretera principal en un carrito de golf o… Al final ocurrió lo que habíamos apalabrado al principio: nos dejaron a la puerta tras un desvío del recorrido ordinario de 200 metros.


Casa Andina

Recorrimos con curiosidad las instalaciones de la mini urbanización de adosados que recuerda el Casa Andina Valle Sagrado y nos entregamos al relax en la bañera de hidromasaje del baño situado en la entreplanta, entre el salón y el dormitorio. Un lujazo que no desentonaba con la exquisita cena (trucha andina bañada de salsa de queso andino y papas nativas con hortalizas del valle y alpaca al grill con majadito de ollucos, salsa de oporto con maíz morado y ensaladita del huerto, como platos principales) y la didáctica sesión de astronomía en el observatorio particular del Hotel con la que cerramos el día (yo diría que vimos la Cruz del Sur, los cráteres de la luna, Júpiter y un par de estrellas gemelas color azul cobalto y amarillo, pero a saber…).

Antes ya de partir a la mañana siguiente para Machu Pichu me obsesioné con un círculo verde que quedaba fuera de nuestro circuito: las terrazas experimentales de Moray. No paré hasta conseguir organizar el regreso a Cuzco, tras nuestro paso por Machu Picchu, a través de las salinas de Maras, Moray y Chinchero.

El taxista que nos llevó apenas abrió la boca en todo el camino y no hizo más paradas que las tres turísticas estipuladas, pero el recorrido sirvió para matar el gusanillo que el círculo perfecto de Moray había alertado en mí.


En busca de las salinas, subimos a una llanura inmensa desde la que perdimos de vista la profundidad del valle y el río Urubamba y nos pusimos a la altura de picos y volcanes, telón de fondo de los campos amarillos cubiertos de cereal por los que transitábamos. Y en un momento determinado, bajamos de nuevo a la profundidad de la tierra para observar las manchas rosas de las salinas abiertas por los incas. Nos entretuvimos un buen rato entendiendo la simpleza del duro trabajo de los salineros y de su tienda nos trajimos sal para un regimiento.


Salineras de Maras

Al pasar por el pueblo de Maras coincidimos con la salida del colegio y decenas de niños y niñas, en grupo, solos, andando y en bicicleta se dispersaban por los caminos hacia sus casas. A algunos aún los encontramos caminando con los libros a la espalda cuando volvíamos de las salinas camino de Moray.

Como ocurre con todo lo mitificado, el círculo verde de Moray resultó mucho menos espectacular de lo que esperaba quizás porque estaba menos verde que en las fotos, más seco, posiblemente porque estar allí no me mostraba más que lo que ya había visto en fotos. Compensamos la decepción injustificada con el hallazgo de círculos menores, igual de perfectos geométricamente. Al parecer estas terrazas eran un laboratorio botánico en el que los incas buscaban mejorías para sus cultivos.


Moray

Dejamos la planicie labrada a la hora en la que los campesinos descansaban con sus bueyes en los márgenes de las tierras, y subimos hacia Chinchero. Grupos de eucaliptos, una laguna… por los tonos, parece que avanzamos sobre un edredón de patchwork: los cuadros marrones y ocres se mezclan con los pajizos remendados de verde. Y de nuevo, sin avisar, se presentan ante nosotros las severas cumbres oscuras coronadas de blanco. Y se hacen más numerosos y poblados los eucaliptales. Y vuelve la planicie.

En Chinchero cobran por entrar a la parte del pueblo que da acceso a los restos incas. Llegamos cuando aún no esperan turistas y la plaza del mercado artesanal, flanqueada por las omnipresentes terrazas de cultivo y la iglesia, parecía el descanso de una obra de teatro.


Chinchero

Camino de Cuzco, la bajada se cierra y las laderas se cubren de eucaliptos. Llegamos a la capital inca a primera hora de la tarde.

Si volviera a hacer este viaje, me iría en tren de Cuzco a Ollantaytambo, me alojaría de nuevo en el Casa Andina Valle Sagrado, y desde allí haría excursiones a Pisaq, Moray, las salinas… En cualquier caso, la vuelta a Cuzco nos demostró que las excursiones son la norma pero que alquilar un coche, aunque deba ser con chófer, también es una opción, no más cara y a veces mejor.

Las fotos las hicimos a medias, Eva Orúe y yo misma. 

OTROS DESTINOS

PERÚ EN DIVERTINAJES

Preparación del viaje
Lima: Miraflores y Barranco
Lima: Centro histórico
Oro y chifa
Paracas: Islas Ballestas y Reserva
Nazca y sus inquietantes líneas
Arequipa
Conventos arequipeños
Cañón del Colca
Puno y el Lago Titicaca
Amantaní
Taquile
Puno-Cuzco (I)
Puno-Cuzco (II)
El valle sagrado de los incas
La Plaza de Armas de Cuzco
Más Cuzco
Por fin... Machu Picchu




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