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Errata

Evaristo Aguirre

W.

Lo de la W no tiene más misterio que la coincidencia de la inicial de los apellidos de dos escritores –Fred Wander y Léon Werth– de los que he leído sendos libros que hablan de qué hicieron a raíz de la invasión nazi de sus respectivas ciudades, Viena y París.


Fred Wander Viena, 1917-2006) se marchó a París cuando la sombra de Hitler cubrió Austria; era judío. En sus memorias, La buena vida o de la serenidad ante el horror (publicadas por Pre-Textos, con traducción de Richard Gross), cuenta Wander el vagabundeo por aquella ciudad, habla de los buscavidas, de los círculos de judíos y de cómo se intentaban ayudar; habla de amores y de cierta picaresca. El tono responde al título del libro, a esa “buena vida” que no lo es porque todo sea favorable y alegre, no, claro que no, lo es porque es la vida, que en muchos casos, el del autor por ejemplo, ya es mucho decir, pues Wander pasó por Buchenwald, y sobrevivió al campo de concentración, en un par de ocasiones por casualidad, en el resto por algo que podría llamarse destino.

No se extiende el autor en las penurias del campo. Cuando lees que esa experiencia ha terminado, te quedas un momento parado, piensas que quizá te has saltado algunas páginas, porque parece que el escritor ha pasado demasiado rápido por aquella atroz vivencia. Pero la respuesta se va conformando ante tus ojos a medida que lees las siguientes páginas, muchas páginas, ya que Fred Wander vivió hasta los 89 años y cuenta todos esos años en sus memorias, y la huella de Buchenwald, la huella de la persecución e intento de extinción de los judíos por el régimen nazi de Alemania, aparece de vez en cuando y la distancia no la difumina, a veces al contrario, el protagonista de aquella experiencia reflexiona mucho sobre el sufrimiento, la supervivencia, el recuerdo.

La de Wander fue una “buena vida”, fue la vida de un hombre con una ideología pero no con una fe. Tras la guerra, siente que hay cierta tolerancia con los nazis en su ciudad y va a vivir a Berlín oriental, a la República Democrática alemana, al otro lado del Telón de acero. Allí residirá durante veinticinco años (lo cuenta en este libro), allí será testigo de la condena del estalinismo y, por supuesto, de las injusticias de los regímenes socialistas.

El otro día, con motivo de la muerte de Jorge Semprún, un periodista listillo escribió un artículo en el que decía que a Semprún le había faltado pedir perdón por haber sido estalinista. Se puede recordar que Semprún fue expulsado del Partido Comunista allá por los años cincuenta, por ejemplo, se pueden leer las cosas que dijo sobre esto Semprún… pero también se puede leer a Fred Wander, quien lo cita como uno de esos comunistas que vieron pronto la deriva fatal del socialismo real. Ay, los listillos…


Wander se fue de Viena a París huyendo y luego tuvo que huir también de la capital francesa, donde vivía otro escritor, este francés, Léon Werth (Rémiremont, 1978-París, 1955), que se marchó en coche de la ciudad, el 11 de junio de 1940.

Alguien levanta la mano allí al final… Sí, diga, diga… Efectivamente, este Léon Werth es el mismo a quien Antoine de Saint-Exupéry le dedica El Principito (“A Léon Werth, cuando era niño”). Se lo dedicaba tras disculparse ante sus potenciales lectores, los niños, por hacerlo a una persona mayor, pero se explicaba diciendo que era su mejor amigo, que sabría entender aquella historia y que lo estaba pasando mal y necesitaba consuelo. Luego, en su Piloto de guerra, Saint-Exupéry decía “un amigo mío, Léon Werth, oyó en la carretera palabras profundas que contará en un gran libro”. Pero aquel libro no se publicó hasta 1992 en Francia, y hasta ahora en España: se titula 33 días (Veintisiete Letras, con traducción de José María Solé).

33 días es la crónica de la huída de un París amenazado y luego ocupado por las tropas alemanas. Se formaron atascos en las carreteras de salida de la ciudad, los coches se quedaban tirados en las cunetas, unos seguían andando, otros eran acogidos en granjas del camino. Hay momentos en los que esta lectura me ha recordado un relato de Julio Cortázar, La autopista del sur, en el que el gran atasco de formaba, en los años sesenta, a la entrada de la ciudad, un domingo, de vuelta del fin de semana…

Werth y su mujer viven en dos casas durante ese viaje, conviven con personas que agradecen la presencia alemana, se relacionan con los soldados invasores, se las apañan para sobrevivir, siendo ayudados por otros y ayudando a su vez a otra gente, angustiados por el destino de su hijo, adolescente, que salió de París en otro coche con unos amigos. La reflexiones más amargas del autor sobre su país y sobre la deleznable actitud política que había llevado a que pudiera ocurrir esta invasión me ha traído a la cabeza el largo reportaje de Manuel Chaves Nogales sobre aquellos hechos, La agonía de Francia, donde se dicen cosas muy parecidas. Léon Werth no es un héroe, es un hombre mayor (tiene 62 años cuando ocurre todo esto) que no quiere sufrir el dominio nazi y que, como tantos, escapa. Y lo cuenta con una honradez lúcida y con una evidente amargura.

 

eaguirre@divertinajes.com




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