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Pareciómelo

Pedro Vallín

Gerontocracia, episodio tercero

Propongo una reflexión, con un par


A las vanguardias inventadas por nuestros abuelos durante el siglo XX les ha quedado el discutible privilegio de haber destruido las artes en pro de una actividad simbólica extraña, inescrutable y llena de pretensiones que cumple perfectamente con la función de ser la sublimación última de nuestra devoción por lo innecesario. Por eso no hay ni cabe concebir ridiculez más expresiva que oír a un artista criticar el consumismo o la mercantilización, a los que debe su propia existencia. Seguramente existiría cine sin la cultura del consumismo: la ficción es anterior a la literatura; lo que no existiría de no ser por la intensa mercantilización de las estructuras occidentales sería la pretensión de que una caja de ahorros pagara exposiciones de pintura al óleo o muestras de videoarte. Existirían Dan Brown y Stephen King y seguramente también el capitán Reverte gritando “por ahí sopla”, pero es más dudoso que hubiera simposios sobre la escritura automática o sobre cómo una magdalena nos hizo a todos un poco más depresivos porque un francés no sabía muy bien explicar su melancolía.

Desde que las artes al unísono decidieran volar los puentes con la inteligibilidad —la pintura y la escultura se hicieron abstractas, la música se volvió atonal, la novela despreció la cortesía de la sintaxis, y la poesía dejó de fijarse en la rima y la métrica—, dotándose de extraños códigos conceptuales metaartísticos al alcance sólo de iniciados (es importante no confundir “iniciados”, es decir los que están en el secreto, con “cultos”, “sabios” o “eruditos”, aunque ellos pretendan hacerse pasar por esto último). Cito a un sabio, Félix de Azúa: “La mercantilización total impone un uso cada vez más instrumental del lenguaje crítico. Quienes frecuentan el trato con expertos y profesionales del mundo del arte constatan al instante un valor de cambio novedoso: el de la terminología teórica. Cuando un comisario examina a los candidatos para una exposición, presta un oído muy fino a la selección de términos que utiliza el postulante. Grupos de palabras como “rizoma”, “esquizoanálisis” o petit a sitúan en un lugar de la escala estética, mientras que “alegoría”, “aura” y “obsolescencia” remiten a otro muy distinto. Desaparecido el concepto de belleza o excelencia como categoría reguladora, el valor de lo significativo, lo actual y lo interesante es, en materia artística, un absoluto”.

De Azúa es un erudito y cultiva este humor corrosivo y sutil en la obra de la que procede este texto, la reedición de su Diccionario de las Artes (Debate) muy útil al asunto que nos ocupa. Tanto que, a riesgo de que me acusen de expolio, voy a traer unas pocas líneas más sobre este particular: “El uso de los términos teóricos, al sufrir un proceso de  fetichismo semejante al de la  mercancía lukacsiana, queda liberado y funciona a la manera de los logos mercantiles o las marcas de lujo. Emplear el término plateau, conmodificativo, o jouissance (la jerga suele ser intraducible, lo que indica su carácter cósico) en un contexto inadecuado se interpreta de inmediato como llevar Adidas cuando las circunstancias piden unos Church. No es un asunto trivial relacionado con la moda, sino un imprescindible conjunto de señales sin cuyo conocimiento es imposible circular por los insensatos nudos de autopista por donde fluye el producto artístico. Aquel que desconozca los mapas o los tenga algo atrasados puede sufrir las más incomprensibles y desesperantes pérdidas de orientación. (…) En consecuencia, lo más sorprendente es que para un uso correcto de estos términos no sea en absoluto necesario conocer su contenido intelectual. Dicho con toda claridad, no es imprescindible haber leído a Kant para utilizar eficazmente la palabra “sublime” en su acepción lyotardiana, basta con haber prestado atención a quien lo usa, en qué circunstancias y con qué resultados de recepción. (…) Multitud de ensayos, críticas o estudios sobre cuestiones artísticas actuales, casi todos procedentes del mundo universitario, se reducen a combinaciones de terminología tomada de dos o en dos o (los más audaces) de cuatro en cuatro. Son meritorios ejercicios de imitación intelectual y su única obligación es no llegar a conclusión alguna, no presentar el menor atisbo de pensamiento, y no arriesgar ninguna opinión propia”. Me voy a resistir a la tentación de seguir citando frases y frases de este libro que me ha provocado un solaz intelectual como muy poquitos de los leídos en los últimos años.

Los que nos dedicamos al periodismo cultural y estamos someramente enterados de casi todo (desde los modos en que se sala y desala el bacalao a cómo funcionan las distintas estereoscopias cinematográficas o por qué Brad Bird es más importante que Marcel Proust pasando por los problemas mentales de Bryan Wilson que hicieron que los Beatles fueran más relevantes que los Beach Boys cuando el talento de unos y otros apuntaba lo contrario), lo cual por cierto es una cosa muy rara hoy en día en que la gente sabe muchísimo de una sola cosa, pues nosotros, los periodistas culturales que comemos de todo, decía, tenemos esos mismos vicios en el uso del lenguaje. Honestamente nos acercamos a asuntos de los que sabemos lo justico, leemos, ponemos la oreja, nos documentamos y hacemos lo que podemos. Este texto recibió encomiásticas felicitaciones del artista aludido. No voy a decir su nombre ni el asunto. Reproduzco unas frases de lo escrito que, después de todo, es mío porque lo escribí yo:

“Una pieza trufada de expresiones de arrebato, viscerales locuciones de dolor y violencia que se plasman en las contestaciones del cuarteto al piano, en la parte central de esta pieza de un solo movimiento. Hay algo vital –es decir, vinculado con la experiencia de la edad de este compositor que ya ha cumplido los tres cuartos de siglo– pues a toda esta agitación seguirán sucesivos tiempos lentos en los que el cuarteto protagoniza un paulatino desentendimiento, una disolución que será postreramente ratificada por las notas bajas del piano. Una construcción que invita a rememorar la convulsión y posterior silencio de aquella novela de Jay Parini sobre los últimos años de Tolstoi, La última estación, abrupta y emocionante, sabia y esperanzada al tiempo”.

Al día siguiente, recibí la llamada emocionada del compositor, un señor muy mayor, mayor incluso que su misma edad, que aprovechó para decirme que en medio siglo de profesión se había topado con toda suerte de críticos ignorantes y zoquetes ,y mencionó airadamente a algunos, cuyos nombres por supuesto omitiré. Un poco avergonzado le confesé que yo no sabía una palabra de música sinfónica contemporánea (no le dije, claro, que sé lo suficiente para que no me interese lo más mínimo) y que me había limitado, no a hacer crítica, sino a intentar describir los énfasis de la partitura (la música seria de ahora, que huye de la melodía y de la armonía, básicamente sólo es enfática, como los brochazos del un artista abstracto: dan medida de dolor, violencia o lirismo y no aportan ninguna otra información). Unos días después me llegó a la redacción un agasajo en forma de libro y discos del conmovido músico.

La verdad es que durante el recital estaba planeando lo que iba a escribir y juro que mi modelo era la siguiente gloria (cuyas semejanzas con mi texto, por cierto, son bastante obvias):

“El concierto se inicia con un redoble de timbal que simboliza la irreversibilidad de los destinos humanos. Inmediatamente, una enérgica llamada de los bronces sugiere que en realidad nada es irreversible, y mucho menos los destinos humanos. Esta aparente contradicción conduce a la entrada del solista quien ejecuta una serie de arpegios descendentes en los que el compositor se propone representar la desprotección del hombre... y no lo logra. Mientras los violines dibujan un elaborado contracanto, el piano ataca el tema principal, que resulta ileso. Al tema principal lo sigue un adagio tranqüilo... y, por supuesto, no lo alcanza. Y, “tranqüilo”. Más tarde aparece el fragmento de mayor dificultad para el solista, que debe ejecutarlo cruzando ambas manos sobre el teclado, con la siguiente indicación del autor: "Allegro pericoloso, conserve su mano al cruzar". Luego y, como sugiriendo el final, el concierto termina”.

 
Algunos lo habrán adivinado: se trata de un fragmento de Les Luthiers, de la presentación del concierto para piano y orquesta de Sergei Dimitri Mpkstroff. Bueno, ahora que les he confesado cuáles pueden ser las fuentes de inspiración de un profesional del periodismo cultural y los impresionantes efectos que se pueden alcanzar siendo franco y no temiendo desdeñar ese lenguaje codificado al que alude Félix de Azúa (les he puesto un ejemplo pero con las artes plásticas, por ejemplo, en 17 años de profesión, colecciono docenas de párrafos similares que han recibido alabanzas desmedidas por parte de los artistas en cuestión. Al principio me causaba mucho rubor. Ahora ya no), permítanme llegar al meollo. Resumamos los dos asuntos: de un lado, el lenguaje de las artes está codificado y es un arcano cuyo contenido último no importa mucho y casi nadie conoce ni entiende aunque lo use. De otro, cualquier esfuerzo sincero de descripción detallada de un arte arcano suele funcionar y la gente se lo toma como elevada crítica aunque sea sólo mera labor forense. Sin embargo, la gente no suele tener la desfachatez del firmante (o su valor, allá cada cual) y no se mete en camisa de once varas, de modo que una y otra vez leemos la siguiente expresión comodín: “Propone una reflexión”. Joder.

La película propone una reflexión, la exposición propone una reflexión, el conjunto escultórico propone una reflexión, la novela propone una reflexión, la artista propone una reflexión… Y siempre, no faltaba más, sobre algún asunto de actualidad como seriote y grave, tipo la desigualdad, la violencia casera, la pobreza, el consumismo, la destrucción del medio ambiente…, que ya saben ustedes que a los artistas les ha dado por erigirse en conciencia moral. Siempre que lo leo (o que lo escribo, que hay días que uno tiene prisa por salir), me quedo estupefacto y pienso. “Coño, sigue, no me dejes así”. A ver. Leo: “La película propone una reflexión sobre la violencia doméstica…”

 —¿Cual?
—¿Cuál qué?
—Coño. Cuál reflexión. ¿Qué reflexión propone?
—Bueno, pues que reflexionemos.
—No hay que reflexionar, está mal. Punto. No puedes proponer una reflexión, sólo puedes censurarla, salvo que creas que podemos debatir si está bien pegar sartenazos a la mujer o darle al abuelo con el atizador de la chimenea.
—No te entiendo.
—Mira, lee aquí: “La película vista en la Seminci propone una reflexión sobre los sueños vitales”.
—Sí, ¿y qué?
—Eso digo yo: ¿y qué? ¿Qué reflexión propone sobre los sueños vitales?
—No sé.
—Efectivamente, ni tú ni el que ha escrito esto. Lee este otro.
—“El filme español propone una reflexión sobre la violencia que genera el miedo al otro”.  
—No propone nada, es mentira. Lo denunciará, en todo caso.
—Creo que ya te entiendo.

(El diálogo anterior es fingido, es conmigo). Vean una lista cogida en tres minutos en Google:

1. “La muestra propone una reflexión sobre el carácter homogéneo y globalizado del spot”
2. “La muestra propone una reflexión a partir de una serie de propuestas de artistas, diseñadores y arquitectos, quienes han intentado dar respuesta a la problemática del acceso a la vivienda”.
3. “La obra propone una reflexión sobre la virtualidad del teatro”
4. “La muestra propone una reflexión en torno a los valores cambiantes del trabajo y la propiedad”.
5. “La exposición propone una reflexión sobre la corresponsabilidad, la conciliación y la igualdad”.
6. “La exposición propone una reflexión sobre la liberación femenina”.
7. “La exposición propone una reflexión sobre conceptos como la identidad, el arraigo y desarraigo, los sedentarismos y nomadismos”.
8. “La novela propone una reflexión sobre la memoria histórica y la biografía de los maquis”.
9. “La novela propone una reflexión heterodoxa acerca de la culpa”.
10. “El libro propone una reflexión sobre la representación del artífice y del acto mismo que dieron origen a los textos que se leen”.
11. “El libro propone una reflexión crítica sobre el concepto de modelo político y circulación de los modelos”.

Y a todos ellos la misma pregunta:

 —¿Qué reflexión?
—¿Otra vez?
—No, coño, en serio, o sea que te has leído una novela de seiscientas páginas y lo único que puedes decirle al lector es que es “una reflexión sobre la memoria histórica y la culpa”  ¿no eres capaz de decir cuál es esa reflexión, a dónde te ha llevado? No: “Propone una reflexión”. Pordiossanto, ¿cuál?
—Vale, pero tranquilízate. Qué le vas a hacer.
—Pues proponer una reflexión sobre proponer una reflexión.
—¿Perdón?
—Nada, algo se me ocurrirá. Déjame en paz. 




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