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El pizarrín

Javier Goñi

Una cierta bibliofrenia

Déjenme que les recuerde que el gran Samuel Pepys consideraba que un verdadero caballero debe tener, en su biblioteca, tres mil libros, ni uno más, ni uno menos. ¿Es usted un verdadero caballero? ¿Aspira a serlo? ¿O es, a lo peor, a lo mejor, otra clase de caballero? Caballero como lo eran los de Richard Heber, otro inglés excéntrico, que llegó a atesorar en vida –en varias casas que adquirió en Londres, y en el Continente—  ciento cincuenta mil (150.000) volúmenes, llevado de su pasión y, además, de una curiosa excentricidad, la de pretender que para ser un buen caballero –otro, otra clase de caballerosidad— había que manejar, al menos, y por lo tanto, poseerlos, tres ejemplares de un mismo libro.

“Uno –son sus palabras— debe poseerlo para mostrarlo, y deberá conservarlo seguramente en su casa de campo. Otro deberá poseerlo para su propio uso y consulta; y a menos que se incline a compartirlo, lo que resulta muy inconveniente, porque correría el riesgo de deteriorarse, debe poseer una tercera copia al servicio de sus amigos”.

De los que te ceden el paso todavía al entrar en un ascensor, de esos, haylos, pero caballeros de los de Richard Heber, de esos haberlos, no haylos. Supongo.

La cosa es que uno por razones profesionales que no envilecen el placer que me ha proporcionado su lectura ha estado, estos días de atrás, con un espléndido libro de cuentos –que tengo apalabrado para otro papel— del escritor y periodista granadino/malagueño Guillermo Busutil, un extravagante caballero que sólo se dedica a escribir estupendas colecciones de relatos. Vidas prometidas (Tropo Editores), se llama éste, y en este puñado de espléndidas historias, hay una, “La siesta de Odiseo”, que me ha conmovido especialmente y si se diera el caso de que fuera autobiográfica uno, lector, se la envidiaría cordialmente. Es una hermosísima historia de viejos, de abuelos rurales, de cuando su abuela al yo del relato le ató a la pata de la mesa de la cocina, para que no le ensartara gallinas de dos en dos en barrabasada infantil con puntería de Guillermo Tell y arco artesanal. Aquello derivó en un castigo: obligarle a hacer la siesta, infierno insoportable para un polvorilla que alivió su abuelo invitándole a) a leer, palabra por palabra, aprendiéndolas, saboreándolas, un diccionario, y b), después, le leería un libro. El libro escogido por el abuelo fue La Odisea. Fue el primer libro que recuerda haber leído –o que le leyeron— el protagonista del relato de Busutil. Y las palabras del abuelo: “los libros son los mapas de la vida”.


Y como uno –este yo que se responsabiliza, más o menos, de estos renglones on line— lee, vive y se equivoca a borbotones, estaba con Guillermo Busutil y me pasé, hace unos días, por la caseta compartida de Periférica y Paca –pregunté por Julián Rodíguez, pero estaba huido: la sonrisa de Paca era más atractiva— me vendió Los libros son tímidos, de la italiana Giulia Alberico, e iba hojeándolo al sol, el último sábado de Feria, buscando la caseta compartida de Nocturna, a ver si su joven editora, Irina, me dejaba saludar a mi amiga Juana Salabert, que firmaba ese sábado al sol, y tuve la fortuna de reparar en la caseta compartida de Melusina, donde enseguida vi que me esperaba, entre tantos títulos y portadas diversas, uno, éste, Bibliofrenia, de Joaquín Rodríguez, que es un breve compendio de bibliomanías, bibliofobias, bibliosofías, bibliofrenias, en fin. El libro de la Alberico es conmovedor porque relata, con total sencillez, su descubrimiento de los libros, de la lectura, a partir tan solo de lo que, hija de una maestra, pudo tener al alcance de la mano. Aunque recuerda una novela de Faulkner, que le deslumbró, sus lecturas iniciales son modestas, humildes, sencillas, lo que tenía al alcance, todo te hace cautivo, todo te apresa, todo te enferma felizmente: hay que desconfiar –agrego yo, tras leer este libro tan aparentemente banal, que no lo es— de los que dicen que a los diez años se leyeron Guerra y Paz, Don Quijote o Tierra baldía. A los diez años uno lee a Salgari y a Verne. Y adquiere el mal para toda la vida. De la lectura no se sale. Me lo ha recordado Giulia Alberico.

Sigo. Unos días antes, de ese sábado último de la Feria, fui por trabajo, en un ir y venir de menos de 24 horas, a Palma y en mi librería habitual de los ir y venir a Palma por razones de trabajo encontré, a la sombra, un librito, una brevería –una delicia— que saboreé al instante, con un gin-tonic al fondo –es librería-bar—, en lo que se deshacían los trozos de hielo. La brevería, la delicia, El amante de las librerías, del francés –un inglés excéntrico los colecciona y atesora, un francés escribe de libros y librerías con esa pedantería tan amable que da tener acentos circunflejos o los que miran a la Meca y tantas clases de queso— Claude Roy (en José J. de Olañeta, Editor).


Días después se acercaron a mi trabajo a traérmelo entre los dos, Jesús Marchamalo, el autor, y F. Javier Jiménez, el editor de Fórcola Ediciones; y el libro, que es liviano de peso, pero muy hermoso en su composición y con mil tesoros en su interior –yo los vi antes que Marchamalo, él lo sabe, pero él le ha sacado sin duda mejor partido y se mueve entre ellos como un duendecillo de mallas verdes: los libros de la biblioteca Julio Cortázar que está en la Fundación Juan March—; y el libro se titula, Cortázar y los libros, y acaba de salir. Tiene el tamaño de una mano –femenina, fue— de buen tamaño –las hay— y es un primor de libro, palabra.

(Compruebo con gusto que no hay párrafo en donde no aparezca la palabra libro, y eso me gusta; no hay cosa más ridícula que tachar la segunda vez que aparece en el mismo párrafo la palabra caballo y sustituirla por equino, o verano, por estío: estoy entrando en el verano en el momento de enviar estas líneas; este va a ser un buen verano, lo verás.)


Dedicatoria de Pablo Neruda

Los libros de Marchamalo siempre tratan de libros, de bibliotecas, de librerías, de manías de escritores, de curiosidades, de excentricidades, de pejiguerías. Los escritores son siempre más complejos que los libros. Los libros de Marchamalo caben, sí,  en una mano  y se leen con placer si se es –caballero o no, a lo Samuel Pepys: sus Diarios, incomparables, los tiene editados Abelardo Linares en su estupenda y tantas veces poco visible Editorial Renacimiento o Espuela de Plata, que son una y dos a la vez, la misma y distintas; o a lo Richard Heber— adicto al papel y a ese objeto perfecto que es el libro, un libro. En Fórcola, hace un par de primaveras, Marchamalo publicó otro de sus librillos tan adherentes –si se es de la causa—: Tocar los libros, lleno de anécdotas, de curiosidades: todos sabemos algunas, varias, Marchamalo las sabe (casi) todas.

En Tocar los libros hay, por cierto, una fotografía del escritor cubano fallecido en su exilio madrileño hace un tiempo Gastón Baquero, que publicó Gorka Lejarcegui en El País, y que acompañaba –creo recordar— una entrevista a toda página con Baquero –una charla entre cubanos exiliados por distintos motivos o por el mismo— que le hacía Roger Salas. Es una fotografía que me impactó cuando la vi en el periódico y me impactó cuando la incluyó Marchamalo en su libro (“cortesía de El País”: confío que la cortesía no haya prescrito y ampare todavía la reproducción ahora, junto a estas líneas).


Gastón Baquero

Espléndida fotografía, Gorka: Gastón Baquero delante de su trinchera de papel, de libros, desordenadamente ordenados y elegantemente amontonados, en difícil pero no imposible equilibrio y detrás parece haber una puerta, o una ventana, cerradas ambas, ajeno él a todo ruido que venga del exterior, de toda vida que no esté –ya— incluida en los libros. Los libros son los mapas de la vida, le decía el abuelo al yo del relato de Guillermo Busutil. Ese barullo de libros lo tengo yo en la memoria en otras dos fotografías: una, en la calle Vallehermoso, de Madrid, intentando no ya sentarme –fue imposible— sino ver, para entrevistarle, entre montones de libros, en mesas, sillas, sillones, sofás, en el mismo suelo, a Julián Marías. La otra es un fotograma de una película, de Carlos Saura, creo, Antonieta, creo, sobre la revolución mexicana, creo, y una habitación  —lo recuerdo bien— atestada de libros, desparramados en horizontal como plaga de langostas en plan de Cuando ruge la marabunta, película, donde estaba –en la habitación— el prócer mexicano José Vasconcellos. El recuerdo es cierto, los creo, pura retórica: hoy día Google le quita todo romanticismo a acumular inútilmente datos en la memoria de cada cual.


Aurora Bernárdez y Julio Cortázar

Todo lo mejor que atesoraba Cortázar en su biblioteca de su casa de París, donde murió en febrero de 1984, y que hoy está depositada en la Fundación Juan March, gracias a Aurora Bernárdez (no me atrevería a llamarla viuda, porque uno en vida atesora varias viudas, y por llamarla viuda a Aurora, una mujer encantadora y tan partidaria de Julio, una vez me escribió una carta de protesta airada una mujer que por lo que pude averiguar en Google trabajó en París y pudo conocer a Cortázar: no sé más, no digo más); todo eso, sus tesoros, libros anotados, enjuiciados, mejorados, dedicados, leídos, leídos, leídos, todo eso, lo cuenta con mucho detalle, rigor y amenidad Marchamalo en su impagable –me lo regaló el editor— Cortázar y los libros.

De Cortázar y de libros, y de él mismo –mucho, y con ironía, y humor— habla también Mario Muchnik en su libro Oficio editor, que reúne, puesto al día, libros suyos anteriores (muy interesantes por la franqueza, aunque me da la impresión de lector que no está en el ajo de nada que una versión, la suya, requiere otra versión, la de enfrente; me pasó entonces, cuando los leí, sueltos, me ha pasado ahora que lo he (re)leído re(h)ojeándolo bastante) sobre el apasionante mundo del editor y él lo fue con un espléndido catálogo, con su sello o siendo Mano del Rey (qué quieren que les diga, sigo los lunes en Digital + Juego de Tronos, de la ¡HBO!, amigos) en editoriales ajenas: GSR y la empresa Anaya (descacharrantes sus perfiles de directivos y empresarios que no son editores) o JML y la empresa Planeta. Espléndido catálogo el de Mario Muchnik, al que también le acompaña un buen número de leyendas (apócrifas, la mayoría, pero bueno). Las memorias de Muchnik, de nuevo, en El Aleph Editores, ahora, deberían ser lectura de verano para jóvenes editores, y no sé si proponerle a Eva Orúe, la responsable de este .com, que las de a modo de folletón, debajo de su leído Círculo de iluminación. Es una modesta proposición.


El libro de Mario Muchnik  sobre la mesa  apenas me deja ver el librito, El amante de las librerías, esa delicia de Claude Roy, que se me extravió, hace un buen rato, algunos párrafos antes. Y vuelvo a Roy, que vuelve de hacer su –envidiable— rutina, comprar un poco de fruta, algo de queso, pan, pasarse por algunas librerías cercanas a su domicilio, husmear, tocar, coger, pedir, y cargado con todo ello, comida, conversación, libros, subir, uno a uno, los peldaños de su casa, tercer piso, sin ascensor, y él con edad: y ante ese paisaje, descritas las circunstancias, hay que saber qué se trae uno a casa, con su peso correspondiente, y acaba su deliciosa brevería, “con un poco más de libros de los que caben en ella”, en su casa, y mientras deja las viandas que le acompañan reflexiona por escrito: “Pero el aficionado a las librerías es como el que no puede resistirse a invitar a una comida improvisada a un huésped inesperado: nos apretujaremos un poco, y donde hay para tres hay para cuatro. Muerta es la morada en la que no entran cada día un nuevo libro y un nuevo visitante, nuevos amigos”.

Muerta es la morada…, Claude Roy.

El hogar es donde tienes los libros…, Richard Burton, el aventurero, el traductor de Las mil y una noches.

Y el francés Antoine-Marie-Henrie Boulard, que atesoró 500.000 libros. Y los 150.000 que guardó, por triplicado, Richard Heber. O tan solo 100.000 sir Thomas Phillipps. Otras curiosidades y extravagancias en Bibliofrenia, de Joaquín Rodríguez. Aunque para pasión y poderío la de un visir persa del siglo X que se movía de un lado al otro llevando su biblioteca –móvil, sí, pero ¿portátil?— de ciento diecisiete mil volúmenes (117.000) en una caravana formada por cuatrocientos camellos (400) que iban por el desierto perfectamente alineados por orden alfabético. Lo del visir se lo coge Marchamalo a Alberto Menguel de su libro Una historia de la lectura y yo, ahora, a Marchamalo:  parecemos hileras de camellos por el desierto del papel. Y Marchamalo me recuerda que Georges Perec, tan Perec, tan caballero oloupista,  concluyó que había que tener exactamente trescientas cuarenta y tres (343) libros. Ni uno más. Y muchos conocemos aquel cuentecillo de Monterroso, tan de Monterroso, titulado sencillamente “Cómo me deshice de 500 libros”, y que ha sido guía espiritual y expeditiva de más de un depredador literario: Alfredo Bryce Echenique lo hacía en cada mudanza sentimental (creo que todas las mudanzas de Bryce han sido sentimentales; a Bryce creo que le oí una vez afirmar que a él todas las mujeres le abandonaban en los aeropuertos: o iba a despedirlas o iban ellas a despedirle: el resultado final era el mismo), y tantos otros.
En fin, aquella greguería de Ramón –que se la tomo prestada a Joaquín Rodríguez: “Libros: milhojas de sentido”. Quedémonos con el dulce.




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