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La ilusión imperfecta

Daniel Tubau

La crítica de la crítica

danieltubau@gmail.com

En estos días de descanso en Yunnan, en el sur de China, he estado pensando acerca de la crítica literaria, una actividad que he desarrollado de manera cada vez más intensa gracias a estos Divertinajes que acogieron primero mi Biblioteca ideal y ahora esta Ilusión imperfecta.


Mis reflexiones sin duda han sido provocadas por la reciente publicación de la antología El camino de los mitos IV, en la que se incluye mi relato Jerome Perceval, el crítico voraz.

No se trata, sin embargo, de un cuento reciente, pues lo escribí en 1984. Entre la primera versión y la última, publicada más de veinticinco años después, la principal diferencia es un episodio relacionado con la mitología griega, que intenté escribir respetando el tono original del cuento.

¿Por qué quiero hablar aquí de ese viejo cuento y qué relación tiene con la crítica literaria? La respuesta es sencilla: el protagonista, Jerome Perceval, desea convertirse en el mejor crítico literario de la historia. Sin embargo, la primera intención de este inquieto personaje no es esa, sino que sueña en ser un artista total, lo el narrador expresa en frases sinestésicas: “el shakespeare de la pintura, el miguelángel de la música, el mozart de la novela”. Tras diversos intentos, Perceval renuncia a su sueño, “tal vez porque su erudición le permitía ver de un modo demasiado nítido algo que los demás sólo podemos intuir: las huellas de otros autores en nuestra obras”. Es un problema semejante al que imagina Borges en Funes el memorioso, un hombre que no podía hablar de la idea platónica o abstracta de “perro”, porque ni siquiera podía referirse a un perro concreto:

“No sólo le costaba comprender que el símbolo genérico perro abarcara tantos individuos dispares de diversos tamaños y diversa forma; le molestaba que el perro de las tres y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de las tres y cuarto (visto de frente).”


Alexander Luria

El psicólogo ruso Alexander Luria contaba un caso real semejante al de Ireneo Funes, el de un hombre capaz de recordar todos los detalles de cada instante de su vida. Lo que parecía un regalo del cielo se convirtió en una maldición, pues era incapaz de elaborar un discurso coherente sin ser arrastrado por los mil y un nexos y asociaciones que le sugería cada palabra y cada frase.

El temor a repetir lo que otros ya han dicho es lo que aleja a Perceval de la literatura y le conduce a la crítica literaria. Como es obvio, existen otras soluciones a este dilema del erudito memorioso, y Borges es un buen ejemplo de una de ellas, de la que hablaré en otra ilusión imperfecta.

Es probable que tras el episodio ficticio de Perceval se encuentre algún rasgo de mi propia biografía. Cuando escribí el cuento yo era no sólo un escritor precoz, con tres libros y más de una decena de cuentos publicados, sino que además había tenido tiempo para convertirme ya en un escritor precoz fracasado, cosa al parecer bastante frecuente. Ahora sé que ese fracaso se debió en gran parte a mi desidia: ni siquiera llegué a considerarme fracasado porque apenas me interesó tener éxito. Ahora tampoco busco el éxito, pero sí sé que para poder seguir haciendo lo que más me gustaba entonces y ahora (escribir) no es mala idea publicar algo de vez en cuando. Por otra parte, la perspectiva de publicar me hace ser más exigente con lo que escribo, lo que, a su vez, me lleva a conocerme mejor a mí mismo y el mundo que me rodea, que es sin duda la razón principal por la que escribo: el deseo de aprender.

En cuanto a Perceval, su decisión de convertirse en crítico literario, no parece motivada por la vanidad, sino más bien por el deseo enfermizo e incontrolable de superar un desafío, lo que los griegos llamaban la hybris, el anhelo de sobrepasar los límites marcados al ser humano. Perceval no quiere convencer a la humanidad de que es el mejor crítico, sino que eso será tan sólo la consecuencia inevitable de su capacidad de escribir críticas perfectas. Creo que este tipo de tozuda ambición está detrás de muchas grandes creaciones literarias y de muchas invenciones y descubrimientos científicos, aunque luego, de modo erróneo, parezcan motivados por el deseo de notoriedad, que también suele estar presente.


Sainte-Beuve

A menudo se hace a los críticos el reproche de ser artistas fracasados, y es posible que en algunos casos así suceda, porque sería raro que un crítico literario nunca tuviera el deseo de escribir novelas, poemas, ensayos o cuentos. Pero el reproche olvida que la escurridiza denominación de artista también puede y debe incluir a muchos críticos, desde Longino a Samuel Johnson o incluso Sainte-Beuve, a pesar de los reproches que le hizo Marcel Proust. Oscar Wilde hablaba con acierto del “crítico como artista”.


Harold Bloom

El célebre crítico Harold Bloom se lamenta una y otra vez del bajo nivel de la crítica contemporánea y anuncia su final, pero lo cierto es que él mismo es un buen ejemplo de mal crítico, que en su monumental y decepcionante Shakespeare o la invención de lo humano dedica casi todas sus energías y muchas de sus páginas a hablar mal de sus rivales, a ajustar cuentas con unos y otros, olvidando las palabras de su admirado Samuel Johnson, quien decía en su Prefacio a las obras de Shakespeare a propósito de los otros críticos de la obra shakesperiana:

Shakespeare o la invención

“Puedo afirmar con absoluta franqueza de todos mis predecesores lo que espero que se diga de mí en el futuro: que ninguno ha dejado de mejorar a Shakespeare y que no hay ninguno con cuya ayuda o información no esté en deuda... a todos los he tratado con la consideración que unos a otros no han tenido la prudencia de dispensarse.”


En su afán por convertirse en el mejor crítico, a Perceval también le mueve el darse cuenta del bajo nivel de la crítica literaria:

“Ninguna recensión, por meditada que fuese, ninguna opinión ni juicio de valor le parecía acertado. Los argumentos estaban lejos de resultar convincentes, los ejemplos acababan siendo contradictorios, las conclusiones siempre eran apresuradas. Jerome se repetía a sí mismo que era un crimen permitir tanta ignorancia. Él, que había leído más que nadie, ¿cómo podía ser engañado por esos aprendices, por esos indocumentados?”.

La próxima semana seguiré ocupándome, junto a Jerome Perceval, Samuel Johnson, Oscar Wilde y otros autores, la crítica de la crítica literaria, en lo que podríamos llamar “filosofía de la crítica”, a la manera de la filosofía de la ciencia, que no examina las leyes y descubrimientos en sí, sino la manera en la que proceden y deberían proceder los científicos y los métodos que se pueden considerar o no válidos en los descubrimientos y demostraciones.

Visita la página web del autor:
www.danieltubau.com




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