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Pareciómelo

Pedro Vallín

Gerontocracia, episodio segundo


Uno de los rasgos más inquietantes del pensamiento arrojado por las dos anteriores generaciones, y que por lógica ha prendido con intensidad en la presente, es el ludismo, un extraño furor antitecnológico de carácter moral —no técnico— y de naturaleza apocalíptica. El miedo a la máquina es una consecuencia más o menos lógica de la revolución científico técnica, y por eso tiene sentido que se convirtiera en uno de los temas favoritos de la literatura de género: El señor de los anillos, de Tolkien no es más que una monumental alegoría sobre la guerra entre el mundo campesino (La Comarca es una versión de la campiña británica) y la primera revolución industrial (“los fuegos de la industria” se tragan el bosque de Farngorn, relata el escritor inglés, fruto de los esfuerzos de Saruman por crear un ejército de orcos) pues para él esos eran los contendientes de la I Guerra Mundial: el mundo antiguo y el de los primeros tanques y aviones que acababan con el reinado del caballo en la batalla, que había durado más de dosmil años. Lo que ya no es tan lógico es su intensidad. Con el auge de los totalitarismos y la II Guerra Mundial, considerada de forma un tanto simple como una consecuencia del racionalismo científico (la tecnología armamentística, el proyecto eugenésico nazi, la bomba atómica, las cámaras de gas…), el ludismo se convirtió ya en un asunto recurrente: todo relato de ciencia ficción era una pelea del hombre contra la máquina. O mejor, una narración de cómo la máquina se vuelve contra su creador: el hurto de Prometeo merece castigo. Por supuesto, Chernóbil o Fukushima son perfectos ejemplos para afianzar ese ludismo del intelectual literato, una coartada más para que prenda el pensamiento atávico: el hombre no debe traspasar los límites impuestos por los dioses, o por su nueva encarnación mística, la naturaleza. No falta quien sostiene que el origen de la tragedia japonesa no es un azar de la naturaleza sino la ufana pretensión del hombre de vivir con comodidad, de tener luz eléctrica a demanda. O peor, una reacción de la naturaleza, airada. Animistas hay de todas clases.

Al filósofo Juan Cueto, uno de los pocos intelectuales españoles que no le tienen miedo al futuro, le gusta mucho citar aquella frase del rector del Jesus College de Cambridge a propósito de la llegada del primer tren de vapor en domingo: “Nos produce la misma consternación a Dios y a mí”. Efectivamente ese triunfo de la consternación ha durado hasta hoy.

Y así del natural temor a la energía nuclear se pasa a la satanización de toda investigación científica, singularmente la química: los tomates más caros serán aquellos no tratados con modernos plaguicidas o abonos industriales (que tantos beneficios han traído a la humanidad combatiendo plagas y evitando hambrunas, respectivamente) y que no hayan sufrido modificaciones genéticas (los transgénicos han salvado decenas de millones de vidas en las últimas décadas, pero el europeo ufano puede permitirse comer patatas a seis euros el kilo, no así los cultivadores de arroz del suroccidente asiático), de ahí también el rebrote de enfermedades erradicadas: sin plaguicidas y abonando los alimentos con mierda de vaca se ha permitido el regreso del tifus, por ejemplo. La química tiene tan mala fama que no hay ludismo más popular que el que propone curarse con hierbas en lugar de usar medicinas.

A ella, a la consternación del rector de Jesus College, debemos el rebrote de enfermedades graves que teníamos erradicadas. La semana pasada se constaba un regreso del sarampión cuyas causas no arrojan dudas, a decir de los expertos en salud pública: los objetores antivacunas, que ponen en riesgo a sus hijos al negarse a incluirlos en los planes de vacunación aduciendo extrañas razones sacadas de la revista Más Allá o del programa de Íker Jiménez, y de paso a todo el colegio (sería recomendable prohibir la escolarización de estos niños no vacunados), pronto lograrán que tuberculosis, poliomielitis y viruela vuelvan a ser habituales en las escuelas europeas.

Me estoy yendo, porque yo quería hablar de cómo eso afecta a la cultura literata española. Digo literata porque el analfabetismo científico de nuestros gurús culturales no sólo es proverbial, sino que lo llevan a gala. Creen que una metáfora puede explicar el mundo mejor que la teoría de la evolución, la termodinámica o las dos mecánicas, newtoniana (la de las cosas grandes) y cuántica (la de las cosicas pequeñas). Aquí sólo propongo un entresacado de luditas para que ustedes mismos jueguen en sus casas a localizar a los gerontócratas nostálgicos, la gente que impide avanzar porque lo que quiere es retroceder. Vamos allá.

Un gurú cultural llamado Juan Cruz proclamó (concretamente en el salón de actos de la Fnac de Callao en Madrid hace tres años) que “Internet sirve para despensar, ¡para despensar!”. No lo decía por dispensar ni por despensa, sino como antónimo de “pensar”. Un oráculo del nuevo cine catalán llamado Albert Serra, de la que decía que la tecnología 3D “no es nada” para el cine (tate, como si el cine fuera otra cosa si no tecnología), añadía que esta tecnología era una más de las nefandas consecuencias de los videojuegos, a los que calificaba de “invento del maligno”. Pobre, pese a nacer en los setenta, no debió tener consola ni hallar consuelo. Ese egregio ganador de un Oscar llamado José Luis Garci, arrobado en la contemplación de las maquetas con las que se fingen batallas navales en la película Los vikingos, de Kirk Douglas, comentaba que “eso sí son batallas navales, no las de ordenador”, en supuesta alusión a la por entonces muy reciente Master and Commander, de Peter Weir. El escritor y polemista Fernando Sánchez Dragó maldijo en su blog el progreso y la telefonía móvil porque han arruinado el paisanaje de su querida Soria, pequeña capital de provincias en la que a él le gustaría seguir viendo a aquellos pobres desarrapados con boina que podían verse cuatro décadas ha, en lugar de esta gente bien alimentada y vestida que llevan iPods y hablan por iPhones. Los pobres son figuración para que los ricos se sientan bien ricos, cómo se les habrá ocurrido a los muertos de hambre sorianos prosperar sin consultar a Dragó. El hemingwayno lobo de mar Arturo Pérez Reverte escribía el otro día contra la electricidad y la electrónica. Más aún: "Coches que antes se reparaban con una llave inglesa quedan bloqueados y ni gira el volante al menor fallo electrónico". Y saca el apocalipsis: "Hasta los más renuentes hemos aceptado las reglas de este disparate. De esta espiral imbécil. Nunca fuimos tan vulnerables como hoy. Hemos olvidado, porque nos conviene, que cada invento confortable tiene su accidente específico, cada Titanic su iceberg y cada playa paradisíaca su ola asesina. Por eso nos van a dar, pero bien. A todos". ¿He oído "arrrepentíos"? Na, imaginaciones.

Ahora piensen en la de veces que han dicho que los vinilos eran infinitamente más bonitos que los CDs (supongo que se referirán al estuche) y no digamos a los mp3. Hasta les tengo oído decir que el vinilo, con su fritura y su aguja saltona, sonaba mejor que lo digital. Sonaba mejor... ay, melancólicos.

Todo esto venía a cuento de algo de Libranda, pero..., era algo como "nos produce la misma consternación a Dios y a mí"..., ¿cómo seguía? Bah, no sería importante. Pánsenlo bien y cómprense algo. Mejor si es de Apple. Por fardar, digo.  




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