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Los viajes

de Sara Gutiérrez

Napa y Sonoma, los valles del vino


Abrazadas, engarzadas o sueltas, despeluchadas, vides de diferentes alturas, grosores, edades y reputación cubren los valles de Napa y Sonoma como paso previo a la locura creativa de enólogos de todo el mundo y placer de visitantes y locales en una tierra de sol, azul, verde y tranquilidad.


Entramos en el Valle de Napa por Calistoga y allí quedamos a dormir; en el motel más asequible del lugar, cuyo precio doblaba cualquier otro que hubiéramos pagado hasta el momento. 


El desayuno en Calistoga Roastery nos dio una idea de donde estábamos: un lugar relajado en el que disfrutar de la vida sin miramientos. En la barra del amplísimo local donde tomamos nuestro café de la mañana, ajena al trajín del mostrador de dulces y cafés elaborados por el camarero, una melita trabajaba a disposición del público que únicamente buscaba llenar su taza de agua manchada sin mediar palabra, depositando el importe en un bote del que se podían recoger, en caso necesario, las monedas del cambio. Mientras contemplábamos a los parroquianos y comentábamos los carteles que tapizaban las paredes («los niños abandonados serán retirados por la grúa a cargo del dueño», por ejemplo), nos preguntábamos cuánto recaudaría un sistema similar en nuestros pagos.


Antes de lanzarnos a los viñedos, dedicamos quince minutos al Bosque petrificado: una pequeña finca en la que troncos de piedra permanecen como testigos de una erupción volcánica acontecida hace unos tres millones de años, cuando la lava tumbó y enterró los árboles que, tapados durante siglos por las cenizas, dejaron de ser madera para convertirse en piedra.


Los viñedos y bodegas se suceden a ambos lados de la estrecha carretera anunciando con prestancia sus peculiaridades, mostrando con imaginación su alegría de vivir. Hagafen Cellars es la única bodega kosher de Silverado Trail; en la terraza de Domaine Carneros la camarera disfruta tanto hablando de Europa en su francés natal como exponiendo a los japoneses en inglés los mejores maridajes entre cavas y quesos;  perfectamente integrada en el paisaje, Artesa, la bodega californiana de Codorniú, expone a su artista residente; en la Misión reconvertida en bodega o la bodega que simula una Misión de Robert Mondavi no permiten participar en las visitas guiadas a menores de 13 años; los aparcacoches de Rubicon State dan fe del señorío de la más antigua de las bodegas del valle; V. Sattui, elegida mejor bodega de 2006, opta por la popularidad y en su enorme tienda vende, sin olvidar los obligados regalos relacionados con la cocina y el vino, quesos, embutidos, panes, comida preparada y delicatessen de todo tipo (sales, mermeladas, mostazas, aceites, chocolates, etc.) dispuestos para degustar con cualquiera de sus caldos en el merendero exterior...


Como remate: el Instituto Culinario de América en Greystone, sito en una impresionante construcción de piedra que alberga a su alumnado, pero también una surtidísima tienda de libros, instrumentos y juguetes relacionados con la cocina. Dicen que su restaurante bien vale una cena, no podemos corroborarlo porque el día de nuestro paso por allí estaba cerrado por vacaciones.


Aunque habíamos entregado nuestra habitación, volvimos al Dr. Wilkinson Motel en Calistoga, no sin antes hacer una parada en Santa Helena que, a la vista de los escaparates de sus cuidados comercios, se nos antojó plenamente ligada a los vinos y las grandes mansiones del Valle. Por primera vez en nuestro periplo californiano (dejando San Francisco a un lado, claro está) teníamos a nuestra disposición más establecimientos que cenas podríamos hacer en el lugar, y muchos de ellos muy apetecibles.


Nuestro primer objetivo en Sonoma eran las bodegas de Francis Ford Coppola, pero tras alcanzar el edificio principal por un camino de olivos, nos percatamos de que madrugamos demasiado, no abren hasta las 11:00. Las dimos por vistas y continuamos ruta.


En Santa Rosa también hubimos de darnos un paseíllo antes de poder entrar en el Museo dedicado a su ciudadano más universal, el creador de Snoopy y Charlie Brown, Charles Schulz. ¡Qué casualidad! cuando el museo aún estaba cerrado, la tienda de souvenires ya llevaba un buen rato abierta... La visita resulta muy interesante.


En el aparcamiento del Centro comercial de la ciudad donde dejamos nuestro coche, los vehículos lucen, como en tantas otras partes de California, pegatinas en contra de la guerra de Iraq y de apoyo a las tropas norteamericanas, no tanto en cuanto ejército como conjunto de soldados, entendemos.


Continuamos nuestro recorrido entre viñedos y terminamos comiendo en el jardín del afrancesado Chateau St. Jean un menú precocinado de pasta fresca y queso servido en vajilla de plástico y regado con el blanco más recomendado de la casa.


En Sonoma nos hartamos de dar vueltas antes de encontrar la plaza principal, de estilo español. ¿Por qué? Eso nunca lo sabremos. Es como si hubiéramos caído en un bucle tempo-espacial que nos impidiera traspasar el umbral de la vieja ciudad. Pero al fin lo logramos y dimos con las construcciones de adobe habitadas hoy por restauradores, tenderos y vinateros, y la restaurada misión de San Francisco Solano de Sonoma de la que tan bien nos habían hablado. Si en Napa respirábamos lujo y modernidad, en Sonoma creemos estar aún a tiempo de vivir aquellos 25 días de 1846 en que aquí ondeó la bandera del oso pardo y California fue una república independiente.


Algunas fotos las hice yo; otras, Eva Orúe.

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