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La ilusión imperfecta

Daniel Tubau

Llamando a la puerta de Dios

danieltubau@gmail.com

Lector, me perdonarás que en esta ocasión hable de mí mismo más de la cuenta. En mi defensa debo decir que estoy de acuerdo con aquello que decía Oscar Wilde: “Quien no habla de sí mismo no hace otra cosa que hablar de prestado” e incluso yo voy más lejos y pienso que cuando hablamos de nosotros mismos también lo hacemos de prestado. Sin embargo, es cierto que el egocentrismo invasivo resulta muy fatigoso y que la cortesía de escuchar a los demás es la más recomendable de las virtudes sociales. Como dice el insigne cohete de Oscar Wilde en una frase que es una de las favoritas de mi colega divertina Ana Aranda: “Dejemos de hablar de mí y hablemos de ti: ¿qué opinas de mí?”.

Mi intención es concluir hoy el recorrido por las habitaciones narrativas de Homero, que he comparado con algunas series de televisión y con el mundo digital. Lo haré recurriendo a dos de mis libros, que están conectados por nexos que quizá muchos lectores no adviertan. En realidad, todos mis libros están conectados de muchas maneras, como supongo que sucede con los de cualquier otro escritor, y considero que todos ellos son fragmentos de un hiperlibro que los engloba. En este caso señalaré alguno de los nexos que conectan El guión del siglo 21 con Recuerdos de la era analógica.


El guión del siglo 21 es un libro que trata de la narrativa audiovisual en la era digital, es decir en lo que es nuestro más inmediato presente y próximo futuro; Recuerdos de la era analógica es una antología de ciencia ficción que tiene la particularidad de haber sido compilada en el siglo 25, con textos encontrados en lo que los antólogos llaman la Arqueo Red, es decir, nuestro Internet. El título ya indica claramente que para los antólogos del futuro, nosotros, aunque ahora nos creemos digitales, seguimos siendo analógicos. Uno de los ensayos encontrados por los antólogos en la Arqueo Red se llama “La obra de arte en la época de la percepción malebranchiana” (el libro gratis aquí).


En El guión del siglo 21 se habla de las posibilidades narrativas del hipertexto, de la interactividad, del enciclopedismo digital y de la realidad aumentada o la realidad virtual. Como no quería asustar al lector, que quizá me considera todavía un investigador sensato, eliminé bastantes cosas en la versión definitiva, de las que aquí voy a rescatar algún párrafo.

Si eres visitante habitual de esta ilusión imperfecta recordarás que la semana pasada (Ulises en Singapur) analicé una película llamada Nueve vidas que trascurre en las calles de Singapur: el espectador no se sienta en la butaca del cine o en el sofá de su casa, sino que camina por la ciudad descubriendo, a través de su móvil, una película superpuesta a la realidad que tiene delante. Dentro de no mucho tiempo no tendremos necesidad de usar un móvil, sino que veremos todo a través de gafas de realidad aumentada o de lentillas. Veremos además imágenes en tres dimensiones y podremos movernos a su alrededor, como si fueran personas de carne y hueso, aunque cuando extendamos la mano para tocarlas descubriremos que allí sólo hay aire. Bueno, en realidad eso sucederá sólo en los inicios de ese nuevo sistema que combinará realidad aumentada y virtual, porque en poco tiempo será posible que, al extender la mano, podamos tocar a esa persona, aunque no esté allí. Cada vez son más los sistemas capaces de trasmitirnos sensaciones hápticas, es decir táctiles, desde el mando vibrador de una videoconsola a aspectos más sofisticados desarrollados por el sector que suele estar a la vanguardia de la tecnología narrativa: la industria de la pornografía.


McLuhan

Cuando en vez de tener que utilizar un teléfono móvil podamos ver en nuestras lentillas, o directamente en nuestro cerebro gracias a un microchip, imágenes en tres dimensiones que nos trasmitan sensaciones audiovisuales e incluso odoríferas muy realistas, resultará muy difícil afirmar si lo que estamos viendo está o no delante de nosotros. No sólo eso, pues a la realidad virtual y aumentada pronto se añadirá la simulada, que, según ciertos rumores, Sony llegó a probar hace años: consiste en la estimulación directa de sensaciones en el cerebro del espectador. Si además llevamos un traje electrónico que nos trasmite la sensación de coger una manzana virtual, resultará casi imposible saber si estamos sentados en una casa de Buenos Aires o en una frutería de Singapur y, como decía McLuhan, esos medios se convertirán en extensiones de nuestro cuerpo. ¿Dónde estará nuestra mano? ¿en la frutería de Singapur o en el salón de nuestra casa de Buenos Aires?, ¿sentiremos en Buenos Aires el gusto de esa manzana que está en Singapur?


Como escribí en El guión del siglo 21:

Si a toda esa tecnología deslumbrante le añadimos un corpus narrativo de la complejidad y riqueza del que manejaban Homero y los mitógrafos griegos, y si aprendemos a usar con sentido el carácter enciclopédico de Internet, no cabe duda de que veremos, asistiremos o recorreremos historias dignas de ser vividas.

Probablemente por eso los antólogos de Recuerdos de la era analógica no hablan de espectadores, lectores, usuarios o visitantes, sino de degustadores. Para leer un libro hace falta poco, tan sólo ponerlo delante y mover los ojos de un extremo al otro, pero cuando toda esa narrativa inmersiva e interactiva llegue, tendremos que aprender a movernos por ese mundo, no sólo como jugadores y degustadores sino también como narradores. Tal vez, el arte del narrador acabará consistiendo en moverse o en guiar a los demás por un universo hipertextual casi infinito, seleccionar rutas, ofrecer un mapa de senderos que se bifurcan. Del mismo modo que podemos experimentar la emoción de un salto en paracaídas atados a un profesional, también podremos compartir una experiencia narrativa ajena, por ejemplo en un videojuego de realidad virtual y aumentada, algo que, por otra parte, siempre hemos hecho, pues un novelista no hace otra cosa que ofrecernos el resultado de sus elecciones y recorridos en un mundo virtual que sólo ha existido en el interior de su cerebro, pero en el que ha tenido que decidir a cada frase, párrafo y capítulo qué camino tomar. El resultado es la novela. Por eso Henry James, como ya vimos que hacían Auerbach y Havelock, describió el arte del novelista empleando la metáfora de alguien que recorre una habitación a oscuras con una linterna, iluminando ciertas zonas, pero nunca toda la habitación. Esas partes que vemos, y sobre todo esas partes que no vemos, son lo que da intensidad y complejidad a la historia narrada.


Henry James

La realidad aumentada, aunque todavía está en sus inicios, permite la inmersión de Don Quijote o la de los videojuegos en un mundo que está ahí y al mismo tiempo no está ahí, pero ahora el usuario, jugador o espectador ve la realidad y al mismo tiempo ve un mundo imaginario superpuesto a ella, que puede recorrer como Homero recorre el edificio de la mitología, deteniéndose aquí o allá para contemplar el momento en el que Euriclea le lava los pies a Ulises, o la cacería en el Parnaso, o el nacimiento de Ulises.

¿Y qué tiene todo esto que ver con ese extraño ensayo llamado “La obra de arte en los tiempos de la percepción malebranchiana”, incluido en Recuerdos de la era analógica? ¿Y qué tiene que ver todo ello con el filósofo Nicolás de Malebranche? Como ese ensayo todavía no ha sido escrito y como en la antología del futuro sólo se incluyen breves fragmentos, puedo intentar dar algunas pistas en las apenas doscientas palabras que me quedan para llegar al final de este artículo.

Nicolás de Malebranche fue un filósofo contemporáneo de Descartes que sostuvo una teoría idealista un poco distinta de la Berkeley, quien decía que sólo existe aquello que es percibido o que percibe: si nadie mira un árbol, ese árbol no existe. Pero Berkeley enseguida nos tranquilizaba porque Dios, el espectador absoluto, lo mira todo en todo momento. Pues bien, Malebranche, que también era religioso de oficio como el obispo Berkeley, decía que la materia no existe ni puede existir, porque si existiera sería algo separado y diferente de Dios. Por eso, concluía, todo lo que vemos, lo que somos y lo que percibimos no existe fuera de Dios, sino en el interior de Dios. Somos, en definitiva los pensamientos de Dios. Esta teoría tan extravagante y razonable puede convertirse en real en el futuro cercano, cuando llegue un momento en el que degustaremos las narraciones no en un lugar externo, como la pantalla de un cine o el monitor de una televisión o de un ordenador, ni siquiera en unas gafas o lentillas de realidad virtual, sino en el interior de nuestro propio cerebro. Nos recorreremos a nosotros mismos, algo que, quizá, hemos hecho siempre, también cuando leíamos libros o mirábamos la pantalla del cine.

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www.danieltubau.com




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