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El pizarrín

Javier Goñi

De un nido de pájaros raros


Déjenme que les diga que uno no necesita demasiado para que se le abaroje la primavera, que uno es muy de don Pío, y me han brotado, en estos meses, varios en el macetero de (gozosas) novedades. Todo empezó porque RBA, en esa colección de recuperaciones que lleva unos años haciendo sin ningún criterio claro salvo el acierto en la elección, decidió exhumar  el viejo Los Baroja, una extraordinaria memoria familiar, de un nido de pájaros raros, los Baroja, que publicó hace casi 40 años don Julio Caro Baroja, el sobrino, y uno de esos españoles contemporáneos de los pocos que –en mi opinión, que no tiene más valor que el que cabe entre dos guiones, el de ahí arriba, y éste que cierra- pueden llamarse sabios, y considerarse como tales.


Pues verán. Uno es barojiano desde su más tierna infancia. En la biblioteca de mi padre, que tenía solo las ventanas que tenía, pero no cerradura con llave que cierre, había un librote, que todavía conservo con cariño, Lecturas buenas y malas, del padre A. Garmendía de Otaola, de esos jesuitas recios que da el solar vasco, un mamotreto con nihil obstat de 1949 y casa editora en Bilbao, Ed. El Mensajero del Corazón de Jesús, y en su interior la coda al contundente título, A la luz del dogma y la moral: se ve que mi buen padre que nunca me censuró un libro tenía el mamotreto para sujetar las ventanas entreabiertas de esas de guillotina de casa (vieja) londinense. Pues bien, en ese vademécum de libros perfumados por azufre luciferino uno leyó entradas -¿lo de Franco por don Luis Suárez, rector que fue de la única Universidad, la de Valladolid, que el Caudillo, no dictador, mandó cerrar?: minucias, papeletas de historiador concienzudo- que le deslumbraron y le abrieron el apetito. Y la entrada que mejor recuerdo y más veces he leído es la don Pío, el impío don Pío, bramaba el jesuita y le estallaban los obuses de saliva en derredor, a quien consideraba antiespañol, anticatólico y antihumano. Eso el padre Garmendía de Otaola, bravo vasco ese jota, quien citaba además, en su texto,  una frase lapidaría y bien fechada -23 de julio de 1947-, “Efectivamente, ya hizo bastante daño”, que pertenecía a El Pensamiento Navarro, que no es un oxímoron perfecto, sino un periódico carlistón que había en Pamplona. Es célebre la frase de Baroja, de muchos años atrás: “¿pensamiento navarro?, o una cosa u otra”. Según Miguel Sánchez-Ostiz, el excelente escritor navarro, que tanto y tan bien, sin ofuscarse en los hagiográfico, ha escrito sobre Baroja, esta frase podría ser apócrifa, pues creo recordar que él decía en alguno de sus libros sobre don Pío que nunca se la había encontrado. Las mejores frases, ya se sabe, son las apócrifas y han pasado ya al imaginario popular: quién no ha empezado, tomando unas copas, con oxímorones -¿es así en plural, u oxímorons?- como el de pensamiento navarro y ha acabado con el de inteligencia militar. Pues eso. Otra ronda.

Pues bien. A mí me hizo barojiano el padre Garmendía de Otaola, jesuita, y otros jesuitas –algunos vascos, otros castellanos-, los del Colegio de San José, de Valladolid: allí estudiaron Ridruejo y Álvaro Pombo, miren ustedes por donde, y allí uno fue desasnado, me dejaron leer en la biblioteca de Preu –yo fui chico de Preu, ¿passa algo?- muchos barojas de Planeta. Al parecer, el viejo Lara como un padre Félix García que sacaba extremaunciones a agnósticos de pedigrí, ortegas y gasset y cosas así –me dicen los abogados de este .com que añada presuntamente; añado: presuntamente-, le sacó, el viejo Lara, al viejo Baroja muy mermado de salud física y mental, unos derechos sobre las obras de don Pío, que Planeta aprovechó hasta comienzos de los años setenta. Eran unos barojas, los planetas de entonces, muy feos, con tapas duras y forro de plástico, pero leí bastantes, y por eso les estoy muy agradecido al viejo Lara y a los jesuitas de Valladolid. Mi padre, en su biblioteca con vistas, junto al Otaola jesuita tenía algunos crisoles barojianos y esos infumables novelas y cuentos, de tamaño casi periódico, con papel de posguerra atroz pero ahí estaba ¡Zalacaín!, y a cierta edad, amigos, se vuela, porque se sueña.


Me abarojé del todo, por mí mismo, en 1972, cuando llegué a Madrid, solo, ligero de equipaje: dejé en Valladolid, por ahí debía andar mi amigo Andrés Trapiello de joven guardia rojo, una novia, que se llamaba Isabel, y una maleta de libros que no cabían en el autobús. En 1972 se cumplían cien años del nacimiento de don Pío: fue un año conmemorativo, y la familia superviviente, los sobrinos, don Julio y Pío Caro, una vez ganado el pleito al viejo Lara, y lo que les costó –años-, pero buenos son los Baroja pleiteando por lo que creen, los sobrinos –digo- pusieron en marcha de nuevo la vieja editorial de su padre, la mítica Caro Raggio –esta novela, El mundo es ansí, de muy bonita portada, me la encontré hace unas semanas en la Feria de usados de Recoletos, por 15 euros, es primera edición, ¿eh?- y empezaron a sacar, a partir de 1972, en pulcros tomos, uno a uno, algunos con viñetas del tío Ricardo, pintor y escritor, y otras del propio don Julio, que no dibujaba mal, las obras completas.


O casi, que con don Pío nunca se acaba de ser completo, que hay más leyenda que novelas inéditas sobre la guerra civil, pero nunca fueron completas las que sacó Círculo de Lectores/Galaxia Gutenberg, apacentadas por José-Carlos Mainer y su equipo: tengo todos los tomos, me los regaló, uno a uno, Lola Ferreira, amiga, gran profesional y de la editorial; entiendo que el delito si lo hubo ha prescrito pero uno, por si acaso, siempre que anda abarojando el papel cita esta generosidad de Lola, pues de bien nacidos, etc.. Ese mismo año 1972 entre varias cosas importantes que se editaron se encontraban dos libros de don Julio Caro Baroja. Uno es el citado Los Baroja, uno de los grandes –he escrito recientemente en otro sitio, vale también para éste- libros memorialísticos españoles del siglo XX, un espléndido trabajo de campo de quien era antropólogo y sabio acerca de un grupo de gente que él mejor conocía por haberlos tenido próximos: los Baroja, una gente que siempre gustó de dejar su semilla literaria en tierra árida y seca como ésta en la que fueron enterrados, unos en Vera (entonces: hoy Bera), y otros, don Pío, con tierra guipuzcoana traída para la ocasión, en el cementerio civil, ese pudridero donde se ha hecho polvo buena parte de lo mejor de algunas de las varias Españas que existen. La edición, aquella, la tengo subrayada con bolígrafo de 20 años y anotaciones de fichas de joven universitario, y la editó Taurus.

Encuentro en la página 267 un subrayado mío muy divertido. Se refiere a un tal Domenchina,  o sea el poeta Juan José Domenchina, secretario personal de Azaña y marido de Ernestina de Champourcin, poetisa y que murió no hace tanto casi centenaria, o sin casi. Pues bien, recuerda don Julio que el tal Domenchina había escrito contra don Pío en La Voz y don Julio le recordaba así: “Este Domenchina era un hombre pesadísimo de cuerpo y de espíritu, pedísecuo de Azaña. Decían que le había pedido consejos incluso para saber  ‘cómo se debe casar un joven republicano’… y me figuro la cara que pondría Azaña al oírle”. De Los Baroja existe otra edición –al menos que yo sepa-: la que sacó en 1986 el propio Círculo de Lectores, con abundantes fotos –algunas de ellas se han utilizado en esta ristra de afectos barojianos-. Y ahora esta edición de RBA.


El viejo Baroja y una joven admiradora

Pero en 1972 también apareció otro espléndido libro, quizás menos conocido, de don Julio Caro, Semblanzas ideales, también en Taurus, y que incluía un extraordinario retrato de don Pío, que con el título de Semblanza de Pío Baroja ha rescatado Jesús Blázquez para su pequeña y activa editorial, Ediciones 98. Recomiendo al lector que no conozca ambos textos, empezar con la Semblanza de Pío Baroja, completada con otros textos y un curioso epistolario inédito, más o menos inédito, según los actuales responsables de la editorial familiar Caro Raggio, felizmente en activo, que es un aperitivo de la extensa y jugosa correspondencia  que existe entre tío y sobrino, don Pío y Julito, como le llama el tío; en algunos casos tacha Julito, y pone Julio. Una vez leída esta semblanza, el lector debe ir a por Los Baroja, que sigue siendo una obra excepcional en este país tan poco dado a las genealogías literarias.


A la derecha, un joven Fernando Morán

Pero como uno ha empezado diciendo que la primavera se le había abarojado de puro gusto, no quisiera dejar esto sin completar la satisfacción con otras cosas. Con, por ejemplo, la recopilación de artículos sobre la España de la II República –Baroja comía siempre rancho aparte y nunca estuvo ni con hunos ni con hotros- titulada Vitrina pintoresca, que no había aparecido como tal en libro y que editó hace unos meses Jesús Blázquez en sus Ediciones 98 o los dos libros recientes que ha sacado una renovada  e ilustrada Editorial Caro Raggio. El primero es La Dama de Urtubi y otros cuentos, y el otro, de hace unos pocos meses tan solo, Los convencionales humoristas, un texto teatral que permanecía inédito  y que don Julio ayudó a escribir a su tío, en los primeros años cincuenta, cuando se quedaron solos los tres Barojas supervivientes, el tío y los dos sobrinos (el menor, Pío, se fue a México a hacer fortuna, y vino con una sólida cultura cinematográfica y documentalista). Pues bien de ese tiempo es esta pieza inédita que ahora se publica, un divertimento menor –si  se quiere-, pero muy entretenido y ligero, situado en la raya fronteriza con unas gentes del Antiguo y Nuevo Régimen, en tiempos de la Revolución francesa, una obrilla, ésta, que como los relatos incluidos en La Dama de Urtubi, forman parte de ese mundo, donde se mezclan legajos, brujas, contrabandistas, supersticiones y cancioncillas populares en vascuence –que diría el padre Garmendía de Otaola, S. J.- encuadrado todo ello en esa tierra vasca tan barojiana que don Pío denominaba “la República del Bidasoa”, esa idealización suya concebida, como es sabido, “sin curas, moscas y carabineros” (el orden creo que varía según la fuente).




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