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Pareciómelo

Pedro Vallín

Gerontocracia, episodio primero

No hay lucha de clases. No se me disgusten, ya sé que llevan años convencidos, que el mundo tenía sentido viéndolo así: unos malotes acaudalados, unos pobrecicos de gran corazón. Dickens estaría jodido, claro que sí. El conflicto que hoy vertebra el relato del país es puramente generacional. Los dos hechos económicos más importantes de la última década son el bum de la vivienda y el giro del mercado laboral. El primero supuso una transferencia brutal de renta de los jóvenes, que compraban viviendas a precios sobrevalorados, a sus padres, propietarios de pisos sobrevalorados. Ni el estallido de la burbuja corrige eso. El giro del mercado laboral se explica sólo: una generación analógica que sabía que la titulación daba acceso a un trabajo fijo, bien remunerado y estable que desembocaba en una jubilación toda ella serenidad, cuando no en una vergonzosamente bien pagada y juvenil prejubilación. Enfrente, una generación mucho mejor preparada que sabe que con una ingeniería, tres idiomas y un doctorado puede aspirar a un trabajo de alrededor de mil quinientos euros brutos, sin estabilidad, y por supuesto sin saber ni a qué edad dejará de trabajar ni mucho menos si podrá entonces cobrar una jubilación.

El aspecto económico es grave. Pero la brecha cultural aún lo es más. Los estructuralistas —el melodrama hegueliano sigue siendo la principal horma del intelectual acientífico español y así nos va— habían predicho que la conectividad (internet y telefonía móvil) abriría una brecha digital que sería, faltaría más, una brecha de clases: ricos conectados, pobres desconectados. Los hechos no pueden quitarles más la razón: la brecha es generacional. Nativos digitales aptos. Nativos analógicos inhábiles. Hasta el más genuino lumpen de la Cañada Real tiene un Smartphone. En cambio, los ejecutivos que gobiernan los grandes conglomerados industriales del país sólo saben que internet sirve para enviar mails y hacerse publicidad en una web. Los políticos directamente practican el miedo ludita y antitecnológico de tanto éxito en la ficción apocalíptica del siglo XX. Verbigracia, no hay más que ver cómo funciona la compra de billetes en la web de Renfe, o la burocracia kafkiana que se han inventado en Libranda para lograr su objetivo de no vender un puñetero libro digital, un hecho que sería trágico si no fuera tan cómico: intentar detener el tiempo, pobrecicos.

Vivir fuera del tiempo da cosica. Es un poco como de vergüenza ajena. Y la semana pasada pusimos una pica en Flandes gracias a la Academia de Historia: Gonzalo Anes es uno de esos señores antiguos e hidalgos (aun no siendo vizcaíno) y a los que, cuando empiezas en el oficio de periodista, te dicen que no puedes llamar por el apellido —en plan “señoranes”— sino por el nombre de pila más “don” —así: “dongonzalo”, como si fuera reconocido en la comarca por sus vinos y pucheros—. Hablando de pucheros, propongo a los becarios traviesos que se dirijan al ex director de la Academia de la Lengua como “señorgarcía”, en lugar del socorrido “donvíctor”, y verán qué risa, qué rictus. Catedrático y poseedor de un par de grandes cruces de las que da el consejo de ministros, dongonzalo 
—cuya única aportación científica en sus sesenta años de historiador es haber estudiado el modelo económico del Antiguo Régimen y lo hizo en su tesis doctoral, luego lleva desde entonces de rentista, lo cual está bien porque es marqués como la presidenta madrileña accedió a la dirección de la Academia de Historia en 1998 con el empeño de dejar una obra para los anales, el Diccionario Biográfico Español, una enciclopedia que si bien es característica de todo estado nación que se precie, si no la hicimos en el XIX que era cuando hacía falta, es dudoso que en la era digital tenga mucho valor, más allá del indudable impulso a la vanidad de sus autores y a los anaqueles de su institución. No voy a relatarles la polémica de la que los supongo al tanto, sólo aclararles que, rascando un poco, se aprecia que en la nómina de redactores hay una colección de momias que ha encontrado su postrer minuto de gloria. En plata, la contaminación reaccionaria va mucho más allá de personajes conflictivos del siglo XX. Apuntada la soberbia revanchista de estos especímenes alcanforados, el asunto cabe darlo por concluido gloriosamente: la obra magna de dongonzalo & friends es una ridiculez para nostálgicos. De paso, pone de manifiesto algo, también generacional: los test practicados revelan que el grado de fiabilidad de la Wikipedia es mucho mayor que el de la Enciclopedia Británica porque el escrutinio global y permanente entre amateurs genera información de más calidad que el soliloquio del erudito. Prueben a leer la entrada de Franco en la Wiki. Que el principio del fin del prestigio de esos autoindulgentes guardianes de la sapiencia sea esta carísima enciclopedia embardurnada de risible nostalgia imperial y claramente gagá no deja de ser un motivo para brindar por el nuevo mundo digital.


Otrosí: El ceñudo Arcadi Espada confesó en su ameno blog, a propósito de este sainete, que a él le habían ofrecido hacer la entrada de Juan Antonio Samaranch. Y que no la hizo porque le pagaban 60 euros. "No soy tan rico para permitirme semejantes vanidades" ("ja, ja, ja", pienso yo hasta que recuerdo que Divertinajes no paga estos extravíos y me descarrila la carcajada). Son 43.000 entradas, a 60 euros la pieza salen 2,58 millones de euros. La subvención fue de 6,4 millones. O nos han timado o querían tangar a Espada. Que hay que echarle valor.

 




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