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El pizarrín

Javier Goñi

Porque era de Vinaroz


Max Aub visto por Vicente Rojo

Déjenme que les diga que si se entiende que a uno lo pueden matar por ser de Vinaroz, la precisión geográfica es de Max Aub, se acaba entendiendo todo en este valle de lágrimas desde la quijada de burro con la que mató Caín a Abel –aunque al parecer no había entonces todavía burros– hasta el último desmán, de género humano, que son todos, el del otro día en no sé qué parte de Asturias. Y desde luego, cualquier guerra civil, que civiles son todas también. Que ya decía, creo, Thomas de Quincey que se empieza matando y se acaba robándole el bolso a una viejecilla.

Hace unos meses, en este papel, me ocupaba de otro artefacto de Max Aub, ese español porque eligió serlo, nacido en París un 2 de junio de 1903 –hoy miércoles 1 de junio de 2011 no se celebra nada de su nacimiento, y tampoco de su muerte, pues murió en México D.F. a finales de julio de 1972, en todo caso, el próximo conmemoraremos el 30 aniversario, pero Enrique Vila-Matas tenía en Pre-Textos un libro de textos recopilatorios sobre escritores escritos como conmemoraciones sin venir a cuento, en un intento de acabar con las cifras redondas, con los homenajes forzados por una cifra redonda, 25, 50, 100 años de la muerte de uno– , de padres judíos alemanes, que murió con la nacionalidad mexicana, y no sé si tuvo también la francesa y sus nietos –lo escribió en su epitafio– eran mexicanos e ingleses.


Ilustración de Jusep Torres Campalans

Sobre la españolidad de Max Aub escribió Haro Tecglen en su momento  en un prólogo al que luego me referiré, líneas más abajo, si no se me va el santo a por agua, que todo puede ser, que éste vino al final de su vida, con la excusa de hacer un diario del regreso del exilio –y no coincidía la sábana bajera porque el colchón de aquella España, vieja piel de toro, reseca y con costurones, que había dejado al trasterrarse, no era el mismo que el que se encontró en 1969, y así le fue con el juego de la gallina ciega, como tituló, La gallina ciega, su diario, su decepción– y hacer, además, una novela sobre Luis Buñuel –como éste era sordo, le fue más llevadero el regreso que fue antes–. Decía Haro Tecglen que Max Aub vino a España a morir, pues quería morir en España, “este español que lo era porque quiso: yo nunca –añadía Haro Tecglen sin desdecirse del Haro Tecglen que fue– hubiese elegido esta nacionalidad de haber podido como  él”.


Y lo escribía, Haro Tecglen, en un prólogo que le puso hace 20 años, en la Editorial Calambur, que en este año que cumple 25 años de existencia (básicamente) poética lo va a celebrar con una nueva edición de aquel libro, manteniendo el prólogo, comme il faut, de Haro e incluyendo un epílogo de Fernando Valls, perito en muchos saberes y, desde luego, en el microrrelato, ese género en el que –a lo mejor– destacó, sin que se le reconozca mucho, Max Aub.

Uno sí que no es especialista en nada, en todo caso entusiasta amateur  en algunas cosas, pero para mí tengo que este texto en su rotundidad y brevedad es un microrrelato perfecto. Es el texto que parafraseo en el título y con el que he empezado; es ése que dice: Lo maté porque era de Vinaroz, un microrrelato –de aceptarse que sea– anterior desde luego, y ambos concebidos en México, del que sin duda es el microrrelato más célebre de la literatura en español. El de Tito Monterroso: Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.


Bueno, hora es ya de decirlo. Lo mate porque era de Vinaroz es uno de los primeros crímenes que aparecen en ese estupendo libro –curiosamente tantas veces editado; yo los colecciono, y no me cansa releerlo, el tiempo de un gin–tonic a sorbos reposados– que se titula Crímenes ejemplares. Hace 20 años Calambur publicó una edición –de portada no muy conseguida, un libro no especialmente bonito– de Crímenes ejemplares, que en este año va a tener una nueva salida con vagón añadido final de Fernando Valls, y es de esperar en una edición muy bonita. Y es que a Max Aub le gustaban mucho las tipografías y sus Signos de ortografía que acabo de leer, y no conocía, así lo demuestra.

Pues bien, de Crímenes ejemplares, que uno sepa –porque los tiene: no hay mejor erudición que la que uno tiene al alcance de la mano–, hay una primera edición también bastante fea –sin año, mediados años sesenta– aparecida en México D.F., al cuidado de Alejandro Finisterre, un editor al parecer basta especial, que inventó el futbolín en la Sierra de Madrid, donde se mataban españoles como conejos, no todos por ser de Vinaroz, y al que ya me referí hace unos meses en este papel  –recordaba al principio–,  cuando me ocupé de un pequeño acontecimiento editorial: la primera edición española del mítico Juego de cartas que sacó Editorial Cuadernos del Vigía y que llevan con buena mano Carmen Peire y Miguel Ángel Arcas. En aquella ocasión, por cierto, creo que a Finisterre no le llamaba Alejandro, fue un lapsus calami  sin más importancia que la que cada uno quiera darle.


Pues bien, primer Crímenes ejemplares, el de Finisterre, en D.F, mediados años sesenta. Luego vendrá la edición a la que más cariño tengo por razones sentimentales, los Crímenes que con inquietantes ilustraciones de Ángel Jové –aquel actor inquietante de entre otras películas la morbosa Bilbao de Bigas Luna– salieron en 1972 –el año de la muerte de Max Aub– en la colección “Palabra Menor” de la Ed. Lumen. Mi ejemplar lo firmé y lo leí el 5 de agosto de 1972, unos pocos días después de la muerte de Max Aub: el locutor de Radio Nacional dijo Maxob, pues bueno. La edición de Lumen muy bonita no estaba completa, le faltaban crímenes, y otros añadidos (Max Aub que era muy juguetón y juerguista por lo que se ve iba anotando donde podía nuevos crímenes, infanticidios, suicidios y epitafios, que este solar patrio es de mucho humor negro y de recochinearse con la muerte, que acojo*** un tanto, ¿no?, y más con la lotería esa de que si hay vida eterna o no hay, que sobre esto también hay trincheras cavadas en el barro). Pero fue aquel un libro que presté, regalé y compartí durante años;  Max Aub ha estado en mi vida sentimental siempre muy próximo: no recuerdo bien si en el papel  anterior hablaba de espaldas como luna –palabras de Max, una película española de arte y ensayo: dónde estará todo lo que vimos, ¿mereció la pena?: sí, sin duda: ivimos, y vivimos, vi(vi)mos– o de piernas largas. Era rubia. Se llamó Carmen.


El Roto

Luego vendría una bella edición ilustrada, por un puñado de estupendos ilustradores: El Roto, César Fernández Arias, Miguel Gallardo, Ana Juan, ¡Max!, Fernando Vicente y tantos más. Y Asun Balzola.
(Asun Balzola: la conocí en los años ochenta, a finales, fue una mujer, diez años mayor que yo, que había sufrido un terrible accidente de coche en Italia, donde había vivido una hermosísima historia de amor –todas las historias de amor, al principio, son hermosísimas, hasta que dejan de serlo– con un médico italiano, con quien se casó y que era –decía– guapísimo, y se le iluminaban los ojos:  los ojos, la voz, el entusiasmo, la sonrisa, todo esto era envidiable, el resto del cuerpo estaba maltratado terriblemente por el accidente de coche, lo que no le impedía, puntualizaba, enamorarse, pintar estupendamente, escribir cuentos hermosamente infantiles, unas memorias deliciosas de una niña bien bilbaína que eligió, fuera de casa, la aventura de vivir. Yo la visitaba de vez en cuando en su casa de Clara del Rey, enfrente del griterío de los niños del colegio del Claret, aquí, en Madrid, claro. Una tarde en que anocheció sin que encendiéramos la luz de su cuarto de trabajo deseé atreverme a abrazarla: para que me transmitiera ese entusiasmo por vivir, ella que necesitaba ayuda continua para el día a día; no me atreví a hacerlo. Asun Balzola, hace años ya que no está aquí.)


Max

>Me he encontrado estas ilustraciones en la preciosa edición que de  los Crímenes ejemplares  hicieron en Valencia –su tierra del bachiller, la que le hizo español de opción– en 2001 los de la Ed. Media Vaca. Bonita es también otra edición que tengo: Letra plateada sobre fondo negro para una nueva salida, en 2005, de estos inquietos y siempre en movimiento Crímenes ejemplares, la de Thule Ediciones, una pequeña editorial. Junto a otros textos están los Crímenes en tomos de obras reunidas o completas o auspiciadas por organismos culturales valencianos o esa entusiasta Fundación Max Aub de Segorbe (Castellón), pero a un paso de Valencia capital, donde están depositados sacas y sacas de papeles, Max Aub unido y reunido, sus textos, sus cartas, todo. Quién que no sea maxaubiano no ha ido alguna vez –una, dos, las que fuesen– a Segorbe. Yo varias.

Pues bien, con la colaboración de esta Fundación y, sobre todo, con el entusiasmo –y me consta que preparan más cosas– de los editores de Cuadernos del Vigía, de Granada, los mismos que sacaron, este otoño pasado, el estupendo Juego de cartas sacan ahora, en primavera –están en la Feria de Madrid, en el Retiro, lo comprobé el otro día–, una edición hermosísima –esta insistencia en el adjetivo, sea en normal o en superlativo,  no me produce ningún rubor– de los viejos y bien movidos Crímenes ejemplares  en una edición que con el título abarcador y evocador de Mucha muerte, reúne un estupendo popurrí de “crímenes ejemplares” (edición íntegra: se han rastreado papeles inéditos, revistas, todo lo que había en la Fundación de Segorbe), infanticidios, gastronomía (tan relacionada con el amor y la muerte: “te comería entera”, hubo quien lo hizo echando mano del frigorífico y teniendo cuidado en no romper la cadena de frío), suicidios, epitafios y, por fin, mi sorpresa particular, pues ya he dicho que no conocía este apartado: los signos de ortografía (“murió de tanta sangría”, “defendía las erratas en nombre de la libertad de imprenta”, “¡Mi vida por un nihil obstat”, tan solo unos pocos).

La edición y el prólogo es de Pedro Tejada Tello, y al prólogo me remito para que el lector, si quiere, recoja más información del libro y del esfuerzo hecho por los editores, y valore así –si así gusta– esta hermosa edición.

Yo tan solo quiero darle un repaso a la carrera, en el espacio que le queda a este papel, a algunos de estos crímenes ejemplares. El crimen ejemplar, que tan mala fama tiene, y tantas incomprensiones provoca. Pues cómo no justificar al que al oírla decir –a ella, novia, mujer, vecina– ¡Antes muerta!, no paró hasta darle el gusto. O aquel peluquero, profesional como pocos, que afeitaba como los ángeles y que no pudo –por más que se contuvo– con aquel rostro con granos, unos los cercenó como si no fuera la cosa, otros sangraron. Al fígaro se le revolvieron al final  las entrañas y pasó a mayores:  de un tajo, la cabeza, ni un grano más. Y qué me dice de ese dentista que se estaba cebando con un paciente de boca abierta, quitándole importancia al dolor causado, que si eso lo resistía un niño. El paciente no por tener la boca abierta estaba indefenso, las manos las tenía libres. Apretó: cómo iba a imaginarse aquel que el dentista tenía tan frágil el gaznate. Es cierto que este otro es –hoy políticamente incorrecto– pero es que como su señora no hacía más que mirar indiferente mientras cumplía con el débito conyugal no tuvo más opción que abrirla de abajo arriba. Como a una res. Variante el grano: el forúnculo lleno de pus, y el doctor –esto no es nada: un apretón y ya está–, como el dentista, insistente, quitándole importancia, y el bisturí tan cerca. Una tentación, un instante tan sólo: y como mandan los cánones: de abajo arriba.

Y así. Crímenes ejemplares, del viejo Max.




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