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El mirón impaciente

Eduardo Nabal

Elefantes aguados


Agua para elefantes, de Francis Lawrence, podría haber sido una buena película si el director y, sobre todo, el guionista no hubieran dado un tratamiento tan pueril al relato abusando de la voz en off, la mala literatura y los códigos más elementales  del melodrama clásico. Una historia sobre la Gran Depresión norteamericana, sobre el paro, los entresijos del mundo del circo y, sobre todo, una historia de amor entre un joven universitaria (encarnado con cierta dignidad por el vampírico Roger Pattinson) y Marlene (la siempre solvente Resee Witherspoon), una artista del espectáculo casada con un verdadero déspota de los negocios. La hermosa fotografía y las elaboradas composiciones visuales de Rodrigo Prieto (Brokeback mountain) acompañan al joven huérfano en su trayectoria por un país devastado por el hambre y la explotación, los políticos corruptos, los animales del circo y la lucha por la supervivencia.

El filme comienza con fuerza mostrando el periplo de un joven castigado por  circunstancias adversas que se integra en un mundo desconocido, pero poco a poco se acumulan los clichés y, a pesar del espléndido equipo técnico-artístico (con una evocadora música de James Newton Howard), el resultando acaba dejando un sabor a decepción porque la química entre la pareja protagonista no acaba de surgir y el realizador necesita exagerar la vileza de unos personajes para ensalzar a otros, provocando la desconfianza del público. La historia es hermosa y está narrada con cierta dignidad, la suficiente para conquistar a quien busque pasar un buen-mal rato, pero la falta de verdadero carácter del protagonista y los clichés de un argumento maniqueo y cada vez más plano echan a perder la armonía del conjunto.

Agua para elefantes es una película sobre el circo, el amor y la lucha por la supervivencia en un mundo sacudido por la codicia, pero la belleza de momentos aislados no compensan un conjunto que  queda anticuado frente a otros filmes sobre el mundo del circo como la inmortal Freaks de Tod Browning o incluso la misma Trapecio de Carol Reed.




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