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El mirón impaciente

Eduardo Nabal

Vive la France!


Con Medianoche en París, Woody Allen continúa su periplo europeo y pone sus ojos fascinados en París sin desaprovechar ocasión para arremeter contra el conservadurismo de los estadounidenses a través de una fábula —visualmente hipnótica— sobre un escritor prometido con una joven de  familia republicana pero enamorado del encanto  de la Ciudad de la luz y de sus mitos.

Más cerca de La rosa púrpura del Cairo que de sus últimos trabajos, la película es un canto a la imaginación frente al materialismo, a la cultura frente a la ambición a la vez  que otro muestrario inteligente de sus habituales obsesiones: el cine clásico, los ídolos, la muerte, el sexo, el esnobismo y las relaciones de pareja. Midnight in París es una película formalmente cuidada —con una fotografía preciosista y una exquisita banda sonora de Cole Porter— pero en esta ocasión Allen confía demasiado en la bondad del espectador y acumula todos los tópicos posibles sobre los personajes que aparecen (Dalí, Picasso, Buñuel, Hemingway, Gertrude Stein) encarnados por caras conocidas del cine internacional. La cámara de Allen parece más entusiasmada por su relato  que en otras ocasiones recientes. El problema es que Owen Wilson (en boca del cual pone sus propias reflexiones) carece del suficiente gancho para redondear un personaje tan complejo.

Con todo, estamos ante un regalo para los amantes del buen cine envuelto en envases pequeños, para los nostálgicos y los escépticos,  los incondicionales del director y los que aman su cine más tierno, delicado y su amor por un continente donde siempre es mejor recibido. Un paso atrás y adelante en el cine de un director que no siempre convence pero casi siempre sorprende y no defrauda.




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